Científicos andaluces avisan de que los vertidos mineros al Guadalquivir amenazan su ecosistema y la salud humana
Nueve investigadores publican en una revista de la Sociedad de Toxicología y Química Ambiental de EEUU atribuyen a los vertidos de Cobre Las Cruces las "altas cargas" de metales ecotóxicos del estuario del río
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Nueve científicos de tres universidades andaluzas —Sevilla, Cádiz y Granada— y del Acuario de Sevilla han publicado un artículo en la revista Integrated Environmental Assessment and Management, de la Sociedad de Toxicología y Química Ambiental (SETAC) de Estados Unidos, en el que concluyen que los sedimentos del estuario del Guadalquivir "ya están comprometidos con altas cargas de metales ecotóxicos", circunstancia que atribuyen a los vertidos de la mina Cobre Las Cruces.
Según el estudio, adelantado por El Conciso, "la mina Las Cruces ha estado vertiendo anualmente hasta 0,9 hectómetros cúbicos de agua tratada con metales y metaloides desde 2009". Los investigadores constatan además que las concentraciones de arsénico, cobre, cromo, níquel y plomo descendieron de forma significativa tras el colapso accidental de la corta minera en 2019 y volvieron a repuntar cuando se retomó la actividad.
La lisa supera los límites legales de plomo en el 31% de los casos
El artículo alerta asimismo sobre la vulnerabilidad de hábitats como los bosques de ribera y las marismas, y sobre la exposición de especies como la nutria paleártica y diversas aves limícolas. Los científicos confirman haber detectado concentraciones elevadas de arsénico, cobre, cromo, níquel y plomo en muestras de lisa, un pescado muy apreciado en la gastronomía local por sus huevas; en el 31% de los casos analizados, los niveles de plomo superaban el límite legal europeo. El estudio advierte igualmente de las concentraciones de cadmio, cobre y zinc en crustáceos y moluscos como el camarón del Guadalquivir y el cangrejo rojo, y concluye que la salud humana está en riesgo por el consumo de ganado afectado en las zonas ribereñas y de marisco contaminado.
Los investigadores sostienen que los metales ya alcanzan el Golfo de Cádiz y podrían llegar hasta el mar de Alborán, con las consiguientes repercusiones sobre la pesca y la acuicultura.
Piden suspender los vertidos y establecer moratorias para los ya autorizados, como el de Aznalcóllar
Ante este escenario, el artículo recomienda "evitar cualquier vertido minero en el Guadalquivir hasta que se realicen estudios de campo concluyentes" y exige una moratoria, en línea con la Directiva Marco del Agua, sobre los vertidos mineros recientemente autorizados por la Junta de Andalucía: uno de la propia Cobre Las Cruces (2,34 hectómetros cúbicos durante 14 años) y otro de la mina de Aznalcóllar, adjudicada a Minera Los Frailes (hasta cuatro hectómetros cúbicos durante 17 años). Los autores reclaman además la creación de un comité interdisciplinar e independiente que asesore a la administración regional, plantean la suspensión del consumo de lisa hasta que la contaminación detectada sea analizada en profundidad, y apuestan por desarrollar simulaciones hidrodinámicas y fisicoquímicas avanzadas que incorporen la dinámica real de sedimentos y biota. A su juicio, las evaluaciones de impacto ambiental aprobadas se basan en modelos simplistas —citan expresamente el Cormix—, centrados exclusivamente en la columna de agua y que no tienen en cuenta la adherencia de metales a partículas, su deposición en sedimentos, la bioacumulación en biota ni los efectos sinérgicos y acumulativos de los tres vertidos simultáneos en la misma zona del estuario interior.
Una zona frágil donde se acumulan los metales
El estudio explica que una parte importante de los metales tóxicos vertidos no permanece en suspensión en el agua, sino que se adhiere a las partículas de barro y arcilla que circulan por el estuario y se deposita en el fondo. Según los autores, la zona interior del Guadalquivir es especialmente vulnerable: presenta bajos niveles de oxígeno y salinidad, y actúa como una trampa natural en la que los contaminantes tienden a acumularse en lugar de ser arrastrados hacia el mar.
El problema se agrava por la escasez de caudal: el río lleva tan poca agua la mayor parte del año que el estuario interior tarda más de cien días en renovarse, tiempo más que suficiente para que los metales se concentren y sedimenten. A ello se suma que cada vez llega menos agua dulce desde el interior, presionada por la agricultura y por periodos de sequía cada vez más prolongados. Esa merma de agua dulce favorece la penetración de la cuña salina hacia el interior, lo que conlleva un riesgo adicional: la sal puede remobilizar los metales acumulados en el fondo y reintroducirlos en la columna de agua, contaminando zonas que hasta entonces se mantenían a salvo.
Presentación este miércoles en la Universidad
El autor principal del artículo es Jesús M. Castillo, de la Universidad de Sevilla. Han colaborado Sara Sirviente, Miguel Bruno, Remedios Cabrera-Castro y Jairo Sánchez-Rodríguez, de la Universidad de Cádiz; Carlos Granado y Blanca Gallego-Tévar, de la Universidad de Sevilla; Juan Miguel Miró, del área de Investigación Biológica del Acuario de Sevilla; y Manuel Díez-Minguito, del Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Granada. El texto ha sido publicado por Oxford University Press.
Los investigadores presentarán su trabajo este martes en la Universidad de Sevilla. Según informa la organización agraria COAG, al acto asistirán alcaldes y representantes de los municipios ribereños y de la desembocadura del estuario —entre ellos Chipiona, Sanlúcar de Barrameda, Coria del Río, Los Palacios y Lebrija—, así como Fecopesca, la Federación de Cofradías de Pescadores de Cádiz, la Cofradía de Pescadores de Sanlúcar de Barrameda, Jarife (Asociación de Mariscadores de Corrales de Chipiona), FACUA-Consumidores en Acción Andalucía, COAG-Andalucía, Marea Blanca Andalucía, Acitur, Salvemos el Guadalquivir, Ecologistas en Acción Andalucía, Greenpeace y la Red Andaluza de Nueva Cultura del Agua (Ranca).
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