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Ecos de Guadalajara

  • Juan Casamayor, del sello Páginas de Espuma, recibe en México el homenaje del mundo del libro en español

Juan Casamayor, la tarde del pasado lunes, durante el acto en la FIL de Guadalajara. Juan Casamayor, la tarde del pasado lunes, durante el acto en la FIL de Guadalajara.

Juan Casamayor, la tarde del pasado lunes, durante el acto en la FIL de Guadalajara. / Efe

La FIL es como una de las largas avenidas de la ciudad en un momento de atasco: está llena de vehículos -lectores- que pululan sin poner el intermitente. Van camino de los numerosísimos actos y premios, y Juan Casamayor, fundador de Páginas de Espuma con su esposa la granadina Encarnación Molina, recibió el lunes uno de esos reconocimientos: el Homenaje al Mérito Editorial. Inteligencia y brío concentrados en su pequeña gran estatura de hombre bajito y editor inmenso, lo acompañaba en el acto celebrado en una sala abarrotada Antonio Ortuño, último Premio Ribera del Duero y habitante de Guadalajara. Intervinieron asimismo Pilar Adón y el argentino Daniel Divinsky, mítico editor de Mafalda. Todos tuvieron palabras emotivas para Juan y Encarni, quienes han conseguido prestigiar la edición de relatos y hasta, como no se cansa de repetir el editor, "vivir del cuento".

Es un premio que nos concierne a los andaluces: de su catálogo forman parte el onubense Hipólito G. Navarro, el almeriense Miguel Ángel Muñoz, el malagueño Felipe R. Navarro, el cordobés Vicente Luis Mora, el granadino Andrés Neuman, el sevillano del Perú o peruano hispalense Fernando Iwasaki (reciente ganador del Premio Málaga de Ensayo, que edita también Páginas de Espuma, y autor de Ajuar funerario, cuya pila de ejemplares vendidos alcanzaría hasta las cumbres de Macchu Pichu) o, en fin, el más reciente descubrimiento: el igualmente sevillano Carlos Frontera.

El galardón concierne también a los andaluces, muy representados en el catálogo de la editorial

A la ida o a la vuelta de la FIL, no pocos autores y expositores se acercan si tienen tiempo a los muchos negocios de joyería -esa otra de metales y piedras, no libresca- que abundan en el centro de Guadalajara, o al abigarrado Mercado de San Juan de Dios, que no ofrecerá libros pero sí muchos otros asombros. Junto a productos de alimentación reúne todo lo imaginable: máscaras de luchador, trajes regionales, botas de cuero... Al final de las galerías tiene una zona dedicada a la artesanía. Cercana la Navidad, algunos se traen adornos mexicanos. Es obligado recorrer la peatonal avenida Independencia. No está ayuno de restaurantes Tlaquepaque; uno de los mejores es Casa Fuerte, donde no es raro ver almorzando, amenizado por un grupo de música, a algún premio Nobel de Literatura o al gerifalte de un emporio editorial cerrando un contrato. Si se prefiere un lugar más popular, al final de la avenida está el Parián, una plaza que es como una gran tortilla (mexicana, no española y mucho menos francesa) rellena de lugares para comer y dar cuenta de las novelas, colecciones de poesía o también libros sobre el narcotráfico y los cárteles de la droga que se venden a paletadas en la Feria.

De vuelta en el recinto, se va uno encontrando en salas y pasillos con autores internacionales como Paul Auster (que disertó sobre Edgar Allan Poe en la conferencia que dio en una sala de mil butacas en la que ya no cabía un alfiler dos horas antes de comenzar el acto) o grandes escritores mexicanos como Cristina Rivera Garza, Juan Villoro, Alberto Chimal, Margo Glantz, Elena Poniatowska o Élmer Mendoza. De los andaluces, Luis García Montero va repartiendo sonrisas y recibiendo los saludos de sus seguidores. Mexicano de nacimiento y sevillano de adopción, Iván Vergara, creador de la Plataforma de Artistas Chilango-Andaluces (chilango equivale a habitante de la Ciudad de México), platica de sus proyectos con optimismo luminoso. También se presenta la revista Estación Poesía del Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla, y leen poetas de las dos orillas (tres, como recuerda uno chileno, cuyo país no es ya atlántico sino pacífico).

La noche y las fiestas de editoriales o periódicos, como Milenio, que saca el suplemento sobre la FIL Filias, llevan de nuevo al centro, donde hay muchos bares y antros (con una connotación no negativa, a diferencia del español peninsular). Es un placer dar cuenta de una cerveza michelada y chiles en nogada. O las especialidades gastronómicas jaliscienses, que son las tortas ahogadas, la birria y la carne en su jugo.

Las noches son ahora frías y los días muy soleados. No está de más usar sombrero o gorra si se va al pueblo de Tequila, adonde llevan excursiones y los sábados (la Feria tiene dos) también un tren turístico. Aunque el problema con la cabeza no es sólo el riesgo de insolación mientras se asiste en un campo de agave a la demostración de un jimador (el desbastador del maguey), sino la más que posible resaca si se abusa de las degustaciones en alguna de las destilerías o, de regreso, en los abundantes saraos, paralelo el alcohol a la tinta. En esto, la Feria hace honor al título de Feria. Pero mejor.

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