arte

Propuestas de un autor sin nombre

  • Alarcón Criado acoge una muestra envuelta en el anonimato, lo cual invita a abrir un interesante debate

Un fragmento de la sonrisa de Franz Kafka, contenida en un retrato del autor de 1917, es una de las piezas que puede verse en esta estimulante propuesta de Alarcón Criado. Un fragmento de la sonrisa de Franz Kafka, contenida en un retrato del autor de 1917, es una de las piezas que puede verse en esta estimulante propuesta de Alarcón Criado.

Un fragmento de la sonrisa de Franz Kafka, contenida en un retrato del autor de 1917, es una de las piezas que puede verse en esta estimulante propuesta de Alarcón Criado.

Hay una gran impresión digital en el muro de la derecha. La integran 130 hojas de papel. Forman un rectángulo de casi metro y medio de altura y más de cinco metros de largo. Cuesta reconocer la imagen. Poco a poco, a través de los variados grises, surge el brazo doblado y el hombro de una mujer. A ambos lados del cuello se deslizan cabellos rubios. No vemos el rostro. Frente al mural, un papel no muy grande, fijado a la pared, anuncia, a modo de programa, otras imágenes que sustituirán, dentro de algunos días, a la ahora expuesta.

Por el programa sabemos que la imagen que vemos es un fragmento de una fotografía de Madonna y sospechamos que la anterior pudo ser la sonrisa de un retrato de Franz Kafka fechado en 1917. Se anuncian otras imágenes: el fragmento de un cuadro de Lucas Cranach, otro de una pintura barroca, un fotograma de Vacaciones en Roma (la memorable secuencia de La boca de la verdad), otro de Jessica Lange en King Kong y la imagen de unos ojos de mirada aguda pero tal vez cansada. Hay también una alusión a una obra de Wittgenstein que está de algun modo latente en las ordenadas frases del breve texto de otro papel, la hoja de sala. Es cuanto puede decirse de la exposición. No constan autores ni comisarios.

Tampoco hacen falta. La muestra es, en su hermetismo, estimulante. De entrada encierra una reflexión sobre el autor. Antes de que Barthes decretara su muerte, la anticipó Nietzsche al decir que no hablamos nosotros, sino el lenguaje en y a través de nosotros. Idea que reafirmó Wittgenstein al decir que no hablamos porque pensamos sino al contrario: pensamos porque podemos hablar. Para complicar más la vida al autor, Duchamp añadió poco después que una obra de arte sólo se consuma plenamente si la hacen suya lectores o espectadores. Sin duda todo poema alumbra algo, saca algo a la luz, pero el lenguaje, como tierra fértil, ya lo contenía y ocultaba. Tal alumbramiento además ha de ser compartido. De ahí que no sean precisos nombres ni firmas de artistas o comisarios: bastan sus ideas, sus obras. Enunciadas o expuestas, son ellas las que centran la atención de los interesados en el arte.

Pero aquí, en rigor, no se trata del lenguaje, sino de la imagen y más precisamente de sus fragmentos: la sonrisa de Kafka, el brazo de Madonna. Las cosas se complican algo más. La imagen en otro tiempo remitía -pensaban muchos- a la destreza del dibujante o del pintor. Los artistas heredaban así jirones del poder que antes detentaba la imagen sagrada. Hoy eso ya no es así. La técnica proporciona innumerables recursos para elaborar imágenes y los circuitos de la comunicación nos las proporcionan cada día a cientos. Con ello empieza a surgir una idea análoga a la relativa al lenguaje: ¿hay imágenes originales, creaciones, como se dice con tanta frecuencia como irreflexión? ¿No están esas imágenes ya contenidas, como fragmentos, en las que cada día circulan sin cesar? ¿No están por otra parte vibrando en las inquietudes, afanes y deseos, tácitos o expresos, de las culturas, en eso que algunos llaman imaginario? Los anónimos proponentes de la exposición parecen indicar que toda imagen es una suma de fragmentos. Si es así, cada imagen sería una especie de collage o fotomontaje que reúne, en afortunada totalidad, gestos (atractivos o rechazados), secretos objetos del deseo (o del temor), intentos de saber dónde estamos, fantasías que no llegan a articularse en palabras. Así es ahora y quizá fuera así también en los tiempos en que se otorgaba a la pintura o la escultura la condición de intérpretes de la vida.

No hay pues tanta distancia entre la imagen y la palabra, entre el poema y el cuadro. Pero queda una diferencia: la palabra siempre puede someterse al diccionario y la expresión a la gramática, pero no ocurre así con la imagen. La imagen queda siempre a expensas de sí misma. Transparente en primera instancia, nunca deja de ser problemática. Producto antes de hábiles trazos y pinceladas, y ahora de algoritmos, exige un reconocimiento que nunca es del todo satisfactorio porque otra lectura posible siempre la acompaña, como su sombra. La percepción modela, fabrica, produce pero, si se empeña en dar un nombre preciso a la imagen, sabe que algo se deja en la cuneta. De ahí que los fragmentos de esta muestra y su misma elaboración digital den por sí mismos que pensar.

Aún hay algo más: el sentido. ¿Qué sueño de la razón engendra monstruos?, ¿el de la fantasía nocturna de las aves que ofrecen la pluma al pintor, en el célebre capricho de Goya, o el del racionalismo, convencido de poder ordenarlo todo con las luces del entendimiento? Son éstas, a mi entender, algunas de las preguntas que surgen en esta exposición. No hay firmas, nombres ni cartelas, pero logra abrir un lugar para la reflexión. Es suficiente.

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