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El entrenador

Montella: Una dirección de montaña rusa

  • Dos caras incluso para vestirse, chándal para andar por casa; traje y gomina ante los focos, el italiano llevó la dualidad a cada cambio de competición

Montella. Montella.

Montella. / Rosell

Hay que partir con la cautela, con la reserva, de que muy difícilmente en una ciudad como Sevilla un entrenador de fútbol concitará la unanimidad de todas las opiniones en cuanto a sensaciones, confianza y credibilidad que en cualquier otro sitio. Aquí ha sido criticado Unai Emery después de ganar tres títulos europeos consecutivos –incluso desde dentro–; aquí un Manolo Jiménez que ahora se entretiene en ganar la liga griega con un equipo menor y que ha sido el último en firmar un tercer puesto ha sido incluso motivo de mofa para un sector del público... y de la prensa.

Vincenzo Montella (Nápoles, 18-6-74) es... Vincenzo Montella. En menos de cuatro meses, el italiano ha desparramado a los ojos de miles de sevillistas a partes iguales cosas fabulosas y otras muy criticables. Ha rozado la gloria en las dos competiciones de eliminatorias a doble partido, pero, como duro y peaje de dudoso honor, ha dejado la Liga demasiado atrás y ello puede tener sus consecuencias (y graves) de cara al futuro inmediato de la entidad, tanto a nivel deportivo como económico y también social.

El avioncito, aquel astuto y menudo delantero que celebraba goles con la Roma y con la selección italiana planeando con los brazos abiertos, se ha convertido en un director de grupo que se ha identificado por dibujar una trayectoria digna de la montaña rusa que desde las alturas de la calle del infierno otea el día a día de la Feria. Capaz de debutar con un estropicio ante el Betis en casa y de convertir seguidamente al Sevilla en el primer equipo español que derrota al Atlético de Simeone en el Wanda Metropolitano. Capaz de meter cuarto en cuatro temporadas a una Fiorentina en horas bajas a decepcionar en su primera oportunidad en un grande de Italia, el Milan.

En su idilio con los torneos de eliminatorias ha basado el napolitano su irregular nivel de resultados

Cierto que con dos o tres retoques fáciles de entender y sencillos de aplicar le dio la vuelta como a un calcetín al equipo que heredó de Eduardo Berizzo. Eliminó la arcaica figura de marcar al hombre, adelantó ligeramente la defensa y ordenó escupir el balón con celeridad. Dio la consigna de enterrar siempre que se pudiera el pase de seguridad (no asumir riesgos en el primer pase tras la recuperación) y pidió un ataque vertical, sin abusar de las conducciones y siempre que fuera posible al primer toque. Y, por supuesto, rescató del fondo de la nevera a un Steven N’Zonzi que vivía una situación difícil de explicar con un pulso de impredecibles consecuencias con el entrenador que estaba traspasando el límite del vestuario y que salpicaba también a sus relaciones con la entidad.

Con todo eso, el Sevilla sorprendió. Allá por finales de enero se erigió en un nuevo Sevilla, más fresco, más directo y golpeador. Muriel, con espacios, tenía más herramientas para ser el delantero por el que el club había apostado fuertemente, puede que demasiado. Y Franco Vázquez encontraba su sitio en esa labor de bisagra como falso delantero en un 4-4-2 que empezó a hacerse cada vez más visible y nítido.Montella, mientras revolucionaba las sensaciones del entorno con sonados éxitos en la Copa y en la Champions, iba solapando lo que al principio se consideró una virtud y que acabaría seguramente quemando al equipo. Le dio una patada a las rotaciones de Berizzo y depositó toda su confianza en once futbolistas, hecho que el sevillismo aplaudió al principio y que criticaría después por su inmovilismo. Los síntomas de fatiga de un once demasiado exprimido y que cambiaba sólo y exclusivamente por fuerza mayor (sanción o lesión) pese a tener que competir cada cuatro días fueron causando estragos, fundamentalmente en la Liga, en la que sonrojantes goleadas a manos de equipos de entidad menor (Eibar, Celta...) dejaban en muy mal lugar la labor de gestión del técnico. Acabó por aburrir a jugadores olvidados que cuando salieron se limitaron a encoger los hombros y tiró por tierra los esfuerzos del club por reforzar al equipo en el mercado de invierno, con cuatro incorporaciones, Arana, Roque Mesa, Sandro y Layún, de los que apenas jugó regularmente el mexicano por la lesión de Jesús Navas.

Las goleadas en contra en la Liga afean su trayectoria, pero su mano y la aplicación de la lógica le dieron frutos

Eso sí, el aura de Montella tiene un no sé qué de impredecible. Dos caras incluso para vestirse. Con chándal, aspecto de recién levantado y en babuchas de andar por casa en la Liga, pero maqueado, peinado, con traje y corbata en las grandes citas europeas y ante los focos de la Champions. Ésa fue su apuesta y también, de forma figurada, lo trasladó a la gestión de sus recursos. En la Liga, el percal; en la Champions, la seda. Incluso las rotaciones que nunca aparecieron cuando había más margen para el error irrumpían a tres días de visitar el Allianz Arena. El resultado, una más, otra derrota con cuatro goles o más en contra en Balaídos (cuatro en total firmó en el torneo).

Ésa es la miseria y también la grandeza de un técnico que, pese a tener firmado un año más fruto de aquel día de Navidad que Castro y Arias pasaron en Roma como Audrey Hepburn y Gregory Peck, no tiene su futuro asegurado en el Sevilla. Dependerá de lo que haga en las seis finales que le quedan para no dejar al sevillismo sin viajar en Europa y de lo que pase en la atractiva cita del Wanda.

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