Un bético en el otro banquillo

Sabas vivía en Sevilla; sus hijos juegan en el Alcosa y en la escuela de Gordillo

Juan Sabas posa a escasos metros de su domicilio en Sevilla.
Javier Mérida / Sevilla

29 de enero 2012 - 05:02

Perteneció a una de las mejores plantillas del Betis de las últimas décadas y hoy se sentará en el banquillo adversario de Heliópolis como ayudante de Abel Resino, con el que lleva años haciendo carrera como segundo entrenador, en equipos como Ciudad de Murcia, Levante, Atlético de Madrid y Valladolid.

Juan Sabas, madrileño de 44 años, se considera colchonero y bético y reside en Sevilla cada vez que se frustran sus aventuras en el banquillo, como ocurrió desde que él y Abel dejasen la pasada temporada el Valladolid tras caer en la fase de ascenso frente al Elche. Por cierto, que el Betis de Pepe Mel cosechó allí una quinta derrota consecutiva que pudo costarle el cargo al madrileño.

Hace siete días, Sabas disfrutaba del derbi sevillano en el palco número 8 de Fondo en Heliópolis, que comparte con ex futbolistas verdiblancos como Diego Tristán o Jaime Quesada, hoy entrenador del equipo juvenil de Liga Nacional. Hoy se ha convertido en el mejor aliado de su primer entrenador para preparar el partido. No se ha perdido ninguno de los partidos que los verdiblancos han disputado como locales esta temporada y ha seguido por televisión los que ha disputado fuera de casa, confiesa lejos de micrófonos y grabadoras, ante los que prefiere no hablar.

Sabas, aunque le pese, se convirtió en el Betis en uno de sus futbolistas más importantes desde la temporada posterior al ascenso del 8 de mayo de 1994 en Burgos saliendo desde el banquillo. Su rapidez, su inteligencia en el campo y leyendo la línea del fuera de juego lo convirtieron en un especialista, en un revulsivo, en un suplente de lujo para Alfonso y Pier que Lorenzo Serra exprimía con pericia.

El menudo delantero pronto se ganó el cariño de la afición verdiblanca, máxime tras convertirse en el autor del gol del triunfo en el derbi de Heliópolis en su primera campaña, la 94-95. Dos temporadas más tarde, tras ser finalista de la Copa del Rey que había ganado ya dos veces cuando era jugador del Atlético, siguió una ruta itinerante que lo llevaría por Albacete, Balona, Hércules, Ciudad de Murcia y Pegaso, en el que colgó las botas con 35 años.

Casado y divorciado de una sevillana, tenía su residencia hasta hace una semana en Ramón Carande, junto al Monumento a los campeones del 35, para estar cerca de sus dos hijos, ambos socios del Betis y aficionados al fútbol. El mayor, de 15 años, juega en los cadetes del Alcosa; el pequeño, de 10, en la escuela de Mani y Gordillo. Él no descarta entrenar algún día en el Betis, pero, lógicamente, tiene un caché y no es cuestión de coger las riendas de un equipo juvenil. Ayer durmió en el NH Convenciones, a unos doscientos metros de su casa.

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