Sevilla FC | Supercopa de Europa La resbaladiza copa ovalada se llena de orgullo

Un gigante de Europa, un histórico que reverdece sus mejores laureles, un Bayern Múnich que marca el paso del fútbol contemporáneo con una energía voraz tuvo que sufrir lo indecible para doblegar al Sevilla de la resiliencia. Hansi Flick reconoció esa capacidad de fe, de casta inherente a este grupo cuando se dirigió, uno a uno, a los futbolistas que le habían hecho sufrir tanto para felicitarlos. La distancia futbolística se plasmó sobre el césped y en Budapest se impuso la lógica. La resbaladiza copa ovalada se le escapó de nuevo al Sevilla en una prórroga. Pero el listón del orgullo lo mantuvo altísimo, al nivel que ha competido este grupo que no se siente inferior a nadie, ni al mismísimo Bayern Múnich.

Los jugadores del Sevilla esperaron a que su enemigo recogiera la Supercopa de Europa para aplaudir su peleado triunfo, y luego se fueron a dejarse caer en la intimidad del vestuario para rumiar allí la derrota... y también para saborear lo conseguido por un grupo, una plantilla, que ha hecho historia. Habría sido quizá algo más que esotérico que este Sevilla, con la merma evidente que tiene en algunos aspectos, y que Monchi va a tratar de mejorar en lo que queda de mercado, hubiera doblegado a esa maquinaria tan engrasada, plena de energía y técnica, que es el actual Bayern de Flick. Con obligarlo a llegar a la prórroga tuvo bastante un equipo al que aún le falta alguna pincelada importante.

No fue suficiente. Podría haberlo sido, si Neuer no le saca el disparo en el minuto 87 a En-Nesyri. Pero no fue. El Sevilla mostró que también es humano, que tiene limitaciones y que aún le falta un trecho para igualarse al mejor equipo de Europa, un Bayern con pinta de que va a marcar una era. Esa muestra de carencias también engrandece lo conseguido en una temporada histórica.

El primer partido de la nueva temporada tuvo condicionantes, y también lecturas positivas. Con Rakitic recién llegado y tratando de asimilar los conceptos de Lopetegui; con Escudero acalambrado y sin posibilidad de ser sustituido; con Joan Jordán desfondado tras cuajar un partido soberbio; con Fernando dejando una exhibición de saber leer los cruces, las coberturas, las anticipaciones; con Jesus Navas dejando hasta su último resuello en pos del escudo que portaba en el pecho; con los dos centrales multiplicándose ante las acometidas fieras y verticales del Bayern; con Ocampos peleando como un león ante los hambrientos lobos bávaros... Con todo un equipo dejándose el alma para intentar paliar el déficit técnico y físico –pese al excelente estado que mostró en la final–, el Sevilla exhibió esa resiliencia a la que siempre alude Lopetegui como fórmula vital.

Tiene muchísimo mérito lo conseguido por Monchi y Lopetegui en el primer año en el que se han juntado para hacer historia. Porque ni siquiera en el mejor guión del gestor isleño podría estar que en la primera temporada su equipo llegase adonde ha llegado, se ganase así la admiración de toda Europa. La palabra orgullo sonó una y otra vez en los protagonistas, pese a que el Bayern fue justísimo vencedor. Monchi les diría algo así sobre el césped cuando se dirigió al equipo para levantarlo tras la derrota: habéis vuelto a hacerlo, habéis llenado de orgullo al sevillismo.

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