Sevilla -Granada · la crónica

Las goleadas se hacen costumbre (4-0)

  • El Sevilla vuelve a marcar cuatro tantos en Nervión a un Granada que tampoco pudo detener a la máquina de Unai Emery. La fortuna juega a favor de los blancos, pero la riqueza de movimientos arriba fue decisiva.

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El Sevilla de Unai Emery convierte en una costumbre, bendita por supuesto, acabar sus partidos en el Ramón Sánchez-Pizjuán con una goleada al rival. Con el paréntesis igual de gozoso del Real Madrid, Valladolid, Espanyol, Oporto y Granada, los últimos visitantes al estadio nervionense se marcharon con cuatro goles encajados. Está claro que no es un mal hábito ése, como tampoco lo es que comparezca la fortuna, buena suerte la denominaba en su día el sabio Luis Aragonés para diferenciarla de la mala, para resolver tardes que amenazaban con ponerse desaboridas. Los dos primeros goles sevillistas llegaron porque la moneda quiso caer del lado local, pero también hay que puntualizar que para ello es necesario que el balón estuviera en el área granadinista y en ese caso lo único que resta es agradecérselo a quien corresponda. 

Fue la magnífica llave para abrir la puerta del triunfo, otro más para los hombres de Unai Emery, en un partido complicado de leer en principio. Porque los puntos eran necesarios en esta primera final liguera, pero también es imposible que los profesionales dejen de pensar en lo que se avecina, en esas semifinales de la Liga Europa contra el Valencia programadas por delante y por detrás del decisivo enfrentamiento con el Athletic Club. Demasiadas cosas, pues, para centrarse en una sola y en esos casos suele suceder que no se haga bien ni una ni otra. Pero en este Sevilla el viento sopla fuerte de popa y la nave vuela. 

La disección del choque comienza desde que se conocen los once elegidos por Emery para afrontar la visita del Granada. Era complicado saber cuáles serían las apuestas del vasco para tener a todos los hombres frescos, pero apenas hay sorpresas entre ellos. Bacca e Iborra, los dos hombres que están amenazados de suspensión, se quedan fuera para no poner en peligro su presencia en el Nuevo San Mamés, entra Marko Marin en el lugar que habitualmente suele ocupar el sancionado Reyes y el centro vuelve a ser muy sólido con la pareja M'Bia-Carriço para que Rakitic ejerza como segundo delantero acompañando a Gameiro. Todo eso es en la pizarra, en el dibujo inicial que establecen todos los entrenadores a la hora de dar la charla previa, porque después el Sevilla se convertirá en un ser vivo, en una máquina que se mueve de manera sincronizada para evitar que el rival pueda tener referencias para detenerlo. 

Así, Marko Marin parte desde la banda derecha en su asignación, pero después será una posición ficticia, pues el alemán siempre busca el contacto con el balón y sólo estará por esa zona a la hora de defender. Cuando la pelota pasa a poder de los sevillistas allí no se queda quieto nadie. Gameiro tira desmarques a un lado y a otro, preferentemente a la derecha; Coke se convierte en un extremo para permitir los cambios de juego que evitan la presión del rival; Rakitic, sencillamente, se va donde mejor le parezca para ganar ventajas posicionales y permitir las combinaciones; M'Bia toca con rapidez siempre con la intención de dejar rivales atrás en un solo control, pero igualmente elige muchas veces la vía de convertirse en el tercer central para iniciar el juego con precisión; Vitolo se mueve por todos lados y acaba rematando en la posición del delantero centro el cuarto gol de los anfitriones; los centrales toman riesgos para anticiparse al rival y achicarle los espacios antes de lanzarse en estampida hacia arriba para originar superioridades cada vez que lo ven posible; hasta Fernando Navarro le añade a su habitual eficacia defensiva frecuentes subidas por la banda para abrir varias vías de pase incluso interiores...

Muchas cuestiones de una máquina que se convierte en casi perfecta a la hora de atacar a los adversarios, que entienden que el fútbol que le propone el Sevilla es imprevisible. Ya no se trata de buscar las bandas, como sucedía cuando todo se dirigía hacia Jesús Navas o Perotti, la apuesta ahora es bien diferente. Cierto que aquélla también reportó éxitos rotundos al club, incluidos los seis títulos, pero el modelo tenía que variar y ahora las opciones son mucho más variadas y, por tanto, más complicadas de detener. Pero sería injusto quedarse sólo con el ataque, dado que tan importante como eso, o más, es el equilibrio alcanzado con la pareja de centrocampistas que se encargan de impedir que el contrincante, sea el Granada o cualquier otro, pueda pillar a los blancos desprotegidos atrás. Ésa es la verdadera clave del cambio con Emery. 

El entrenador sevillista tardó en verlo claro, pero ya rara vez coloca a su equipo sin una pareja de medios centro preocupada también de la recuperación del balón, de las coberturas y de mil aspectos aparentemente menos lustrosos, pero que al final permiten que el conjunto global sea mucho más ofensivo. Justo lo contrario, por tanto, de lo que muchos podrían creer. Ayer les tocó a M'Bia y a Carriço, quienes acudieron a tapar un montón de fuegos hasta el punto de impedir que el Granada llegara a inquietar de verdad a Beto más allá de un disparo de Recio cargado de intención en el primer periodo. 

La sapiencia de sentirse protegidos atrás conduce finalmente a esos cuatro goles que ya se han convertido en costumbre arriba. El Sevilla, y Emery, han entendido que el río discurre por un cauce lógico y que basta con garantizar el trabajo defensivo para que la calidad arriba acabe por desequilibrar. Ayer no fue una excepción. Para que la fortuna compareciera, antes debió dar Marko Marin un fenomenal pase a Gameiro en el desmarque del francés, por ejemplo. Y así sucesivamente hasta confirmar que la suerte casi siempre acompaña a los grandes equipos y este Sevilla, el de Emery, cada vez está más cerca de serlo.

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