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Casa real británica

Otros versos sueltos, como Harry, en 'The Crown'

  • La marcha del príncipe Enrique, un 'segundo' en la familia, y su esposa Meghan Markle tiene ciertos paralelismos con los personajes reflejados en la serie de Netflix

La princesa Alicia, madre de Felipe de Edimburgo, en la serie 'The Crown' La princesa Alicia, madre de Felipe de Edimburgo, en la serie 'The Crown'

La princesa Alicia, madre de Felipe de Edimburgo, en la serie 'The Crown' / Neflix

Tal vez el mejor momento de la tercera temporada de la serie de Netflix The Crown es el final del capítulo segundo, Margaritología, en el que el taimado Felipe de Edimburgo hace reflexionar a su mujer sobre el águila bicéfala de caracteres que rige en su dinastía, cuando la reina se plantea dar alas a su hermana Margarita tras su afortunada visita oficial a Estados Unidos. Tobias Menzies, el consorte, le declama en letanía a Olivia Colman, la monarca, que “frente a la saga de tediosos y sosos” que se reponsabilizan de la casa británica están los “deslumbrantes pero peligrosos”, los “brillantes e individiualistas”, los versos libres y fuera de tiesto como la inquieta princesa Margarita. “Frente a un Jorge VI hay un Eduardo VIII”, “frente a una Isabel hay una Margarita”.

Y frente a un Guillermo hay un Harry, mientras sobrevuela el fantasma de Diana de Gales en la decisión de su hijo menor en marcar distancias y liberación con la parentela de su abuela, mientras Meghan Markle se marcha a Canadá acunando a su vástago Archie.

La profusa serie de Peter Morgan permite decodificar claves de lo que ha venido sucediendo en Buckingham durante estos casi 70 años de reinado de la hija del tartamudo Alberto, príncipe al que le llegó la corona por la renuncia de su insensato hermano Eduardo. Una carga pesada que sobrellevó con más pesar que otra cosa, como le vino a suceder a su hija.

Una obligación que termina sosteniendo con entereza exagerada, sobrepasando las víctimas colaterales y esquivando a los individualistas. Ese es el riel principal mediante el cual va recorriendo tanto la Historia como las intrahistorias The Crown, que se quedó sin un merecido Globo de Oro el pasado domingo, aunque sí se lo llevó Colman.

Al espectador atento de esta serie, con el príncipe de Gales sacudido por sus deberes y anulado por su destino, no le toma tan por sorpresa un portazo como el que inesperadamente ha dado el príncipe Enrique.

La bicefalia de personalidades pende de forma inevitable sobre las testas del palacio y los segundos siempre llevan las de perder. Tanto como si tienen que aguardar a la sombra (Margarita, Enrique), como tomar el timón (como le sucedió a Alberto, Jorge VI). La impaciencia desata. Otro 'segundo' en la familia, Andrés, está dando días de vergüenza y ya pide pista para tener un spin off en Netflix en esta década.

Antes de la esperada aparición de Lady Di en la cuarta temporada, que interpretará Emma Corrin, The Crown en su tanda tercera termina de retratar a dos de esos versos sueltos entre las cortinas de palacio.

La princesa Alicia

Alicia de Battenberg, en la vida real, en el enlace de su hijo Felipe en 1947 Alicia de Battenberg, en la vida real, en el enlace de su hijo Felipe en 1947

Alicia de Battenberg, en la vida real, en el enlace de su hijo Felipe en 1947 / EFE

En el capítulo cuarto, Bubbikins, donde se narra además el documental en forma de precursor reality que rodó la familia para pasmo de la audiencia y que no volvió a ver la luz, aparece la figura de Alicia de Battenberg, madre de Felipe de Edimburgo. Bubbikins es el apodo con que ella llamaba a su hijo más pequeño.

Jane Lapotaire interpreta a la anciana princesa, hija del príncipe griego Andrés (aunque la estirpe era originaria de Dinamarca), que vivió varios exilios y tras ser atendida de esquizofrenia se dedicó durante más de tres decenios a la asistencia de refugiados, llegando a fundar una orden religiosa ortodoxa de monjas. Sus yernos, príncipes alemanes, combatieron en el bando nazi.

Alicia, sorda de nacimiento, sobreponiéndose así a tantos obstáculos en la corte victoriana, refugió a judíos en su convento de Atenas (que en la serie recrea el histórico recinto de Santo Domingo de Jerez) y ayudaba de forma suicida a sus paisanos helenos en pleno conflicto bélico posterior entre las tropas comunistas locales y las británicas, como también había hecho en el París de entreguerras con los refugiados griegos.

En las dos temporadas anteriores de The Crown se relata cómo Felipe de Edimburgo fue apartado de su repudiada madre para ser criado por su tío, el que sería virrey de la India, Lord Mountbatten, atraído por golpistas contra el gobierno de los laboristas como también cuenta esta tercera tanda.

El golpe de los coroneles de Grecia llevó casi a rescatar a la princesa Alicia de una Atenas sitiada, pese a los recelos de su hijo de tenerla a ella por los pasillos del palacio londinense. La serie cuenta cómo en plena campaña de lavado de imagen de la familia un descarado periodista de The Guardian consiguió entrevistar a la madre del consorte que, por cierto, se halla enterrada en un templo ortodoxo en el monte Getsemaní de Jerusalén.

El insensato Eduardo VIII

Derek Jacobi como el duque de Windsor en la T3 de 'The Crown' Derek Jacobi como el duque de Windsor en la T3 de 'The Crown'

Derek Jacobi como el duque de Windsor en la T3 de 'The Crown' / Netflix

El más clamoroso verso suelto y sinvergüenza del palacio es por supuesto Eduardo VIII, al que se le dedica el octavo episodio, El hombre en suspenso, con la visita de Isabel IIen 1972 a su agonizante tío, que encarna Derek Jacobi (sí, en España siempre lo relacionaremos con Yo, Claudio). Entre sus filias por Hitler, con la polémica foto de Isabel niña (él la llamaba "Shirley Temple", como la estrella prodigio de aquellos años), sus escasas ganas de aguantar la corona y vivir la vida loca y dejarse arrastrar por una personalidad tan irresponsable a su vez como Wallis Simpson, sus dirigentes coetáneos le señalaron la puerta de Saint James Park.

No supo estar a la altura ni como rey ni como cabeza de la iglesia anglicana.

Al duque de Windsor y su empecinamiento por un matrimonio inadecuado se le ha solido colocar una pátina romántica y una impostura de modernidad que están lejos de sus intenciones auténticas. En su retiro por abdicación vivió muy bien en Francia, con su “subsidio vitalicio”, a costa de los contribuyentes británicos y también galos, marchándose a las plácidas Bahamas, de gobernador, durante la guerra, mientras Londres ardía. No se lo termina de perdonar quien más ha sufrido por sus decisiones: la propia inquilina de Buckingham. La memoria de la señora Simpson está casi sepultada por la perpetua extorsión. Su mayor pecado precisamente no fueron sus dos divorcios.

Y la princesa Margarita

Helena Bonham Carter como la princesa Margarita Helena Bonham Carter como la princesa  Margarita

Helena Bonham Carter como la princesa Margarita / Netflix

El primer divorcio en la familia llegaría con la desinhibida Margarita, cuya aspiración por la corona le origina delirios y pataletas desde niña. Tras su ciclotímica relación con otra pelvis inquieta como su marido, lord Snowdon, ya la hemos visto con el jardinero Roddy Llewellyn retozando por la caribeña Mustique (del archipiélago de las Granadinas), adonde le gusta ir a Guillermo y a la princesa Catalina. Ellos no tienen problemas de celos. Son primeros en la sucesión, lo que se ha convertido en difícil digestión para Harry y Meghan, hartos de consignas de las corte y encarar a la siempre incorrecta prensa amarilla. Ya nos lo contarán en The Crown si va más allá de las seis temporadas previstas hasta el momento.

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