Manual de la contienda | Crítica

Vivir mata

  • En su quinto libro de poemas, Jesús Tortajada permanece fiel a su mundo, que refleja con fina sensibilidad y excelente humor los atribulados días de un hombre cualquiera

Jesús Tortajada (Sevilla, 1954). Jesús Tortajada (Sevilla, 1954).

Jesús Tortajada (Sevilla, 1954).

Como bien sostenía Alfonso Crespo, sabio y desahogado como él solo, el día que presentó el último libro de Jesús Tortajada, se hace difícil leer los versos del poeta sin atender, quienes lo conocemos desde antiguo, a su discreta y entrañable personalidad, rara por infrecuente y tanto más en una época marcada por la impúdica exhibición del ego, en la que proliferan los incansables propagandistas de sí mismos –representados en todos los oficios, pero especialmente numerosos en el gremio de los escritores– que proyectan la impresión de ser ubicuos y saberlo todo sobre cualquier cosa.

El buen corazón, que se aprecia a primera vista, lo tenía en igual medida su añorado hermano el también poeta Vicente Tortajada, aunque gustara de ocultarlo con un ramalazo de ferocidad, pero al contrario que la de este, siempre vivo en su recuerdo, la de Jesús es una rareza que dista de la extravagancia y sugiere justo lo opuesto, o sea normalidad, paradójica en el sentido de que van quedando pocas personas normales entre tanto arrogante defensor de la excepcionalidad irreductible.

A la bondad, que pese a su escaso prestigio es y será siempre la más alta de las cualidades, une Jesús Tortajada el cultivo de una forma peculiar de llaneza que en su caso resulta, ya lo apuntaba Crespo, de una combinación casi milagrosa de lucidez e inocencia. Habrá quien pueda pensar que todo esto no tiene nada que ver con la poesía, pero quienes seguimos en parte el desacreditado método de Sainte-Beuve, siquiera sea para contradecir a Proust, pensamos que los rasgos del autor, por lo demás visibles en la obra, importan e iluminan y son inseparables de ella.

Vicente Tortajada (Sevilla, 1952-2003). Vicente Tortajada (Sevilla, 1952-2003).

Vicente Tortajada (Sevilla, 1952-2003).

Publicado por Renacimiento, Manual de la contienda hace el quinto de los libros de poemas de Jesús Tortajada tras Un invierno llevadero (1985, 2013), Malosdías (1997), Un buen traje (2003) y Ruegos y preguntas (2008). Diez años después de su anterior entrega, el poeta sevillano permanece fiel a su manera sencilla, nada grandilocuente, y fiel a su mundo, que refleja con fina sensibilidad y excelente humor los atribulados días de un hombre cualquiera.

Dedicado a la memoria del padre y enmarcado, al comienzo y al final, por sendas citas de Jorge Manrique, el poemario se caracteriza por su trasfondo elegiaco y tiene como tema central, asociado a la fugacidad y los estragos del tiempo, el sentimiento de pérdida. "Vivir perjudica / seriamente la salud", leemos al inicio, y Vivir mata es el título del primer poema de la colección, donde se recurre asimismo al menguado imaginario del tabaco. "Cada vez más se presenta / de improviso mi pasado, / reviviendo, / y una voz antigua cuenta / lo que siempre me ha costado / ir muriendo", dice la última estrofa de El paso de la vida.

Pero lo que sugiere el conjunto no es tanto nostalgia de lo vivido, que también la hay, como el hecho de que cualquier vida, en cualquier tramo de la edad, es en un sentido casi metafísico una batalla contra la desposesión, batalla cuyo final anunciado determina ese ir muriendo de sabor existencialista. La conciencia de la finitud, sin embargo, no se traduce en pesimismo o lo hace de una forma, diríamos, suave, del mismo modo que la voz meditativa evita el tono solemne, las generalidades, las inhóspitas abstracciones para dirigirse, como quería el filósofo, a las cosas mismas.

El poemario se caracteriza por su trasfondo elegiaco y tiene como tema central el sentimiento de pérdida

Es la de Jesús Tortajada una poesía de la vida cotidiana, que por ejemplo habla del mando a distancia –"por pay per view, por ver, todos pagamos"– como un objeto de Satanás o del cajero automático, otro invento diabólico, como un moderno confesionario. De las coplas que canturrea la empleada de hogar en la casa vecina, de los boleros cuyas historias se mezclan en la memoria sentimental o de la música inmisericorde del bar de abajo.

Escenas la mayoría domésticas –en otro de los poemas el veterano maniquí de una tienda se lamenta de su falta de espíritu– que no buscan la pose favorecedora, sino al contrario, se sirven de la ironía para mostrar el desgaste, la perplejidad y el desvalimiento en los que cualquier lector no infatuado puede reconocerse. La naturalidad de la forma, en la que predomina el ritmo endecasilábico, se impone incluso en los sonetos, libres de adornos y artificios, o cuando ensaya, como en los versos arriba citados, el venerable pie quebrado de la estrofa manriqueña.

No teme el poeta caer en el prosaísmo y por eso echa mano, como en sus libros anteriores, de un generoso repertorio de expresiones coloquiales, modismos y frases hechas, insertos con gracia y oportunidad en un discurso lírico que rehúye la elevación para formular verdades muy hondas. Como disculpándose, pese a lo dicho, por haberse internado en un terreno demasiado serio, el último poema del libro invita a sonreír y acaso a reflexionar sobre el contenido literalmente deseable del eterno descanso: "Oigo el despertador, bueno, la alarma / del móvil con sus agrias campanitas, / diciéndome: ya es hora de vivir... / Y yo que estaba tan a gusto muerto".

La voz meditativa evita las inhóspitas abstracciones para dirigirse, como quería el filósofo, a las cosas mismas

En el homenaje que dedica a Karmelo C. Iribarren, un poeta que también gustaba mucho a Vicente, dice Jesús Tortajada: "Para mí la lectura de sus versos / es abono y nutriente de la vida", pero el mundo de este Tortajada no es el de los contumaces noctámbulos que apuran las madrugadas, aunque busque igualmente –y ahí quizá resida el parentesco– reflejar "la vida en crudo".

Cabría tal vez hablar, frente al sucio de inspiración norteamericana que ha dado nombre a una cierta corriente de la poesía figurativa más desgarrada, de un realismo limpio, ajeno a esa complacencia en la sordidez –o en la queja sistemática– que distingue la llamada épica de los perdedores. Todos lo somos pero podemos, como se dice en otro poema, echar los vicios y el mal genio en la bolsa de la basura.

Los versos del Manual trazan un conmovedor autorretrato del poeta como ser autoconsciente, humilde e inseguro de su arte, golpeado por las horas –omnes vulnerant, ultima necat– que pasan tanto más veloces cuanto más se aproxima la partida.

Grande, muy grande en su bienhumorada aceptación de los límites, en el modo sereno de encajar las adversidades o en la apuesta por vivir –"he preferido ser producto oferta"– alejado de los focos y los primeros planos: "Conocer mi lugar no se me ha dado / bien, pero siempre comprendí que acierta / quien acercándose despacio –a cierta / distancia– elige estar al otro lado". La vida es lucha, una contienda con el mundo de la que nadie, a la postre, sale vencedor, pero que pese a todo –aunque a veces quepa la duda– merece ser librada.

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