Murillo en la Catedral de Sevilla | Crítica

Luz de Trento

  • En 'Murillo en la Catedral de Sevilla' sus autores abordan una minuciosa datación de la obra murillesca conservada en el templo

El Ángel de la Guarda. Bartolomé Esteban Murillo. 1665-66 El Ángel de la Guarda. Bartolomé Esteban Murillo. 1665-66

El Ángel de la Guarda. Bartolomé Esteban Murillo. 1665-66

Con ocasión del cuarto centenario de Murillo han visto la luz numerosos estudios y compendios, entre las que cabria citar, sin ánimo de ser exhaustivos: el Murillo y las metáforas de la imagen de Benito Navarrete, el Corpus Murillo de Pablo Hereza, el volumen Murillo fecit, obra de varios autores, La escuela de Murillo de Enrique Valdivieso, así como la reedición de La fortuna de Murillo, de García Felguera. A dicha progenie viene a añadirse este Murillo en la Catedral de Sevilla, firmado por los profesores Juan Miguel González Gómez y Jesús Rojas-Marcos González, donde se pretende fijar, no sólo la actual vinculación del templo con las obras del pintor, sino la azarosa relación histórica que, de un modo u otro, han guardado ambos desde mediados del XVII.

Queda clara, desde las palabras preliminares, la naturaleza religiosa, trentina, de la pintura murillesca

En este sentido, conviene recordar que fue el arcediano de la Catedral, don Juan de Federiguti, quien en 1655 pide permiso al cabildo para colgar a su costa dos obras de Murillo -el San Isidoro y el San Leandro, hoy en la Sacristía Mayor-. A partir de ahí, y siempre siguiendo a Angulo Íñiguez, vendría su aparatoso y soberbio San Antonio de Padua, destinado a presidir el baptisterio, así como El Ángel de la Guarda o los extraordinarios tondos en madera de la Sala Capitular. Queda clara, en cualquier caso, desde las palabras liminares, la naturaleza religiosa, trentina, de gran parte de la pintura murillesca, y su estrecha vinculación con la Sevilla crepuscular, azotada por la peste, que conoció Murillo. Una pintura, por ello mismo, compasiva y humanísima, muy lejos de la compunción y el vértigo de Valdés Leal, y en la que es fácil señalar su estrecha relación con la literatura del siglo anterior. Concretamente, con el Lázaro de Tormes que alumbra y destaca, sobre la oscuridad de su época, la afligida existencia del pícaro.

Con lo cual, si Murillo fue “luz de Trento”, no quiso ser ni “martillo de herejes” ni “espada de Roma”. La sobrecogedora cordialidad de Murillo, aquella que lo condenaría al olvido, vino movida por la compasión, no por la culpa y el arrepentimiento.

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