La compasión difícil | Crítica La mano en el hombro

  • Chantal Maillard brinda una depurada síntesis de su pensamiento en 'La compasión difícil', con una poética tan exigente como iluminadora

La poeta y pensadora Chantal Maillard (Bruselas, 1951). La poeta y pensadora Chantal Maillard (Bruselas, 1951).

La poeta y pensadora Chantal Maillard (Bruselas, 1951). / Bernabé Fernández

Cabe saludar, de entrada, la decisión asumida por Chantal Maillard (Bruselas, 1951) de publicar nuevos títulos al ritmo preciso para el más cálido diálogo con el lector como uno de los más felices acontecimientos de la literatura contemporánea en lengua española: si la autora volvió a la poesía en 2017 tras un (razonable) paréntesis con La herida en la lengua casi a la vez que rescataba un título fundamental de su obra ensayística como La razón estética (sólo dos años después de brindar otro volumen fundamental como La mujer de pie), en 2018 volvió a las librerías también por partida doble, con la mirada a su propia creación poética desde la naturaleza del drama que entrañó Cual menguando y el mensaje político, directo y sin atajos, que significó ¿Es posible un mundo sin violencia?.

Apenas en los primeros compases de este 2019, otro libro de Maillard viene a mantener viva la llama, acaso como si la autora quisiera recuperar ahora el tiempo que la tragedia arrebató en su momento a mayor gloria del silencio; en todo caso, la escritura de Chantal Maillard continúa adscrita a la mayor exigencia respecto a la coherencia, la honestidad y la oportunidad, con un discurso que parece haber encontrado en el despojo, en lo desprendido, en la médula más inclinada precisamente a seguir callada la razón más certera para afirmar la resonancia de su obra.

Si su poesía se había desprovisto de la convención y el encantamiento de serpientes ya bastante antes de Matar a Platón (2004), su filosofía ha ido de la mano hasta alumbrar el ensayo no por acumulación sino por, con perdón, deforestación. A estas alturas necesitamos el claro, no el bosque, aunque no podamos afirmar lo uno sin lo otro.

En este sentido, y una vez muerto Platón, La compasión difícil aborda la que hasta ahora ha sido una idea central en el pensamiento de Chantal Maillard: la misma compasión. Sólo que no ya como idea, sino, ciertamente, como acontecimiento. El lector encontrará aquí buena parte del mundo que ha sugerido la escritora desde sus primeros Diarios indios y sus incipientes apuntes a Henri Michaux, en una depuración tan ilustrativa como iluminadora. Eso sí, deberá compartir la exigencia de la que se hace cargo Maillard con idéntica disposición: la lectura de La compasión difícil es igual de exigente en cuanto interpela hasta costuras bien profundas. La recompensa que aguarda una vez apurada la última página se afirma, en correspondencia, en la convicción de una experiencia inolvidable.

La compasión difícil tiene su núcleo esencial, a modo de fuente de la que mana el caudal del libro, en un gesto. Quien lo ejecuta es un personaje insertado en otra tragedia, la de Medea, si bien la mayor parte de las fuentes han optado históricamente por soslayarlo o, en cualquier caso, concederle una relevancia menor: Mérmeros, el acólito que acompaña a Medea mientras la protagonista decide llevar a cabo su venganza contra Jasón y matar a sus hijos.

Portada del libro. Portada del libro.

Portada del libro. / D. S.

El gesto en cuestión aparece representado en la adaptación cinematográfica que dirigió en 1988 para la televisión danesa Lars von Trier a partir del guión que dejó sin rodar Carl Theodor Dreyer (inspirado, a su vez, en el texto de Eurípides). En esta película, cuando Medea se presenta al amanecer frente a sus hijos dormidos, dispuesta a conducirlos a la muerte, Mérmeros despierta, se sitúa junto a ella y entonces comete el gesto en cuestión: pone su mano sobre el hombro de Medea. Para Maillard (que a modo de colofón del volumen expresa su agradecimiento a Lars von Trier, "que ha sabido como nadie internarse en los abismos de la difícil compasión, el candor de la inocencia y la cuestionable utilidad del sacrificio"), este gesto es la expresión más perfecta de la compasión. Pero su condición de difícil nace de la evidencia de que Medea se dispone a cometer un crimen atroz. Y es esta dificultad en la que se sumerge Chantal Maillard para tejer un retrato feroz, descarnado y sin concesiones de la misma naturaleza humana.

Para el lector occidental, cuyo criterio se asienta en el canon exegético del pensamiento judeocristiano, la compasión tiene un límite concreto en la figura del verdugo. Y es aquí donde, ante La compasión difícil, se va a sentir más interpelado. Chantal Maillard acude a Albert Camus para abrirse hueco en el canon a través de una cita extraída de El hombre rebelde: "La comunidad de las víctimas es la misma que la que une a la víctima con el verdugo. Pero el verdugo no lo sabe". "¿Cómo comprender a Medea?", se pregunta la autora, quien advierte: "La compasión que busco no se apiada. Acompaña. Quien compadece no compara, no se entristece, no formula juicio alguno. Comprende sin pensar. Percibe sin ofuscación". Así, Mérmeros "no es el reformador de ninguna religión. No obedece a ningún dios. Es el cordero que ofrece su cuello porque es preciso".

Para comprender, Maillard se reafirma en su querencia por el pensamiento oriental como una mirada limpia a la realidad, exenta de la contaminación cristiana. Y recupera la com-pasión tal y como la formulara Siddharta Gautama, exenta de nociones de justicia (también esta preferencia a la compasión como universal por encima de la particularidad de la justicia está, por cierto, en Albert Camus), de moral, de dioses y de inocentes (la representación de Dios como un inocente ajusticiado significa en Maillard la estrategia definitiva para la eliminación de aquella mirada primigenia al mundo, la que desde Oriente prendió el fuego de la Filosofía).

Pero la autora va incluso más lejos que Schopenhauer en su rechazo a la inocencia al articular una crítica contundente al vitalismo y a la propia voluntad, acordándose de paso de Cioran: "No se me ocurre un solo argumento válido para pensar que la vida sea un bien. Uno de los inconvenientes de haber nacido es que la voluntad de sobrevivir raramente nos abandona" (atención al dardo lanzado contra el vitalista Nietzsche, a quien Maillard llega a comparar con Abraham). No se trata de jugar al nihilismo, cuidado, sino de aceptar el peso específico de la muerte en la existencia: "Seguir viviendo no es la única opción". Desde esta encrucijada, ya no se trata de juzgar a Medea, como tampoco se trata de negar su crimen; basta con acompañarla. ¿Para qué? Exacto: para que la vida sea más soportable.

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