Lo dejo cuando quiera | Crítica Su opinión nos importa

Me asalta a la puerta del cine un pequeño equipo de informativos de Tele 5 con esa falsa amabilidad de quien busca una presa fácil y rápida. Quieren concertar una breve entrevista a la salida del pase para que les dé mi opinión sobre Lo dejo cuando quiera, una opinión que, me temo, sólo les valdrá para su pieza si digo que la película, producida por Tele 5, es “estupenda”, “divertidísima” o “para pasar un buen rato”.

Evidentemente declino la amable oferta, porque mi opinión no suele ser de las que salen en los telediarios, ni tan siquiera como calculada voz disidente entre la habitual recopilación de elogios para la retroalimentación promocional del primer fin de semana.

Lo dejo cuando quiera sigue estirando el modelo de la explotación de la gallina ajena de los huevos de oro, no tan ajena si tenemos en cuenta que el original italiano, Smetto quando voglio (2014), y sus dos secuelas exprés, explotan a su vez esa fórmula sin fronteras de la comedia gamberra generacional norteamericana que ha encontrado en el desprecio paródico de la intelectualidad (aquí nuestros protagonistas son tres profesores caídos en desgracia y reinventados como fabricantes y traficantes de droga) el perfecto caldo de cultivo para el entretenimiento picante y el posthumor pasado de rosca.

Ya puestos a parodiar a los precarios profesores universitarios en tiempos de crisis, podían hacer una comedia sobre los masters y títulos falsos de algunas universidades españolas. Mientras tanto, este enredo con estereotipos de segunda mano, mucha fiesta de piscina y neón, elenco tan amplio como desigual (brillan y se lucen más los secundarios, con un Ernesto Alterio que siempre entiende el tono y el ritmo de la comedia mejor que nadie), banda sonora de las caras y chapuzas de guion al servicio de contados gags de culos al aire, penes de látex, inmadurez masculina y morcillas verbales marginales, no cuenta precisamente con la mejor de mis opiniones.