Minari. Historia de mi familia | Crítica Una granja en Arkansas

Una imagen de 'Minari. Historia de mi familia', de Lee Isaac Chung. Una imagen de 'Minari. Historia de mi familia', de Lee Isaac Chung.

Una imagen de 'Minari. Historia de mi familia', de Lee Isaac Chung.

Candidata a seis Oscar, entre ellos el de mejor película, mejor director, mejor actor (Steven Yeun) y mejor música original (Emile Mosseri), Minari prolonga el idilio de Hollywood con Corea del Sur con una de esas historias que buscan tocar las fibras sensibles pulsando las teclas del sueño americano, el drama íntimo, el lirismo rural y los acordes del melodrama en el seno de una familia coreana que llega a los campos de Arkansas en busca de prosperidad a comienzos de los años 80.

Lee Isaac Chung reconstruye sus recuerdos y nos conduce por sus paisajes verdes y horizontales a un ritmo pausado y minimalista pero con narrativa decidida, acompañando a una familia de padre emprendedor, mujer desencantada, hija preadolescente e hijo pequeño (Alan S. Kim, salido de una película de Ozu) que se verá pronto zarandeada por los contratiempos (las tormentas, la escasez de agua, el trabajo rutinario como sexadores de pollos, el aislamiento de la comunidad) aunque mantenga la fe en salir adelante con el esfuerzo y el trabajo en la granja.

La llegada de la abuela coreana (Yuh-jung Youn) será el catalizador emocional definitivo para un filme que intenta compensar el retrato de ambiente (donde la religión ocupa un lugar de peso aunque sin estigmas: ahí está el entrañable personaje de Will Patton para confirmarlo) con la deriva de una relación de pareja siempre en el límite de la fractura, aunque también atravesada por momentos de humor y melancolía. Al fin y al cabo, a veces de manera explícita, Minari habla de la nostalgia de las raíces, de la dificultad de echar unas nuevas, de esa Norteamérica de las oportunidades que se torna a veces en un duro camino con peajes personales.

Quizás se le vean demasiado las costuras de lo escrito, las metáforas a flor de piel (como esas semillas coreanas que brotan junto al río o la propia e inestable casa-caravana), el cálculo de avances y contratiempos, pero la película no deja de ser un emotivo y cálido retrato de unas gentes y sus circunstancias en la batalla cotidiana por conquistar su lugar en el mundo, otro filme que, mirando al pasado reciente, también nos recuerda los retrocesos de la sociedad norteamericana en la última década.