El chip que lo cambió todo: Nvidia y la nueva geografía del poder tecnológico

Los resultados fiscales de la compañía no son solo datos financieros: son el mapa de cómo la inteligencia artificial está redibujando la economía digital

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Oficinas de Nvidia en Santa Clara, California.
Oficinas de Nvidia en Santa Clara, California. / 5

Hay empresas que crecen y empresas que se convierten en infraestructura. La diferencia no es de tamaño sino de naturaleza: una infraestructura no compite, existe. Se usa. Se depende de ella con la misma inevitabilidad con que se depende de la red eléctrica o del agua corriente.

Los resultados del ejercicio fiscal 2026 de Nvidia -216.000 millones de dólares en ingresos, 120.000 millones en beneficio neto- certifican que la compañía de Jensen Huang ha completado esa transición. Ya no es una empresa de semiconductores que vende chips de inteligencia artificial. Es la tubería por la que fluye la IA, y cobra por cada litro.

Los centros de datos

El dato que mejor ilustra esta transformación no es el total de ingresos, sino su composición. El 91% de lo que Nvidia ingresó en el último trimestre procedió de centros de datos. No de tarjetas gráficas para jugadores, no de chips para coches autónomos, no de estaciones de trabajo para diseñadores. De los grandes almacenes de cómputo donde se entrenan y ejecutan los modelos que hoy monopolizan la conversación tecnológica global.

Esa concentración en un único segmento es también, conviene no olvidarlo, una vulnerabilidad estructural. Aunque hoy nadie en Wall Street parezca querer recordárselo a la compañía.

El crecimiento del segmento de redes -un 263% interanual en el cuarto trimestre- merece atención particular porque habla de algo más que velocidad de transmisión de datos. Habla de arquitectura de poder. La apuesta de Nvidia por NVLink, su propio sistema de interconexión entre procesadores, es una jugada para cerrar el ecosistema: si los chips de Nvidia funcionan mejor conectados entre sí con cables de Nvidia que con los de cualquier competidor, la dependencia del cliente se hace estructural.

Es el mismo movimiento que Apple ejecutó décadas atrás con su ecosistema de hardware y software, con la diferencia nada menor de que aquí el cliente no es el consumidor final sino Amazon, Google, Microsoft y Meta, que en conjunto siguen representando más del 50% de los ingresos del segmento de centros de datos.

La arquitectura Blackwell

La irrupción de la arquitectura Blackwell ha tenido un efecto visible en los márgenes: la compañía mejoró su margen bruto dos puntos porcentuales en el trimestre, hasta el 75%, gracias a una estructura de costes más eficiente en esta nueva generación.

Que una empresa que factura a este ritmo mantenga márgenes de ese calibre solo es posible cuando no hay competidor real capaz de presionar el precio. AMD existe. Intel intenta recomponerse. Los propios hipescaladores -Google con sus TPU, Amazon con sus Trainium- invierten en diseño propio para reducir esa dependencia. Pero el mercado sigue votando con su cartera, y su cartera dice Nvidia.

Datos para el análisis

Hay varios datos en los documentos financieros que merecen subrayarse por lo que dicen entre líneas. El primero: Nvidia cerró el trimestre con 21.400 millones de dólares en inventario y compromisos de suministro por 95.200 millones. Eso no es una empresa gestionando stocks. Es una empresa apostando, con dinero real, a que la demanda de los próximos trimestres no solo se mantendrá sino que crecerá. Una apuesta que, si se equivocara, generaría el mayor ajuste de inventario de la historia tecnológica reciente.

El segundo dato tiene un carácter más doméstico pero no menos revelador. Nvidia ha anunciado que a partir del próximo trimestre incluirá en sus métricas financieras no estándar -las llamadas non-GAAP, las que los analistas usan habitualmente para comparar empresas- el coste de la compensación en acciones a sus empleados. Una partida que en el último ejercicio ascendió a 6.386 millones de dólares: 261 millones en producción, 4.676 en investigación y desarrollo, y 1.449 en ventas y administración. El cambio contable, presentado como una decisión de transparencia, refleja también algo más pragmático: cuando esa cifra crece tanto que ya no tiene sentido seguir ocultándola al mercado, es más elegante integrarla que justificarla. La guerra por el talento en inteligencia artificial se libra con opciones sobre acciones, y Nvidia la está ganando. A precio de mercado.

El tercer dato es geopolítico y llega en una sola frase, casi de pasada, en las perspectivas para el próximo trimestre: la compañía no prevé ingresos procedentes de China en su negocio de computación. En un contexto de restricciones a la exportación de semiconductores avanzados y de tensión comercial creciente entre Washington y Pekín, esa frase -breve, técnica, casi administrativa- es una señal de alerta sobre uno de los mayores riesgos estructurales del modelo: que la política exterior decida, un día, más que la ingeniería.

Mientras tanto, Nvidia suscribe acuerdos plurianuales de servicios en la nube por 27.000 millones de dólares para sus propias necesidades de investigación. Una empresa que necesita alquilar esa cantidad de infraestructura ajena para seguir innovando es, también, una empresa que ha crecido más rápido que su propia capacidad de sostenerse. Las vías del ferrocarril se extienden a toda velocidad. Lo que nadie sabe aún con certeza es adónde llegan.

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