El árbol de la sangre | Crítica Culebrón de autor

A estas alturas de la película, parece que Julio Medem ya no le tiene miedo alguno a convertirse en un autor para las masas, a saber, exponiendo abiertamente la materia melodramática y la poética habitual de su cine en los senderos narrativos múltiples del culebrón y en las formas del manierismo más acendrado.

Casi un compendio de sus temas y obsesiones, El árbol de la sangre se lanza así a tumba abierta por sus metáforas de libro (toros, vacas, sexo acuático, árboles vivos…)  y sus rimas consonantes entre parejas, familias, tiempos e historias, impúdica a la hora de trenzar el amor trágico, la historia de España (con sus niños de Rusia regresados), las diferencias Norte-Sur o los bajos fondos (del crimen y las pasiones) en un frondoso y explícito puzle narrativo donde también hay espacio, cómo no, para los cuerpos bellos y turgentes y el sexo a gritos y en gran angular, las fantasías telúrico-animales y demás tropos visuales, gestos y lugares reconocibles en una trayectoria declinante que arrancaba con Vacas hace ya 26 años.

La narración como terapia y catarsis de la pareja (Corberó/Cervantes), la locura femenina (Nimri/Molina) como protección contra la violencia de los hombres (Pou/Grao/Furriel), la pasión arrebatada en el seno mismo de la familia, el azar en la frontera de lo inverosímil (el doble accidente de coche), los secretos, las confesiones y las revelaciones dramáticas sacadas de la manga atraviesan y forjan una película torrencial y excesiva, a veces en el límite de lo autoparódico, en todo caso entretenida, generosa y delirante si uno consigue entrar en su apuesta de máximos.