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Festival de Teatro de Mérida

Antígona o la muerte imposible de María Zambrano

  • El Festival de Teatro Clásico de Mérida acoge el próximo miércoles el estreno de la nueva producción de ‘La tumba de Antígona’, la obra de la pensadora veleña, plena de actualidad

María Zambrano, en una imagen tomada en La Habana durante los años 40.

María Zambrano, en una imagen tomada en La Habana durante los años 40. / Fundación María Zambrano

El exilio tenía en 1946 un emplazamiento bien delimitado: La Habana. En agosto de aquel año y en aquella ciudad que ya no era remota, sino propia, reconocible, María Zambrano recibió una carta en la que su hermana Araceli le advertía del grave estado de salud de la madre de ambas. La filósofa decidió volver a Europa pero la burocracia y la inestabilidad internacional convirtieron el viaje en una verdadera odisea. Finalmente, María pudo llegar a casa de su hermana Araceli en Francia el 6 de septiembre, pero era demasiado tarde: su madre había recibido sepultura dos días antes. Araceli le relató entonces toda la verdad que había silenciado en sus cartas para no perturbar aún más a su hermana: tanto ella como su marido, Manuel Muñoz, último director general de Seguridad de la República, habían sido torturados y vejados por los nazis en Francia durante la ocupación. Muñoz corrió además la misma suerte de otros muchos refugiados españoles y, tras su detención, fue extraditado a su país, donde un consejo de guerra decretó su condena a muerte y donde fue fusilado poco después. Si el exilio se había convertido ya para María en una verdad incontestable, la patria que abrazaría y a la que se referiría siempre como tal, el desarraigo adquirió entonces la dimensión exacta de la tragedia, lo que tuvo consecuencias decisivas en su pensamiento, preñado ya de razón poética. Se trataba ahora de alcanzar la purificación, la catarsis que la misma tragedia representaba para los antiguos griegos. Nietzsche se había acogido a la tragedia para sostener su vitalismo excepcional, pero en María Zambrano, que siempre se sintió cerca del loco de Turín, aunque fuese para negarle la mayor, la tragedia adquiriría matices muy distintos por una mera cuestión biográfica. Encontró en Antígona, el personaje trágico que tanto la había fascinado (y que tanto la había inspirado para escribir La agonía de Europa, publicada en 1945), la más fidedigna expresión de sí misma, su más eficaz alter ego: la voz alzada contra la barbarie que reclama la paz para los muertos.

La filósofa veleña, una referencia universal del pensamiento. La filósofa veleña, una referencia universal del pensamiento.

La filósofa veleña, una referencia universal del pensamiento. / Rosell

Ya en 1948 abordó María Zambrano el arquetipo que brindaba la hija de Edipo en Una figura de la conciencia y la piedad: Antígona, donde escribía: “No podemos dejar de oírla, porque la tumba de Antígona es nuestra propia conciencia oscurecida. Antígona está enterrada viva en nosotros, en cada uno de nosotros”. Durante veinte años hizo la malagueña de La tumba de Antígona su particular obsesión hasta que logró alumbrar la escritura debida en 1967, cuando vivía en La Pièce, en el Jura francés, junto a su hermana Araceli enferma y en condiciones de extrema precariedad. Y lo hizo, en honor a la calidad trágica de su inspiración, como obra de teatro, una exploración filosófica y poética articulada en las distintas voces protagonistas con una visión inequívocamente escénica. El teatro no había sido hasta entonces, ni mucho menos, una cuestión ajena para Zambrano: sus escritos sobre la tragedia exhalaban siempre un profundo conocimiento del mismo, y en El hombre y lo divino había advertido una estructura dramática más que solvente en el libro bíblico de Job. Pero para La tumba de Antígona se había decantado, sin fisuras, por un texto resonante tanto en su lectura como en su representación. Cada nuevo montaje de la obra constituye un acontecimiento, pero cabe celebrar su vigencia aún más cuando es el Festival de Teatro Clásico de Mérida el que incluye el título en su cartel: desde el próximo miércoles 17 y hasta el día 21, el certamen propone con categoría de estreno un nuevo montaje de La tumba de Antígona, en coproducción con la compañía Karlik Danza-Teatro, que clausurará además la programación del ciclo en el Teatro Romano de la ciudad extremeña.

El montaje cuenta con la versión de Nieves Rodríguez y la dirección de Cristina D. Silveira

En el prólogo a su propia obra, la autora ajusta cuentas con Sófocles, quien condujo a Antígona al suicidio: “¿Podía Antígona darse la muerte, ella que no había dispuesto nunca de su vida?”. Zambrano lleva al personaje al trance, al delirio, por el que, al no haber sido dueña de su existencia, no tiene nada que perder a la hora de enfrentarse al poder criminal; más aún, este enfrentamiento se convierte en una exigencia moral. Antígona ha visto cómo sus dos hermanos, Polinices y Eteocles, se enfrentaban el uno al otro hasta la muerte; y cómo su tío Creonte, nuevo rey de Tebas, se negaba a dar sepultura a Polinices por su condición de traidor, con lo que su cadáver quedaba a merced de los perros y los cuervos. La Antígona de María Zambrano hace justicia, además, a la hermana de la protagonista, Ismene, silenciada por el mito y en quien la hija de Edipo encuentra tanto el consuelo como la razón para alzarse contra el terror y denunciar a quienes lo promueven: “Pero mi historia es sangrienta. Toda, toda la historia está hecha con sangre, toda historia es de sangre y las lágrimas no se ven. (…) Por eso no me muero, no me puedo morir hasta que no se me dé la razón de esta sangre y se vaya la historia, dejando vivir a la vida. Sólo viviendo se puede morir”.

Una función de la compañía Karlik Danza-Teatro. Una función de la compañía Karlik Danza-Teatro.

Una función de la compañía Karlik Danza-Teatro. / Karlik

Detrás de la versión de La tumba de Antígona que la compañía Karlik Danza-Teatro subirá a escena en el Festival de Mérida los próximos días, bajo la dirección de Cristina D. Silveira, está la dramaturga Nieves Rodríguez, autora de La tumba de María Zambrano y de otros títulos teatrales y ensayísticos que justifican su posición como divulgadora fundamental de la obra de la filósofa veleña. En un artículo publicado en la revista Las Puertas del Drama, Rodríguez expresaba así la noción trágica de María Zambrano, cristalizada en La tumba de Antígona: “En María Zambrano el exilio no es sólo una experiencia personal e histórica, aunque también, sino una dimensión histórica trascendida por una dimensión metafísica y mística en la que el exiliado se revela como arquetipo de la condición humana. Es un sujeto trágico, en crisis, que expresa su padecer”. En la introducción a la edición de La tumba de Antígona publicada por Alianza Editorial, la escritora y profesora Marifé Santiago Bolaños, por su parte, apuntaba: “Si podemos mostrar un detonante biográfico en el proceso creativo de La tumba de Antígona, si la circunstancia es terrible en su identificación, María Zambrano es capaz, sin embargo, de trascenderla y concebir un verdadero tratado filosófico sobre la urgencia de un compromiso ético por la paz. Una paz que será verdadera si el perdón requerido para ella no es olvido, sino justicia”. En la Europa del siglo XXI, partida en dos por la guerra y sembrada de refugiados, el grito de Antígona resuena aún, poderoso, más allá de la sangre. Mientras, en el cementerio de Vélez-Málaga, una placa recuerda desde 2016 que Araceli Zambrano comparte sepultura con su hermana María.

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