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Empapado de sevillismo

  • Caparrós quiso atraer todos los focos desde que aceptó el 'marrón' para desbloquear al equipo y no los iba a rechazar en el día de los agradecimientos

Joaquín Caparrós, con Guido Pizarro en un segundo plano, corresponde emocionado a los mensajes de agradecimiento de la grada cuando ya ha acabado la temporada. Joaquín Caparrós, con Guido Pizarro en un segundo plano, corresponde emocionado a los mensajes de agradecimiento de la grada cuando ya ha acabado la temporada.

Joaquín Caparrós, con Guido Pizarro en un segundo plano, corresponde emocionado a los mensajes de agradecimiento de la grada cuando ya ha acabado la temporada.

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Cómo iba a rechazar los focos Joaquín Caparrós en la tarde que tocaba recoger todos los parabienes que le iban a llover de la grada. Y le llovieron por miles. Empapado acabó el utrerano de recibirlos. El traje le pesaba más que un remordimiento cuando acabó el partido. Le pesaba más, incluso, que el remordimiento que le hubiera perseguido el resto de su vida si hubiera esquivado el marrón que le presentó Pepe Castro tras darle el boleto a Vincenzo Montella.

Al italiano le quedan los trajes bastante mejor que a Caparrós, que siempre, incluso cuando acaba de saltar a la hierba, tiene aspecto de volver de la Feria tras unas buenas horas de caseta en caseta. Pero Montella sólo se ponía sus trajes de corte impecable en las grandes ocasiones. Él tuvo muy claro los días señalaítos y en ellos se maqueaba como si fuera a rodar un anuncio de Dolce & Gabbana, con sus gafas de sol y su americana entallada. Sólo le faltaba un Negroni en la mano para emular a Marcello Mastroianni. Pero la dolce vita se le apareció al sevillista en momentos muy puntuales: en el Wanda ante el Atlético en la Copa, en Old Trafford ante el United.

Montella seleccionó sus momentos estelares mientras exprimía el jugo a N'Zonzi, Banega, Sarabia, Lenglet... Dejó al Sevilla echó unos zorros. Caparrós lo sabía el primero. Pero cómo iba a decirle que no al Sevilla. A su Sevilla.

Sabía que se adentraba en aguas procelosas. Afrontó un campeonato de cuatro finales, prácticamente obligado a no fallar. Y lo primero que hizo fue reclamar que todos los focos apuntaran a su figura. Reclamó el protagonismo porque le va la marcha, porque no concibe el fútbol desde otro prisma que la pasión, la vehemencia, el fanatismo incluso. Ese ímpetu lo lleva a cruzar la línea de las buenas formas a veces, como le ocurrió a la salida del autobús sevillista del Benito Villamarín. Pero la misma sangre que lo condena es la que ha espoleado al Sevilla a ese 10 de 12 que ha servido, al menos, para que una Liga que iba para desastre acabara en simple decepción. Jugar la Liga Europa como séptimo es hoy una decepción para el Sevilla.

Hace justo 14 años, el Sevilla hizo lo mismo que ahora, acabar séptimo y clasificarse para la Copa de la UEFA. Entonces, Caparrós acabó por los suelos junto a Daniel Alves, Julio Baptista, Pablo Alfaro o Javi Navarro entre el alborozo del sevillismo, que festejó el simple visado para Europa. Hoy, el club de Nervión lidera el palmarés de la competición con sus cinco entorchados, se ha habituado también al glamour de la Champions y sus aspiraciones son más nobles que una simple clasificación. Pero hasta ese objetivo, que equivale a un aprobado raspado en las notas, peligró con el italiano que imitaba a Mastroianni.

Los focos, para él. Como ante la Real, el Madrid o en el Villamarín. Para que captaran el encendido agradecimiento del sevillismo a su servicio. Acabó el partido y dejó de ser un providencial entrenador para convertirse, simplemente, en un hincha que hacía recíproco el agradecimiento. Un hincha lloroso, preso de la emoción. Y empapado de sevillismo. Embriagado. Con ese aspecto del que regresa de haberse pegado una buena noche de Feria.

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