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Este Sevilla es una mentira absoluta (3-1)

  • El equipo de Berizzo cae ante la Real Sociedad fruto de una alineación sin la velocidad exigible para jugar en Primera División

  • Tras el gol de Ben Yedder, el fútbol de toque fue inútil, sin la más mínima profundidad 

Sarabia mira al suelo tras uno de los goles de la Real Sociedad Sarabia mira al suelo tras uno de los goles de la Real Sociedad

Sarabia mira al suelo tras uno de los goles de la Real Sociedad / Efe

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El Sevilla de José Castro, Óscar Arias y Eduardo Berizzo no toca fondo. No se trata de la áspera sensación que siempre dejan las derrotas, que también, lo peor en el relato de lo acaecido en Anoeta es el fondo de la cuestión. Es ver sobre el césped jugar un fútbol de mentira, basado en una sucesión de toques sin ningún camino, sin vías abiertas para hacerle daño al adversario, sin velocidad en la mayoría de los futbolistas, sin físico tampoco para hacerse fuertes atrás, sin un plan medianamente coherente desde la misma confección de una alineación inicial con casi todos los más lentos de la plantilla en ella, sin defensas centrales aptos desde hace dos meses dentro del elenco más caro de la historia del club... Son muchas cosas que se echan en una coctelera y el único menjunje que surge sólo puede tener un sabor amargo como la bilis.

A la Real Sociedad, tan convaleciente como el propio Sevilla antes de empezar, le bastó con aprovechar las carencias del grupo de futbolistas que eligió Berizzo para reconciliarse con el triunfo y marcharse así con la cara de felicidad a las vacaciones navideñas gracias a la victoria, la única verdad sin cuestionamiento posible en el mundo del fútbol. Es todo lo contrario, está claro, que lo que tiene lugar en esta falsedad de equipo que es en estos momentos la escuadra nervionense, que deberá digerir este nuevo revés entre las dudas más que justificadas sobre todo lo que está aconteciendo en su interior.

Y que nadie se muestre sorprendido con la derrota en San Sebastián por mucho que ésta llegara cuando precisamente más agradable parecía la imagen de los visitantes. Porque para empezar ésa es otra falacia, dado que el dominio del Sevilla tenía mucho más que ver con el hundimiento de una Real tan cogida con alfileres como el propio equipo de Berizzo que con unos méritos propios de los nervionenses. Éstos, cuando recibieron el rejón definitivo por parte del recién entrado Zubeldia, se limitaban a tocar y tocar en apoyos cortos, pero lo hacían sin la más mínima profundidad, sin mirar jamás hacia Rulli con la aviesa intención de hacerle un segundo gol que pudiera decantar la balanza a su favor.

La consecuencia entre tanto tocar y tocar era bien fácil. Ni una sola oportunidad de gol en esa fase de dominio aparente del Sevilla, sólo un par de disparos lejanos de Banega y de Sarabia, éste en una contra que podía haber tenido mucho más rédito de haberlo acompañado alguno de sus compañeros, pero éstos, ante la falta de físico, no fueron capaces ni de seguir la carrera del poseedor del balón.

Así es actualmente la tropa de Berizzo. Eso sí, yo me desmarco al ladito para que me la des y te la vuelvo a entregar para que tú la tengas y la retrases un poco a donde no hay rivales con capacidad de robar la pelota, a donde hay más metros para no sentir el aliento del adversario... Es la definición perfecta del gilifútbol, de tener el balón y no ponerlo jamás en riesgo para no perderlo, pero así el único camino posible es una derrota, otra más.

Para tratar de conseguirlo, Berizzo esta vez eligió a muchos de los elementos que tienen menos velocidad en el elenco que tiene a su disposición, tal vez con la intención de sentirse más protegido. A ese Ganso que se pasea por el campo como si se tratara de una bailarina de un ballet clásico, sin esprintar jamás, se le sumaba Krohn-Dehli para conformar un cuarteto con Banega y Pizarro en el que el más rápido siempre parecía ser Banega. El resultado era que el Sevilla jamás llegaba al balón antes que el rival y la Real Sociedad, sin necesidad de hacer nada del otro mundo, se encontraba con la pelota sin nadie alrededor en el borde del área sevillista y hasta en el interior.

Así llegó el primer tanto poco después del cuarto de hora. No es que la Real fuera capaz de generar ocasiones clarísimas, entre otras cosas porque también su fútbol tiene mucho de artificioso, pero sí era evidente que el único equipo que podía generar algo de peligro era el azul y blanco. Hasta que se produjo una especie de milagro balompédico. Bastó con que Geis se saltara el guión de los toques absurdos y lanzara una pelota larga para que se descolocara todo el cuadro vasco. Después sí existió habilidad por parte de Krohn-Dehli y de Ben Yedder para que el Sevilla se fuera al intermedio con todo igualado.

Parecía increíble que así fuera, casi era necesario que los seguidores de la fe balompédica radicada en el barrio de Nervión se tuvieran que pellizcar para creérselo, pero su equipo tenía la oportunidad de reponerse en el segundo periodo y lo hacía desde las tablas en el marcador. El Sevilla sí tuvo más el balón entonces, pero ahí demostró, una vez más, la falsedad de su juego al no ser capaz de darle ni un solo susto a Rulli y lo que sí le llegó fue el castigo de Zubeldia. En ese juego de marcas individuales pareció que nadie se había dado cuenta de adjudicarse el recién entrado en el campo. Pero daba igual quien destrozara el entramado, lo cierto es que el Sevilla se iba a Navidad con otra decepción y evidenciaba que actualmente su fútbol es tan arcaico que es una verdadera mentira y no se atisban soluciones.

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