El tren de la bruja

Antonio Montero Alcaide

Feria trashumante

25 de abril 2012 - 01:00

LA Feria, tal vez en un doble plano, es un ejercicio de trashumancia. Aplicados a él están quienes, ya de modo introspectivo, mirando a las despensas de uno mismo, como extrovertido, en el público anuncio de las maneras de estar -otra cosa son las de ser-, acuden a la Feria conducidos por el cambio de signo del ánimo. Pero esta trashumancia personal, que se constata a poco de dejar caer los pasos por el real, dista bastante de aquella otra más propia del trajín de los días volanderos y del tajo incierto.

Es la trashumancia del duro oficio de vivir de feria en feria al albur de la coyuntura. Y de esto sabe bastante un elenco abigarrado y dispar de gentes que lo mismo levantan la carpa de un circo con el consabido prodigio de la repetición, que montan y desmontan la compleja parafernalia de las atracciones en el sencillo protocolo de un santiamén. O que pregonan las excelencias del turrón en la machacona salmodia de los altavoces. O que procuran provisiones al cuerpo ya en la forma de una refacción ligera o ya al dictado del aceite en la liturgia popular de los buñuelos. O que se apostan en esos enclaves del real donde tanto cabe el ancestral reclamo de una argucia como la magia trucada de un artificio.

Una y otra forma de cambiar de acomodo, el del ánimo del que va a la Feria al reclamo festivo de los días y el del tajo del feriante que salta de una feria a otra, se cruzan en el impreciso balance por el que cada uno habla de la Feria según le va en ella. Que esa es, bien mirado el proverbio, la causa o razón de la relatividad. No sólo porque cada cual repara en lo suyo observando al de al lado, con la socorrida manera de buscar un consuelo fácil en caso de aprieto, sino porque nada resulta más relativo, así es, que contar las cosas como más convienen en la confianza de que el engaño funciona a modo de mentira piadosa.

Por eso, si la Feria es un tránsito del ánimo con el acicate de la fiesta, no será cuestión de resistirse, una vez puestos en ello, y poder contarlo bien. Porque si mal está que la apariencia resulte una necesidad, todavía peor que se convierta en virtud. Y así, resueltos y confabulados en la natural y bien medida expansión del ánimo, seguro que la coyuntura, esa que inquieta a los feriantes de oficio hasta que con el saldo de los días se tapan los agujeros, pues hasta resultará propicia para que unos y otros, en este doble ejercicio ambulante, puedan convenir que no es mala cosa, aunque el dicho no ayude, saber conducirse con la Feria a otra parte.

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