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'Malpaís' | Crítica de arte

Mirar a los ojos del otro. Mirarse a uno mismo

  • El artista Juan Carlos Robles y el coreógrafo Guillermo Weickert se alían en una videoinstalación grabada en Lanzarote que acoge estos días el C3A

Guillermo Weickert, en una imagen de 'Malpaís'. Guillermo Weickert, en una imagen de 'Malpaís'.

Guillermo Weickert, en una imagen de 'Malpaís'.

Malpaís es una frontera geográfica árida y pobre, falta de agua y vegetación. Su suelo es un manto rocoso volcánico y seco que dificulta el paso. Hace pensar en las descripciones de Juan Goytisolo de la orografía almeriense. "Aquí, la colonización tropieza con muchos obstáculos. (…). Al suelo pedregoso y la sequía debe añadirse aún la acción sostenida del viento". Pese a ese carácter estéril y quizá desolador, nos llega su dignidad y solemnidad. La contradicción que este escenario yermo genera (inhóspito pero atractivo por su significación) es, sin duda, el principal motivo por el cual el artista sevillano Juan Carlos Robles (1962) y el coreógrafo onubense Guillermo Weickert (1972) eligieron el malpaís de la isla de Lanzarote como el nuevo escenario de la video-performance que actualmente presentan en el C3A de Córdoba.

Malpaís (2019) es el título de esta pieza, pues este paisaje desértico es en sí una metáfora que describe el contexto en el que se desarrollará la acción: un escenario complejo y problemático, plagado de peligros geográficos que supone una auténtica barrera para el ser humano. Es aquí donde se desarrolla la narración performática de Robles y Weickert, contada en una proyección multicanal simultánea. Robles carga consigo una cámara con la que persigue a Weickert. En una especie de rol inquisitorial, el artista insiste, casi de un modo obsesivo, en grabar al coreógrafo desde distintos planos: sus movimientos convulsos en la orilla del mar, su danza, su rostro apacible o nervioso… sin llegar a abandonar en ningún momento la cámara. Este acto de grabación compulsiva nos conduce a un concepto que viene articulando la obra del sevillano desde los años 90: el deseo irrefrenable de conocer y encontrarse con el otro para así, conocerse y encontrarse a uno mismo. Como diría Estrella de Diego, el acto mismo de contemplar desde el objetivo fotográfico redefine nuestra subjetividad.

Juan Carlos Robles. Juan Carlos Robles.

Juan Carlos Robles.

La búsqueda de Weickert parece otra. El performer explora el medio a través de su propio cuerpo, de su relación física con la naturaleza, interactuando con ella, sumergiéndose en el mar y emergiendo de él como si de un animal se tratase. Hablamos de un comportamiento prehistórico que no deja de ofrecernos un punto de vista privilegiado del medio natural: Weickert dispone de una pequeña cámara en su pecho a través de la cual observamos la naturaleza (la naturaleza desde el cuerpo humano). Así es como nacen las relaciones espéjicas: el uno mira al otro; la cámara del uno mira a la del otro; la naturaleza mira al hombre y este mira a la naturaleza, etcétera. No debemos olvidar que el espejo ha sido otro de los conceptos vertebrales en la obra de Juan Carlos Robles.

Robles ve en el deseo de encontrarse con el otro un medio para conocerse a uno mismo

En una suerte de desenlace, los cuerpos llegan a encontrarse a pesar de las dificultades orográficas. La obra alcanza entonces su punto álgido, pues los dos cuerpos inician un diálogo extraño y apasionado en el que existe a la par deseo y tensión. Tampoco en este momento abandonamos esa doble visión del otro que las respectivas cámaras nos ofrecen. La presencia de los aparatos electrónicos no interrumpe la acción de los actores, sino que la convierten en una suerte de relación mediada por lo digital. Como si de un apéndice más del cuerpo humano se tratase, la cámara acompaña a los protagonistas a lo largo de toda la narración, haciéndonos reflexionar sobre las nuevas maneras de comunicación que las tecnologías han posibilitado. Afortunadamente este "discurso tecnológico” no cae ni en tópicos ni en reflexiones manidas sobre las nuevas herramientas de comunicación, tratándose simplemente de un medio más, un elemento que construye la poética de la obra y que abre otro camino de pensamiento y relación. También el audio que acompaña a la pieza, obra del sevillano Andy G. Vidal (1991), nos sumerge en una atmósfera en la que los ruidos de la propia naturaleza se entremezclan con texturas sonoras sintéticas, redundando así en esa dicotomía que proponen los performers.

El protagonismo que ostenta el mar en esta videocreación no es casual. El Océano Atlántico, ancho geográfico que separa América de Europa, ha sido surcado históricamente por conquistadores y antropólogos que ansiaban el encuentro con el nativo y la nueva tierra. Malpaís es una metáfora bien construida de dicho encuentro, una narración tremendamente política en la que una de las dos partes se posiciona como ente observador, escrutando descaradamente al "otro”, indagando con aire de superioridad a quien parece ser más hijo de la tierra que de la tecnología. Un encuentro que los creadores resuelven con cierto anhelo de esperanza: el apretón de manos entre los protagonistas parece ser el inicio de un camino compartido, un sendero que ambos recorrerán y en el que ninguno de los dos volverá a ser el que era.

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