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El tema de la semana

La madurez de conget

  • El autor aragonés mira el paso del tiempo y las contradicciones de las parejas en su nueva reunión de cuentos, 'Confesión general'

José María Conget (Zaragoza, 1948) cumplirá siete décadas en 2018 y, sin embargo, la sensación al leer su último libro, Confesión general, es la de acceder al imaginario de un alma rebelde y juvenil cuyas inquietudes, compromiso y alegría de vivir, de obstinada celebración de la inteligencia, tienen un valor de manifiesto en estos tiempos digitales donde las insustancialidades vuelan con la urgencia de un cohete. Pese a su aliento vigoroso, son la vejez y el paso del tiempo los motivos centrales de estos diez relatos donde no faltan los temas recurrentes en su producción, como la pareja, la familia, el bloqueo creativo y las singularidades del oficio de escritor.

Sueños, recuerdos, músicas evocadoras... son el origen de unos textos de prosa impecable cuyo autor se reconoce ahora muy marcado por la oralidad. "En ese sentido me gustaría que mi estilo, que fue muy barroco, se alejara hoy de rebuscamientos y se pareciera a la conversación de un ciudadano culto", explica a este diario el aragonés afincado en Sevilla.

"Había leído que todo el mundo se siente interiormente joven, experiencia que le habían confirmado algunos de sus conocidos, y que la vejez comienza cuando las fechas del calendario imponen sus datos sobre las ilusiones subjetivas". Son las primeras líneas del relato que abre el libro, Madurez, en el que aparecen ya compendiadas las virtudes de este literato que se prodiga muy poco en los medios pero cuenta con una fiel cofradía de lectores y admiradores: la reflexión moral, el aliento cultural, la minuciosa arquitectura narrativa, el equilibrio entre la ironía distante y la epifanía poética.

El propio Conget recuerda, al respecto, un poema de Fernando Ortiz que dice: "La juventud pasó y esto que tienes es lo que llaman madurez los necios". Y es aún peor, reflexiona, cuando se emplea la palabra madurez para evitar vejez. "Para mí el equilibrio deseable en la vida consiste en vivir para el presente y gozar el presente. Añado que no es mi caso, me paso la mitad del tiempo echando la mirada atrás", afirma en un intercambio de opiniones sobre un relato que concluye así: "El hombre comprendió -aunque luego lo olvidaría- que nadie alcanza la madurez porque sólo el presente es real y la soledad apenas una añagaza del miedo o la soberbia".

Esa vindicación del aquí y el ahora desborda también en un relato sobre la educación sexual en el franquismo, Tiempo hostil, que toma su título de unos versos del gran poeta Ángel González. La odisea de estrenar un bikini blanco a mediados de los años 60, el primero que se vio probablemente en una piscina pública de Zaragoza y, sobre todo, la defensa de una relación amorosa en ese contexto de censores, carabinas y vecinos cotillas, inspira una historia desasosegante a la que pone su contrapunto la rabia de la protagonista dirigiéndose a su hija mientras revisan el álbum de fotos familiares. Conget cree que los amantes no llegan a derrotar el tiempo hostil del relato homónimo, "más bien ocurre al revés". "Pero es cierto que el amor, el sexo, son fuerzas inmensas y a menudo menospreciadas en la lucha contra las dictaduras, no sólo como vía de escape sino como afirmación vital y de resistencia frente a las negaciones del poder".

En relación a otros autores estilísticamente próximos, como su paisano Ignacio Martínez de Pisón, cuya habilidad para prestarle voz al alma femenina suele ponerse de relieve en cada crítica o entrevista, es curioso que Conget, que siempre ha manejado con acierto ese registro sin que se le etiquete al respecto, avance aquí aún más en su auscultación del universo femenino. Esto es especialmente evidente en Sueños compartidos, una de las piezas más sobresalientes del conjunto. En él, una mujer que tiene por costumbre revelarle a su compañero el contenido de sus sueños a la hora del desayuno le sirve como punto de partida para reflexionar sobre la pareja y cuanto ésta tiene de apuesta a largo plazo, "una apuesta que, excepcionalmente, no depende del azar, ahí está su riesgo, su belleza y su posible horror", manifiesta.

Por su mayor extensión y su tono fantástico, "pese a inspirarla un personaje real", la nouvelle Dentista es casi una rareza en el conjunto que nos traslada a la consulta odontológica de una irreverente y parlanchina Sherezade que, como en Las mil y una noches, engatusa al protagonista pero aquí con el relato de sus hazañas amatorias.

Conget, que se jubiló como profesor de Secundaria en un instituto de Sevilla -la docencia también le llevó a destinos como Cádiz-, peregrinó durante años por algunas de las sedes más importantes del Instituto Cervantes en calidad de gestor cultural: Londres, París, Nueva York... El cosmopolitismo de su biografía, que explicaba los paisajes urbanos de su última novela La bella cubana, así como algunos cuentos del volumen La mujer que cuida los Vermeer (Pre-Textos), palpita de modo sutil en las referencias literarias de Confesión general: de la soledad de las parejas de que hablara Dorothy Parker al eco del Cortázar parisino al que homenajea ya desde el mismo título de Todos los miedos el miedo. "Considero a Chejov el maestro indiscutible, no soy muy original, pero no estoy seguro de que me haya influido. Carver, Cortázar y Nabokov andan por ahí, supongo. En fin, eso lo dirán los críticos".

También están muy presentes el cine y su narrativa, particularmente en las viñetas culturales que conforman el tríptico titulado Tres canciones francesas donde, entre recuerdos de intérpretes y películas heteróclitos, incluye un inolvidable homenaje a la actriz de Jules et Jim Jeanne Moureau y, en menor medida, a François Truffaut y la literatura de Henri-Pierre Roché que inspiró esa cinta y la también magistral Las dos inglesas y el amor. Estos tres cuentos inauguran un gozoso subgénero entre el periodismo, el dietario y la crónica cultural que sería deseable ver ampliado en el futuro con nuevos materiales. "Cuando murió Truffaut lo sentí como si hubiera fallecido un hermano, hasta sus películas malas, que las tiene, se me antojaban cartas personales que este hombre me escribía y me daba igual que no siempre estuviera su cine a un alto nivel. Y no puedo evocar Jules et Jim y a la Moreau cantando Le tourbillon sin conmoverme. Les debía ese homenaje. Hace unos cuantos años publiqué un librito que se titulaba Vamos a contar canciones y que pretendía aunar la canción popular con lo autobiográfico. No sé si es un subgénero pero me encanta hacerlo, y con la música clásica y el jazz me ocurre lo mismo", explica.

El escritor, que alguna vez ha dicho que escribe de memoria, recurre a las experiencias autobiográficas en el escalofriante Esqueletos en el armario, una reflexión sobre secretos familiares donde el uso de la primera persona es inevitable y donde él, que no cree en la vida perdurable ni en la resurrección de la carne, se conmueve -y nos conmueve- con la fe abrumadora y candorosa de su padre.

Y es que a Conget le irritan los autores que usan la primera persona sin justificación interna, por eso hay en sus relatos tantos personajes que cuentan su historia a otros: "No deja de ser igualmente artificioso pero me quedo más tranquilo", aclara.

Los fantasmas familiares, los temores infantiles, el peso opresivo de la religión en el relato que cierra el volumen y le da título, esa confesión general con la que el adolescente que lo protagoniza aspira a que su alma quede impoluta sin sospechar que está cayendo en la tela de araña de alguien más obsesionado por el sexo que él, son otros temas de un libro donde se nos habla de la conciencia de ser distintos a los demás.

"Tiendo a la ingrata tendencia de ser espectador de mí mismo y eso me ha convencido de que, en efecto, la propia identidad es una construcción tramposa y titubeante, más en los varones, por lo menos en los educados tradicionalmente, como los de mi generación. Esa es una obsesión personal y por tanto un tema recurrente de mi literatura. Como la relación de pareja, que si es prolongada e intensa se convierte en un desenmascaramiento y ahí empieza lo difícil", dice a modo de confesión particular este escritor al que la jubilación, lejos de acarrearle bloqueos creativos, le ha regalado el tiempo para escribir sus mejores páginas y una particular convicción: que ni las derrotas sentimentales, literarias o ideológicas justifican el desinterés por la propia vida.

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