No hay dolor

CRÍTICA VIDEOJUEGOS

No hay dolor
No hay dolor
J.j. Vargas

20 de septiembre 2009 - 05:00

Pain | Idol Mind | +16 | 56,90€ | PS3

"Esto es un tipo en un tirachinas gigante". Si Pain (dolor en su traducción al castellano) fuera un chiste, empezaría con esta frase, lo cual supone un indicativo bastante preciso de sus derroteros. En efecto, su dinámica es tan sencilla como adictiva: gracias a un herrumbroso ingenio mecánico, un joven es propulsado contra distintos escenarios, ocasionando pingües daños a su entorno y a sí mismo. Ni hay más, ni se hace necesario. Es difícil (en realidad imposible) expresar por escrito hasta qué punto una premisa san sencilla y carente de pretensiones narrativas puede llegar a constituir uno de los motivos de diversión más desmesurados que se recuerdan, pero así es: al igual que ocurre en fenómenos extraños de la programación televisiva como Jackass, su esencia radica en la gratuidad misma de lo representado. La exaltación del perjuicio público y la autolesión como elementos puntuables (explosión craneal, palmas sangrantes e infertilidad son algunos de los pequeños avatares autoclastas que hacen subir nuestro marcador) nos traslada a las raíces mismas del dadaísmo y su particular noción del terrorismo cultural. Chimpancés, mimos, bailarinas de country, trenes, camionetas transportadoras de cristales, hombres-anuncio, restaurantes, vigas colgantes, obreros en peligrosos andamios… todos son susceptibles de ser derribados, golpeados o inducidos a accidente por nuestro descerebrado criterio y espontánea habilidad, sin más moneda de cambio que la del hecho en sí del impacto, seguido de sus consecuencias prolongadas en el ralentizado de los siguientes segundos, diseñadas con el motor Havok y en ocasiones tan complejas y sorprendentes que llegan a resultar brillantes carambolas de la física y el caos.

Tras un año ostentando el título del juego más descargado en Playstation Network, el enloquecido universo de Pain abandona el circuito independiente para mostrar por fin con orgullo su carátula en las estanterías. El hombre proyectado de Sartre se ha figurado en la más desquiciada de sus posibles acepciones. El caos está en la calle, y ya nada puede detenerlo.

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