Historia de los baños en el río (y IV)

Episodios sevillanos del siglo XX

PRÓXIMA ENTREGA 3, 10, 17, 24 y 31 de octubre; 7, 14, 21 y 28 de noviembre; 5, 12,19 y 26 de diciembre de 2010; 2, 9, 16 y 30 de enero de 2011; 6, 13, 20 y 27 de febrero; 6, 13, 20 y 27 de marzo; 3, 10, 17 y 24 de abril; 1, 8,15 y 22 de mayo.

22 de mayo 2011 - 01:00

FINALIZAMOS las entregas dedicadas a los baños en el río (Ver Diario de Sevilla, 1, 8 y 15 de mayo de 2011). Ya a mediado de los años 60 de la pasada centuria, era historia y leyenda la lancha de Peana, un barquero que durante los años 20 y 30 pasaba a la gente desde La Barqueta a la playita de los Vázquez, por diez céntimos cada pasajero. Peana, mientras movía los remos, cantaba cantes marineros. Lo curioso de este personaje es que murió ahogado en el Guadalquivir porque no sabía nadar.

La doble playa de María Trifulca, formada en los cortes del antiguo cauce del río Guadaira y donde luego se alzarían los pilares del puente del V Centenario, estaba en la zona conocida por Punta del Verde desde antes de construirse la corta de Tablada, que la dividió en dos. La gente tenía acceso principalmente por Heliópolis, pero también llegaba a la zona de baños por el cortijo del Batán y las huertas colindantes.

La playa de María Trifulca ocupaba unos 200 metros en cada orilla. En la margen izquierda, de Norte a Sur, estaban las ventas de Concha y de Alonso, además del embarcadero que usaba este último para sus barcas; cerca del citado pantalán se extendía una amplia explanada, mitad arena y mitad barro, que se utilizaba como playa; frente a esta zona y arriba de la orilla, junto a un denso bosque de eucaliptos, estaba la venta de La Cigüeña. Casi a la misma altura tenían establecida la zona de atraque los gánguiles y gabarras de la Junta de Obras del Puerto; los primeros portaban los martinetes con que clavaban grandes estacas en las orillas del río, para evitar la erosión de las aguas, y los segundos recibían de las dragas el fango de los bajos del río. En lo alto de la zona de atraque, tenía su caseta el popular y servicial Vicente, vigilante de los barcos. Más arriba fue instalada la central térmica de la Compañía Sevillana de Electricidad, en funcionamiento desde mayo de 1949. Entre la central y el bosque había un camino de tierra por el que llegaban, andando o en bicicleta, al embarcadero de José Cardo los obreros que trabajaban en el dique seco que se construyó en la orilla derecha entre 1947 y 1951, junto a los Astilleros. Esta factoría naval, donde ya había cerca de 900 personas entre obreros y técnicos, botó su primer buque el 19 de febrero de 1955. Fue bautizado con el nombre de Astene III.

Todavía se registraban más actividades en la margen izquierda, sobre todo desde que comenzaron las obras de construcción y posteriores actividades de la central térmica y los Astilleros. Estaban el embarcadero para los obreros de la factoría naval, que tenía anexo un enorme aparcamiento cubierto para bicicletas, y un ventorrillo; el muelle carbonero para la citada central térmica; dos chozos convertidos en ventorrillos, el de La Francesa y La Carbonera, que eran frecuentados por la marinería de los barcos carboneros y pescadores, más las habituales prostitutas y homosexuales que trabajaban en las ventas cercanas a Tablada, en el alterne y las tareas de cocina y limpieza. Todavía en 1950, toda la zona de la Punta del Verde estaba ocupada por una masa de bosque, principalmente eucaliptos, que llegaba hasta la misma orilla del río.

En la margen derecha, donde los bañistas disponían de una zona más amplia de playa, había dos embarcaderos, el de Mije y el de una empresa dedicada al desguace de pequeños barcos. Ambos eran utilizados como trampolín por los jóvenes más osados. Cerca de la orilla, en lo alto del terraplén, había dos altísimos eucaliptos que vistos desde lejos eran los símbolos de la playa de María Trifulca. Río abajo, muy cercano a la zona de playa, estaba el embarcadero de la fábrica de abonos. También en esta margen derecha hubo zonas boscosas de grandes eucaliptos.

Junto a la orilla y los dos árboles citados estaba el ventorrillo de Pepe Cachera, también llamado del Batán, que luego se conocería por Venta de Antonio y que tuvo siempre mucha concurrencia tanto diurna como nocturna. Allí fueron muy populares los homosexuales conocidos por los apodos de La Gamba, La Pompi y La Larga. En esta venta se guisaban gallinas y conejos con arroz el domingo y días festivos. Otros ventorrillos fijos eran los del Pernales y el de Pepa Pilares.

En la misma orilla y en el antiguo cauce del Guadaira había quedado encallado un pequeño barco pesquero que fue convertido en bar por su propietario. Este reforzó con estacas y arenas la estabilidad de la nave y puso un cartel donde decía: "Tasca de Manolo". Servía el vino peleón del Aljarafe en latas de leche condensada y en medias botellas de Agua de Carabaña con cañitas en el tapón, al estilo de los bodegones de la capital. La tapa única era tomate con sal y pimienta.

Tierra adentro se desperdigaban varios chozos donde los domingos vendían tomates, lechugas, sandías, melones... Y vino blanco del Aljarafe cercano. Entre estos fue muy popular el chozo de Antonio Leal Sánchez, heredado por su sobrino Antonio Leal Ibáñez, quien lo convirtió en Venta del Batán. El habitáculo principal servía de vivienda y pequeño comedor con dos mesas. Tenía un amplio gallinero y establo para vacas y cabras. Cerca de esta venta estaban los restos de unos grandes establos procedentes del cortijo del Batán, que servían de cobijo eventual para los servicios de las prostitutas y los homosexuales. Dos de éstos, muy jóvenes, vivían juntos todo el año en un pequeño chozo situado cerca de los restos del establo. Y otros dos, Joaquín y Paco, vecinos del Pumarejo, veraneaban todos los años en otro chozo aislado donde tenían un tomatal.

Más alejadas de la orilla estaban las ruinas del caserío del antiguo cortijo del Batán, vestigios de un pasado agrario floreciente. Al filo del medio siglo, las tierras del cortijo hacía tiempo que habían sido parceladas y arrendadas a colonos para establecer huertas que, durante muchos años y hasta época reciente, abastecieron de hortalizas, huevos y leche de vaca y cabra los mercados de la capital y pueblos ribereños. Una de las vaquerías más conocidas era de la familia Borbolla, que servía la leche a los barrios del Porvenir y Heliópolis.

Los barqueros eran personajes básicos en la playa de María Trifulca para trasladar a las personas entre ambas orillas. Utilizaban pequeñas lanchas para un máximo de cuatro o cinco personas, según sus pesos, y cobraban dos reales por cada viajero. Para atravesar el cauce aprovechaban el sentido de las corrientes del río. Si estaba en bajamar, realizaban un amplio círculo hacía el Norte, en dirección a Sevilla, para luego ir poco a poco dejándose llevar por la fuerza del agua hasta el embarcadero de la otra orilla. Si el río estaba en pleamar, entonces el círculo era hacia el sur, en dirección a la desembocadura, para realizar la misma operación de atraque.

Entre los barqueros habituales en la Punta del Verde eran veteranos Antoñito, natural de Gelves, y Antonio Lara Abad. Ya mediado los años 40 llegó Joaquín Mije, que luego se asoció con Alonso el ventero para explotar conjuntamente el servicio de barcas entre ambas orillas. Este Joaquín Mije era tío carnal de Antonio Mije García, famoso dirigente sindical sevillano, primero anarquista y después comunista, íntimo y seguidor del mítico Pepe Díaz. Antonio Mije pudo huir a Rusia en 1939 y muchos años después, fue entrevistado en París por el escritor Antonio Burgos para su Guía secreta de Sevilla. Entonces, lo primero que preguntó Mije a Burgos, fue si todavía se vendían en Sevilla los cartuchos de pescado frito y los manojitos de rábanos...

Algunos barqueros, además de llevar y traer personas entre ambas orillas, ejercieron durante los años del hambre de hábiles transportadores nocturnos de mercancías de estraperlo, que recogían en los pueblos ribereños y llevaban hasta las orillas de la vega trianera e incluso las zonas traseras del Barranco del pescado y la central de la Compañía Sevillana de Electricidad, en la calle Arjona.

El uso playero de ambas orillas mantenía costumbres inalterables. La margen de Sevilla era generalmente la más utilizada por los niños y jóvenes de clase media que residían en Heliópolis y el Porvenir, abundando las muchachas. Huelga decir que su presencia era siempre a escondidas de sus familiares, como nadadores furtivos... Por el contrario, la margen del cortijo del Batán, a la que se llegaba en barca o a nado, tenía una clientela adulta y más afín al ambiente frívolo de los ventorrillos, donde solían estar las prostitutas y los homosexuales y su clientela.

Naturalmente, los niños de la burguesía y la aristocracia quizás ignoraban la existencia de la playa de María Trifulca, porque eran los únicos cuyas familias veraneaban en las playas de Cádiz y Huelva, donde ya Chipiona y Punta Umbría tenían fama de ser playas preferidas por los sevillanos. Todo lo más, estos niños de clases pudientes habrían frecuentado, siempre furtivamente, la piscina pública llamada La Playa, cerca de la margen trianera del río y junto a la Plaza de Cuba. La Playa era sala de fiestas por la noche y otro de los lugares de pecado terminantemente prohibidos.

La playa de María Trifulca estaba también ligada a la catástrofe del verano de 1941, cuando el día 23 de julio hizo explosión uno de los polvorines que en la zona Norte del cortijo del Batán tenía instalado el Regimiento de Artillería. Fueron dos días de pánico ciudadano, hasta que quedó sofocado el fuego y se evitaron nuevas explosiones. Durante ese tiempo, el barrio de Heliópolis fue evacuado. La onda expansiva causó desperfectos en una amplia zona de la ciudad. Hasta en los edificios de la Universidad y el Museo provincial, se rompieron cristales. Los periódicos sólo informaron de algunos heridos, pero hubo también varios muertos, como años después aseguró Juan Gato, entonces un muchacho que vivió de cerca la catástrofe y conocía muy bien el ambiente de la Punta del Verde.

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