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Los rostros del Señor

  • El Gran Poder protagoniza un traslado multitudinario a la Catedral donde este sábado presidirá el Jubileo de las Hermandades organizado por el fin del Año de la Misericordia.

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La anciana que se enjuga las lágrimas cuando el Señor sale de la Plaza de San Lorenzo en busca de Conde de Barajas. El niño que exclama con la espontaneidad propia de los cinco años, "¡adiós, Señor!", mientras le tira un beso. El hombre rudo con acento de la Vega o la Campiña que anda presuroso por la Campana tirando de su acompañante para encontrarse con Dios en la Plaza de San Andrés. "Corre, que no llegamos". El camarero que deja por un momento de atender sus veladores para bisbisear un rezo al Señor que pasa... Si el Gran Poder es el rostro de la misericordia de Dios, afirmación bien cierta de monseñor Asenjo, las miles de personas que abarrotaron este jueves por la tarde las calles del centro conforman los rostros de la devoción al Señor de la ciudad.

Desde el año 1965 no salía el Gran Poder en su paso más allá de la Madrugada. Dos veces estuvo a punto de hacerlo, en 1995 y en 2013, pero una anunciada lluvia, que luego nunca llegó, truncó la ilusión de los devotos. Este jueves fue distinto. El Señor del Gran Poder se trasladó a la Catedral para presidir este sábado el Jubileo de las Hermandades y la ciudad se echó a la calle para acompañarlo. Como hizo siempre. Así lo escribió Chaves Nogales en 1921: "Es una fe ciega, indestructible, más allá de los imperativos teologales y de la misteriosa atracción de las supersticiones...". Una afirmación plenamente vigente casi cien años después. El Gran Poder, como dice el hermano mayor, Félix Ríos, es una imagen del día a día, que trasciende la Semana Santa.

Salió el cortejo apresuradamente desde la basílica de San Lorenzo a la misma hora en la que se conocía que el ex alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, era el nuevo ministro del Interior. La hermandad anunció a través de las redes sociales que, por un cierto riesgo de lluvia, la llegada a la Catedral se adelantaba a las 21:20. El reloj de la torre marcaba las siete de la tarde y los estorninos eran los únicos que rompían el silencio respetuoso. A pesar de haberse adelantado el traslado un día fueron muchísimos los hermanos que acompañaron al Señor con sus cirios. En apenas media hora el paso había traspasado el umbral de la puerta y ya se encaminaba a saludar a las representaciones de las hermandades de la Bofetá y la Soledad a las puertas de la parroquia. Fueron estos los únicos momentos relativamente tranquilos. Las vallas de la plaza mantenían todavía a la masa a cierta distancia. Pero, poco tiempo duró. Mandó Villanueva "venga de frente" a sus hombres al salir de la plaza y un río de personas comenzó a coger posiciones tras el paso.

Los que no siguieron tras el Señor buscaron por la antigua calle Capuchinas la Gavidia para encaminarse otros puntos de un recorrido precioso que deparó momento de gran belleza en calles como Amor de Dios, la Plaza de San Andrés, Cuna, o una Plaza del Salvador completamente abarrotada. La ciudad bullía del Duque a la Catedral. Era complicado moverse entre la masa y los menos ávidos se tenían que conformar con ver al Señor desde muchos metros de distancia.

En apenas una hora y media el Señor bajaba por Entrecárceles para atravesar la Plaza de San Francisco. Desde la azotea del Ayuntamiento, el delegado de Fiestas Mayores, Seguridad y Movilidad, Juan Carlos Cabrera, apuraba los minutos antes de bajar para inaugurar la exposición del bordador Paquili: "Casi voy tarde, pero quiero ver cómo se calla la plaza cuando aparezca el Señor".

La imagen desde esa altura causa impresión. El Señor baja poderoso por Entrecárceles. Tras él, va recogiendo a una auténtica masa que lo quiere acompañar hasta la Catedral. En la plaza, otrora principal de la ciudad, se levantan centenares de móviles mientras el reloj señala las nueve de la noche. A las 21:40, las campanas de la Giralda daban la bienvenida al Gran Poder mientras el paso se giraba para darle la cara al pueblo que lo había seguido con fervor durante toda la tarde. Pocos minutos después ya se encontraba presidiendo el Altar del Jubileo.

Entre tanta salida extraordinaria sin interés y por motivos nimios, la del Gran Poder vale su peso en oro. El Jubileo de las Hermandades por el Año de la Misericordia valía la petición expresa del arzobispo para que el Señor fuera a la Catedral y el esfuerzo ímprobo realizado por la hermandad para que así fuera. Fue la antesala de lo que se vivirá, previsiblemente, en la mañana del domingo con un regreso que será todavía más multitudinario y que deparará más estampas para el recuerdo.

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