Obituario Kim Ki-duk, el mal samaritano

  • Fallece a los 59 años como consecuencia del Covid-19 el cineasta surcoreano Kim Ki-duk, avanzadilla de la última oleada del cine asiático en la encrucijada de las mutaciones de la cinefilia contemporánea.

Kim Ki-duk se suma a la triste nómina de personalidades del arte y la cultura fallecidas como consecuencia del Covid-19 en este nefasto 2020. El cineasta surcoreano (1960-2020), puntal de la última oleada de penetración y apreciación del cine asiático en Occidente, eterno enfant terrible y el primero de todos sus compatriotas hoy célebres (Sang-soo, Chang-dong, Chan-wook, Joon-ho) en desembarcar en los festivales internacionales y en las carteleras de versión original, fallecía ayer a los 59 años en un hospital de Letonia, país al que se había trasladado recientemente con la intención de instalarse.

Una edad demasiado temprana para un cineasta plenamente activo, aún presencia habitual de festivales aunque ciertamente olvidado por los mismos distribuidores y la misma crítica que lo auparon como nuevo referente asiático a comienzos de siglo, en plena eclosión de las famosas mutaciones (digitales) de la cinefilia y el establecimiento de un nuevo paradigma mucho más transversal en el que el cine de autor, los modelos híbridos, cierta estética de crueldad, las nuevas maneras de contar y los márgenes de lo industrial marcaban los senderos para el estudio del cine contemporáneo.

Ki-duk fue el primero de sus compatriotas hoy célebres en desembarcar en los festivales internacionales y las carteleras de versión original

A Kim Ki-duk lo descubrimos con La isla (2000), un tratado sobre la violencia, el sadismo y la sumisión presentado en Venecia, pero sobre todo con aquella Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera (2003) de espíritu zen y preciosismo caligráfico en la que se quiso ver una reconexión con viejos asuntos trascendentales made in Asia, una película cuya belleza, ritualización y tratamiento del tiempo (estacional y cíclico) y la narración (minimalista) entroncaba bien con la necesidad de nuevos modelos y referentes para una reescritura de la globalización autorial cinematográfica.

Entre ambas, redescubiertas y editadas en vídeo tras el boom, Real fiction (2000), Domicilio desconocido y Bad guy, ambas en 2001, ponían ya velocidad de crucero en el ritmo de trabajo que lo acompañaría durante una década, filmes que abordan las secuelas de la guerra, la prostitución, el sexo, la violencia o las fronteras experimentales entre realidad y ficción como preocupaciones propias del autor y del cine de aquellos días.   

Instalado ya en el foco de atención de Occidente, vendrían los estrenos consecutivos de Samaritan girl (2004), Hierro 3 (2004), a mi juicio su mejor película, que se mueve en un terreno familiar y fantasmal que preludia algunos de los asuntos de la oscarizada Parásitos, El arco (2005), Time (2005), Aliento (2007) o Dream (2008), títulos que reconfiguran y pulen en clave melodramática o espiritual esa mirada perversa y la indagación en las zonas sombrías del alma que ya estaban presentes en sus primeros filmes, que apenas tuvieron repercusión fuera de su país, donde desde muy pronto Ki-duk se vio sometido a la persecución crítica y la vigilancia censora. Se trata de Cocodrile (1996), Wild animals (1998) y Birdcage Inn (1998), trilogía marcada por el interés en los desclasados de la por entonces opulenta sociedad coreana, a saber, prostitutas, mendigos y criminales a los que Ki-duk se acerca de manera descarnada, sin tapujos ni psicologismo, para exponer la hipocresía y los prejuicios de sus compatriotas. Los estudiosos de su cine han querido ver en esta triada lo mejor de su filmografía, en los tanteos primerizos de un cineasta que estaba poniendo entonces en imágenes duras y brutales un verdadero malestar existencial ante la imparable deriva mercantilista y calculada de las relaciones sociales.

Una crítica que tampoco ha dudado en calificar sus trabajos más populares y premiados como ejercicios demasiado autoconscientes y explícitos de su propio modelo exportador, a veces pintorescos, otras epatantes o provocadores antes que verdaderamente sinceros. Sea como fuere, la presencia de Ki-duk fue perdiendo fuelle en la primera línea autorial del cine asiático y cediendo protagonismo a unas formas y a algunos de los autores arriba citados que, como ha quedado demostrado con la última eclosión internacional, sí que ofrecían unas maneras y unos modos de producción perfectamente asimilables por los mercados y públicos mayoritarios.

En la segunda década del siglo, el cineasta fue perdiendo paulatinamente el favor de la crítica y los distribuidores que lo encumbraron

Toca ahora también con su muerte temprana entonar un mea culpa por haberlo abandonado cuando aún había caminos para seguirlo. Ki-duk siguió rodando con regularidad, a veces con presupuestos muy bajos y en formato digital, en la segunda década del siglo (Amén, la autoconfesional y especular Arirang, One on one, Stop, The net, Human, space, time and human), protagonizó nuevas polémicas y controversias (acusaciones de blasfemia por Pietá, ganadora del León de Oro en 2012, o de abusos a varias actrices en el rodaje de Moebius) y no parecía dispuesto a rendirse en su voluntad de seguir contando historias decadentes, líricas e incómodas desde cualquier rincón del mundo.