Los patos de Doñana no han visto el telediario
Biólogos y lugareños echan en falta especies emblemáticas como las fochas y los ánsares pese a las últimas lluvias
Son necesarias casi cuatro horas de recorrido por la marisma para descubrir entre las matas de una vasta charca a una pareja de fochas o gallaretas, una de las especies de patos más emblemáticas del humedal. Ánsares no se ven ningunos. Es un comentario repetido en el terreno por los biólogos y por los lugareños, personas que podrían entrar y salir con los ojos vendados de este laberinto de canales, lagunas y parcelas en mosaico. Otros sí se muestran en abundancia: se ven moritos, se ven garcillas, cigüeñas y cormoranes que revolotean de un lado a otro de la recién inundada marisma después de las últimas lluvias. De los patos, sin embargo, no hay ni rastro. Se ve que no han visto los telediarios, se ve que son ajenos a las últimas noticias meteorológicas en el extremo suroeste del continente.
Los censos de la Estación Biológica de Doñana destacan un “significativo aumento” de la población de aves acuáticas. La lluvia caída ha sido superior a la media para la fecha y permite unas idóneas condiciones para la fauna acuática. No obstante, la información del organismo científico del CSIC señala más multitudes de animales aunque “por debajo de la media” y “lejos de los máximos históricos”.
Las personas que conocen esta llanura, desde el coto a la marisma, quienes frecuentan el parque y sus aledaños, apuntan a que la verdadera riqueza se encuentra fuera de los límites de Doñana; las exuberancias, insisten, están en los márgenes del espacio protegido. “Dentro del Parque Nacional hay tres linces, literalmente tres linces”, señala el biólogo Javier Castroviejo. Desaparecidos del vergel, los conejos abundan en los alrededores de Villamanrique y de Aznalcázar. Castroviejo se refiere al concepto de bosque vacío –hábitat propicio para la fauna pero que padece de escasez por el hombre–; el biólogo sostiene que se ha pasado de la marisma llena a una marisma vacía.
Hay poco movimiento en las ilimitadas láminas de agua de una gran parte de la marisma. La cota de agua alcanza en esta zona la cintura. En apenas unos días de solanera, el ras han bajado unos veinte centímetros. Apenas hay anfibios, apenas se censan peces nativos. Un solitario cormorán se empeña en espiar a la expedición de biólogos, lugareños y curiosos; va posándose de cable en cable a lo largo de la red eléctrica. Castroviejo, a quien no se le escapa una, sintetiza en una frase lapidaria sus angustias: “En cualquier parque urbano se ven más animales que en Doñana”.
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