Sin fin | Crítica Un amor interminable

Una pareja en crisis y un viaje (literal) en el espacio-tiempo para restituir el amor desgastado, ahí es nada. Sin fin, el primer largo de los hermanos César y José Esteban Alenda, hasta ahora cortometrajistas de cierto éxito (de hecho, este debut estira la idea del corto Not the end), se la juega por todo lo alto y sin sentido del pudor con una improbable y atildada mezcla de romance sublimado y narrativa cuántica, a saber, poniendo a entrelazar en bucle las etapas del inicio y el final de una relación a través de una estructura desdoblada y ripiosa de road movie entre puestas de sol y toneladas de música de piano atmosférico.

Sin fin se mueve en la cuerda floja entre (la búsqueda de) lo sublime y lo ridículo, entre lo romántico y lo cursi, entre lo sensible y lo sensiblero, entre la prosa del barrio y una concepción de la poesía que no pasaría la prueba del algodón de un fan de Pimpinela.

María León no convence ni con peluca ni con pelo corto, ni en modo andaluz salvaje ni como cuerpo adulto y melancólico, tampoco un Javier Rey a mitad de camino entre un Forrest Gump inventor y un modelo tristón de ropa de Pull&Bear.