'Otros tiempos...' Un relato de la Transición en Andalucía

  • Pablo Juliá retrata en la Casa de la Provincia la entrada de la democracia.

  • El autor alterna en su trabajo la perspicaz selección del historiador con la sensibilidad del periodista.

Un niño vende tabaco en un semáforo. Un niño vende tabaco en un semáforo.

Un niño vende tabaco en un semáforo. / Pablo Juliá

La fotografía invierte la relación tradicional entre hecho y discurso históricos. Pintores, dibujantes y grabadores, aun cuando a veces dijeran que el autor estuvo allí, sus obras eran generalmente poemas visuales, expresión de un discurso previo que el autor tenía como verdadero. Así ocurre en los cuadros que Goya dedicó a los sucesos del 2 y el 3 de Mayo de 1808 en Madrid. Como señalan los expertos, el pintor deforma la Puerta del Sol, para enfatizar la violencia del enfrentamiento, y en Los fusilamientos convierte a los soldados de Napoleón en máquinas de matar auxiliadas por el gran farol, inquietante símbolo de Las Luces. Las imágenes están vinculadas a un discurso, sin que dejen de ser por esto símbolos del alcance del suceso.

Con la fotografía esta relación se invierte: es la verdad de la imagen la que da solvencia y credibilidad al discurso. Así ocurre con el célebre beso del marinero y la enfermera, la instantánea de Eisenstaedt, V-J Day in Times Square, se convierte en signo del fin de la II Guerra Mundial, mientras Migrant Mother, la mujer rodeada de sus hijos fotografiada por Dorothea Lange, sintetiza el dolor de la Gran Depresión. La imagen no pierde ese valor aun cuando sepamos que fue de algún modo preparada o retocada. Lange tomó de hecho seis fotos de Florence Owens Thompson, hasta encontrar la estructura más convincente, y suprimió después algún detalle que le chirriaba. La foto mantiene su vigencia, si cuenta con el consenso social y cultural suficientes para reconocerla como índice de un acontecimiento.

Tal reconocimiento logran las fotografías de Pablo Juliá (Cádiz, 1949) en su intento de narrar la Transición en Andalucía. Juliá, historiador y fotoperiodista, canaliza el paso a la democracia en estas latitudes con tres acontecimientos, la reivindicación de la autonomía andaluza, el Pacto de Antequera y el referéndum del 28 de febrero. Además de estar teñidos de cierta épica, lograron un notable peso cultural y social, y un amplio consenso entre fuerzas políticas.

Manuel Fraga haciendo publicidad (involuntaria) al PSOE. Manuel Fraga haciendo publicidad (involuntaria) al PSOE.

Manuel Fraga haciendo publicidad (involuntaria) al PSOE. / Pablo Juliá

La manifestación del 4 de diciembre de 1977, aunque convocada con el triple lema (Libertad, amnistía y estatuto de autonomía) fue sobre todo una reivindicación masiva de la autonomía andaluza. Las fotos de Juliá muestran el baño de masas, de un lado y del otro, el tranquilo asentimiento del último ayuntamiento de la dictadura. Es cierto que en Málaga las cosas no transcurrieron así, con el asesinato, nunca del todo aclarado, del trabajador García Caparrós. En Sevilla las botellas arrojadas desde un edificio por gentes de extrema derecha no alteraron el orden de la manifestación. Partimos, pues, de una significativa coincidencia entre diversos, que reiterarían los once partidos firmantes del Pacto de Antequera. Más problemático fue el referéndum del 28 de febrero al contar con la oposición de la UCD pero aunque el partido del gobierno cubrió cuidadosamente las mesas con interventores, estos trabajaron con respeto y discreción. Faltan sin duda en las fotos de Juliá nombres y figuras pero ¿cómo dudar de la marea autonomista y de su concreción en Manuel Clavero, Plácido Fernández Viagas y Rafael Escuredo? Más discutible podría ser el amplio (por no decir exclusivo) protagonismo concedido al PSOE pero al fin y a la postre, para muchas personas el consenso por la autonomía se prolongó en las mayorías absolutas que logra ese partido en las elecciones andaluzas y en las generales de 1982. Las fotos, pues, se suceden bajo una dominante, que ahorma la Transición democrática en Andalucía en un relato construido con la perspicaz selección del historiador y la sensibilidad del periodista.

A estos elementos hay que añadir otro, importante, el eco de veracidad de la instantánea: subraya el temple personal que encierra cada imagen (¿cuánto hubo de suponer/esperar Juliá para sorprender el cartel del PSOE que llevaba Fraga Iribarne?) y que las acerca a un diario del fotoperiodista.

Una actuación de Miles Davis. Una actuación de Miles Davis.

Una actuación de Miles Davis. / Pablo Juliá

Estas imágenes, vinculadas a la política del momento, se inscriben finalmente en dos series que recuerdan ciertas claves de aquellos años. Una de ellas recoge rasgos de las chispas culturales del momento: Borges y Torrente Ballester charlan con la Giralda al fondo, Miles Davis actúa en Sevilla, rockeros como Silvio adquieren imagen pública y nadie censura el desgarro de María Jiménez. Son indicios, más que promesas de un tiempo diferente. Otras imágenes dan cuenta de viejos problemas y anuncian algunos nuevos. Así, la violencia policial en la frontera de Melilla parece un prólogo a las tensiones de la inmigración, mientras la dura protesta de los trabajadores de Astilleros Españoles señala el principio del fin de las llamadas industrias nacionales. Por lo demás, sigue habiendo familias sin hogar, persiste la emigración a la vendimia francesa y algunos muchachos se ganan la vida vendiendo tabaco de contrabando en los semáforos. Espectaculares marchas jornaleras completan este segundo apartado.

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