El oficial y el espía | Crítica “Yo acuso”: Polanski ante el caso Dreyfus

Jean Dujardin y Louis Garrel, en 'El oficial y el espía'. Jean Dujardin y Louis Garrel, en 'El oficial y el espía'.

Jean Dujardin y Louis Garrel, en 'El oficial y el espía'.

Entre 1894 y 1906 el caso Dreyfus apasionó a la opinión pública francesa y conmocionó la política. Alfred Dreyfus, destacado capitán destinado en el Estado Mayor del Ejército, fue acusado falsamente de espía, linchado por la opinión pública y publicada antisemita –la prensa se puso masivamente contra el capitán, con pocas excepciones–, juzgado sin garantías y condenado a cadena perpetua en la terrible penitenciaría de la Isla del Diablo en la Guayana francesa. Con menos resultados inmediatos, por ser más minoritaria, pero con valor y fuerza reaccionó la opinión pública y la publicada progresista defendiendo a Dreyfus, con el legendario Yo acuso de Emilio Zola publicado en forma de carta abierta al presidente de la República en la primera página del diario L’ Aurore el 13 de enero de 1898. El capitán Dreyfus fue rehabilitado y reintegrado al ejercito con todos los honores en 1906. Pero el daño estaba hecho. Y la malformación nacionalista y antisemita de Francia se había manifestado con una brutalidad que anunciaba la tragedia y la vergüenza de la Redada del Velódromo de Invierno, cuando en julio de 1942 la policía francesa, siguiendo las órdenes de Petain, detuvo y entregó a los nazis para su deportación a los judíos de París.

El octogenario Roman Polanski ha conocido como judío polaco el terror nazi –su madre fue gaseada en Auschwitz y su padre, que logró sobrevivir, fue deportado a Mauthausen– y después la dictadura comunista, de la que huyó exiliándose en Occidente. El horror volvió a caer sobre su vida cuando su mujer, Sharon Tate, fue asesinada salvajemente en 1965 por Charles Manson y sus fanáticos. En 1977 fue acusado de violar a una menor durante un oscuro episodio de sexo y drogas en casa de Jack Nicholson y huyó de Estados Unidos. Desde entonces ha sido acosado y boicoteado en numerosas ocasiones. Una vida tan difícil como brillante, tan llena de éxito como de dolor, tan inteligente como dada a los excesos. Y por lo que de él se sabe y él mismo ha escrito en su autobiografía, una personalidad tan cambiante como su filmografía que reúne fiascos, buenas películas comerciales y obras maestras.

El 'Yo acuso' de Zola en la película de Polanski. El 'Yo acuso' de Zola en la película de Polanski.

El 'Yo acuso' de Zola en la película de Polanski.

Quizás lo más desconcertante de Polanski es que, siendo un director nacido de los radicales nuevos cine de autor de los años 60 –El cuchillo en el agua (1962), Repulsión (1965), Cul de sac (1966)-, haya logrado sus más grandes películas, con la excepción de la estupenda y kafkiana El quimérico inquilino (1976), dentro de los parámetros de la industria y de los géneros, reinterpretando el cine clásico desde la modernidad en películas de una extraordinaria sabiduría académica bajo la que se agitan pasiones y a veces monstruos que no logran mover la superficie de su sereno y medido estilo clásico o más bien neoclásico. Es el caso de sus obras mayores La semilla del diablo (1968), Chinatown (1974), Tess (1979), El pianista (2002) y –a la altura de estas grandísimas obras– El oficial y el espía que ahora nos llega (es incomprensible que no se haya mantenido el potente y ajustado título original, Yo acuso).

Polanski posee una extraordinaria sabiduría académica bajo la que se agitan pasiones y a veces monstruos

Se ha dicho que si El pianista era el ajuste de cuentas contra el horror nazi que arruinó su infancia y asesinó a su madre, esta película lo es contra las –en su opinión injustas– acusaciones, boicots y linchamientos mediáticos que le persiguen desde hace 43 años y se han recrudecido en los tiempos del Me Too. No lo sé. Uno de los aciertos de la película es centrarse más en el personaje del defensor que en de la víctima, lo que podría dar la razón a quienes sostienen que de alguna manera habla de sí mismo potenciando a quien lucha por la verdad. En cualquier caso ha abordado el asunto Dreyfus con un poderoso y sereno estilo atemporal, al que es inevitable a la vez que reductivo llamar clásico. Es, simplemente, gran cine. Ni tan siquiera cuando pareció jugar la carta retro recuperando el cine negro clásico en Chinatown Polanski cedió a la tentación de imitar. Lo suyo es crear a partir de una sensibilidad y un estilo personales macerados en la mejor historia del cine. Y es lo que hace aquí.

Precisión histórica en el guion, contención en el tono, soberbia serenidad clásica –es difícil eludir la palabra– en la puesta en imagen, sobria dirección de actores –Jean Dujardin y Louis Garrel sobre todo– que gracias a ello logran grandes interpretaciones, deliberada huida del exceso emocional para eludir todas las trampas que pudieran hacer pensar en manipulación del espectador, una frialdad aparente –recurso que ya utilizó en Tess y Oliver Twist– bajo la que va creciendo una tensión y una emoción que al final, justo al final, cuando todo está ya dicho, explotan. Es en este sentido cine honesto, además de grande. Esta es su mejor película desde El pianista. Y tal vez en ambos casos se haya dado el estímulo de un factor personal.

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