Mañanita de paseo... (3-1)

El Sevilla, en ventaja desde los 52 segundos, dosifica fuerzas cara a la Copa para despachar a un buen Levante.

Foto: Antonio Pizarro
Foto: Antonio Pizarro
Juan Antonio Solís

01 de febrero 2016 - 05:02

Las mañanitas de niebla suelen deparar tardes de paseo, según el riquísimo refranero español. Pero rompió una mañana límpida, radiante en este invierno de los chinos que disfrutamos los sevillanos. Quizás por ello, el Sevilla Fútbol Club no esperó a la tarde para darse su paseo de mediodía ante el Levante, soltar piernas, sumar otros tres puntos en la décima victoria seguida como local en esta Liga y armarse moralmente para lo que se anuncia el próximo jueves en Nervión, toda una semifinal de Copa.

Saberse por fin en la zona europea -no dice mucho en favor del equipo que haya tardado 22 jornadas, nada menos- también debe reflejarse en la revitalizada confianza de una tropa, la de Unai Emery, que ya camina con paso sólido, como suele cuando cruza el ecuador de los campeonatos, en busca de esos partidos señalaítos que definirán la temporada.

Todo salió como soñó Emery la noche anterior porque la fortuna así lo propició cuando aún no se había cumplido el primer minuto de partido. Tremoulinas dibujó su primera galopada por la izquierda, colgó una complicada pelota al área que no acertaron a cortar dos defensores e Iborra, en un escorzo, la dejó atrás, sin dueño, en el mismo corazón del área y con todos los ángulos de la portería abiertos. Si aparecía uno de blanco era gol. Y lo hizo Gameiro, que no tuvo más que engatillar el cañón que posee en la pierna derecha para rugir como un león rabioso, como siempre que marca gol.

El Sevilla ganaba desde vestuarios. O casi. El concienzudo plan diseñado por Rubi en Valencia durante la semana se iba al traste demasiado pronto. Y a los anfitriones se le ponía en la mano la manzana del pecado: el vicio de sestear, ahorrarse carreras y choques para afrontar la ida de las semifinales de Copa con las máximas energías posibles.

Y los de blanco cayeron en la tentación. Buen mordisco le dieron a la dichosa manzana. La pareja N'Zonzi-Cristóforo prefirió anclarse, invitar al rival a abrirse y que el tiralíneas de Reyes lanzara a Gameiro, un astuto felino cuando de desmarcarse al espacio se trata. El plan pudo resultar perfecto si el francés hubiera aprovechado sendos mano a mano ante Mariño en dos fantásticos balones del utrerano. En la primera ocasión, Gameiro se coló hasta el palo derecho del portero y soltó un zurdazo que estrelló la pelota en la cabeza del guardameta (11'); en la segunda (37'), el pase atrás de Reyes volvió a dejar al punta galo frente a la portería, aunque sin tiempo para pensar cómo resolver. La jugada pedía sutileza, un pase a la red. Pero Gameiro es de pegarle duro, por cerca que esté de la línea de gol. La pelota rebotó en Mariño y mantuvo en pie a un Levante digno, alegre como pocas veces se ha visto en Nervión.

Rubi salió con hasta cinco piezas ofensivas que maniobraron con soltura y movilidad. Morales ofició de Konoplyanka: diestro por la izquierda que se coló más de una vez a la espalda de Mariano, recortó y soltó veneno puro con su derecha. La primera vez que lo hizo, Sergio Rico anunció ya que no sería su mejor partido, acomodó sus manos con blandura y la pelota, rebotada, fue a impactar en la cruceta (3').

Por el otro costado, el colombiano Lerma también ganó metros con su potencia, más en diagonales hasta el área que buscando la cal. Mientras, Ghilas no paró de fajarse con los centrales y de ofrecerse al tiempo que Rossi, unos metros atrás, probaba si sus piernas respondían a todo lo que su cabeza de crack inventaba. Se vio sorprendido el Sevilla por el dinamismo de los atacantes levantinistas. Ni rastro de aquellas versiones del Levante que se atrincheraban sin remilgos, aun perdiendo, y que soltaba algún traicionero y eficaz zarpazo para llevarse parte del botín, o el botín entero.

En la segunda parte, Reyes abandonó definitivamente la banda derecha y, ausente Banega, quiso agarrar por las asas el juego ofensivo del Sevilla. En uno de sus primeros escarceos hasta la media luna, su malintencionado pase fue a rebotar en una pierna del central Trujillo y dejó a Gameiro, otra vez, ante Mariño. Esta vez, lo más seguro era asistir a Iborra, quien solo, a su izquierda y por detrás de la pelota, se limitó a alojar la pelota en la red con un suave golpeo. No lo celebró el valenciano por sus vínculos afectivos con el rival y la mañana se puso, definitivamente, para sestear y evitar perniciosos efectos colaterales cara a la ida de la semifinal copera. Encima, el sancionado Emery no pululaba en su área técnica para vociferar y evitar que los suyos volvieran a morder la pecaminosa manzana.

Lo volvieron a hacer: Cristóforo trata de iniciar una jugada muy atrás, con los centrales abiertos, pero el control se le va algo largo, Ghilas aprieta y al recortarlo, Rossi le roba la pelota. El italiano encara a Sergio Rico pero suelta un inocente disparo mordido que sólo la impericia del portero convierte en letal. Sucedió sólo cinco minutos después del 2-0, devolvió al Levante a la pelea e inyectó nervios a los sevillistas.

Emery movió ficha desde la grada: Iborra a la ducha, Konoplyanka para el expedito carril izquierdo y Krohn-Dehli desplazado al medio. El danés -N'Zonzi bajó algo su rendimiento tras la herida que le provocó Rossi en un pisotón, allá por el minuto 50- echó una mano a los pivotes y ayudó a sofocar la reacción valenciana, sostenida por la visión y calidad de Rossi -si gana en tono físico, el Levante sacará la cabeza- y el desborde de Morales. Y Konoplyanka, por su parte, devolvió la serenidad al personal al convertir, a falta de un cuarto de hora, el gol que lleva ensayando toda la temporada.

La energía, también la fortuna, fluye ahora a favor del Sevilla, que se permitió la licencia de encadenar su décima victoria seguida en casa sin apretar la mandíbula. Toda la fuerza que ahorró la exigirá este jueves el Celta.

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