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Un pasado muy presente

  • El Sevilla, 13 años después, cae derrotado ante un Mallorca en el que Alfaro, Martí y Manzano se reivindicaron ante su ex equipo

"Las finales no se juegan, se ganan". Esta frase tan recurrente en el mundo del fútbol se puede aplicar sin ningún tipo de problema al partido que el Sevilla disputó anoche en Mallorca. Porque fue el propio Unai Emery el que calificó de final el encuentro. Bien es cierto que la calificó como la primera de las doce, ya once, que le quedan al Sevilla para regresar a Europa. Y la final se perdió.

El Sevilla volvió a perder fuera de casa, algo que es lo habitual esta temporada y que no ha cambiado desde la llegada de Emery al banquillo sevillista, puesto que sólo ha sumado un punto, en Getafe, de los doce que ha disputado lejos de Nervión (faltan Bernabéu, Camp Nou y anoche).

Desde el pasado 23 de septiembre no ganaba en casa el Mallorca y desde el pasado 25 del mismo mes no gana el Sevilla a domicilio (0-2 en Riazor). Con estas trayectorias, quizás el signo lógico en la quiniela fuera la X, pero éste varió por la efectividad. Y la efectividad llega, principalmente, por tener hombres en la plantilla con más o menos gol, con algo de mordiente y una pizca de pólvora. Como Alejandro Alfaro.

El canterano sevillista celebró los goles sin ningún pudor. Tampoco debía tenerlo, puesto que en Nervión no gozó de las oportunidades que, a su juicio, merecía. Lo cierto es que, por una cosa u otra, no terminó de cuajar. En la 2006/07, mejor temporada de la historia del Sevilla, sólo gozó de oportunidades para darle descanso a Jesús Navas y fueron contadas. Además, la banda derecha nunca ha sido su posición, puesto que es segundo punta. Un año después se reivindicó jugando con el Tenerife en Segunda División y, en su regreso, tampoco confiaron en él ni Antonio Álvarez ni, curiosamente, un Gregorio Manzano al que ha dado vida con su gol la semana pasada en Los Cármenes y con los dos goles de anoche, que meten al Mallorca de lleno en la lucha por la permanencia.

Otro jugador con pasado sevillista que salió anoche victorioso fue Martí. El centrocampista balear, que salió del club antes de tiempo y no de la manera que merecía por todo lo aportado desde su llegada en verano de 2003 dio, a sus casi 38 años (los cumplirá en abril) una lección de cómo se debe dirigir un centro del campo. Con las limitaciones propias de la edad que marca su DNI, dio un curso magistral de colocación, presión y saber estar. Y de hacer las faltas que un centrocampista defensivo tiene que hacer, algo que Medel debería ir aprendiendo, saber cuándo pegar. Si ya llega a meter esa volea desde fuera del área que se estrelló en el larguero...

Volviendo a Gregorio Manzano, el jiennense también salió con cuentas pendientes de Nervión. Hay que recordar que fue el último que metió al Sevilla en competición europea y que durante sus últimos meses al frente del banquillo sevillista se hablaba más en sus ruedas de prensa de la llegada de Marcelo Bielsa que de su posible renovación. "Si no viene Bielsa hasta yo me sentiré decepcionado", llegó a decir el técnico que anoche hizo 400 partidos en Primera. Y de una manera u otra, al final disfrutó de una merecida venganza.

Y aunque no llegó a jugar nunca en el Sevilla, Giovani fue uno de los protagonistas de una gran cantidad de titulares en la prensa sevillana la temporada pasada. Y el mexicano demostró el porqué del empecinamiento de Marcelino en su fichaje. Todo el juego de ataque del Mallorca pasó por sus botas y, aunque tampoco hace falta demasiada habilidad para ello, se bastó para volver loca a la frágil defensa sevillista.

El cambio de entrenador insufló aire al Sevilla. Tras la eliminación copera, la victoria en casa al Celta pareció indicar que el equipo ya no se caería. Pero fuera de casa la vida sigue igual. Nada cambia, puesto que el carácter volátil de la mayoría de jugadores del equipo, por no aludir a la falta de personalidad, no se puede cambiar de la noche a la mañana. ¿Y por qué cambia tanto la imagen de jugar en casa a jugar fuera? Principalmente porque en el Sánchez-Pizjuán suelen acudir unos aficionados que, en términos taurinos, no tienen un pase. Que aprietan al rival pero también a los suyos, que no toleran fallos infantiles y que aplauden el esfuerzo. Fuera de casa, los profesionales sevillistas sí se permiten el lujo de no entregar hasta la última gota de sudor y de estar pensando en las musarañas, más pendientes de ver cómo su portero rechaza con una espectacular estirada o de pedir fuera de juego en lugar de defender al rival. Y así, Alfaro marca dos goles, el Mallorca gana y el pasado se hace presente.

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