Sara Mesa | Escritora "Lo de joven promesa suena ya insultante"

Sara Mesa. Sara Mesa.

Sara Mesa. / Lidia Lahuerta

Sara Mesa, sevillana nacida en Madrid en 1976, se ha ganado todo el derecho a lucir la distinción de ser una de las mejores novelistas españolas, desde que 32 años debutara con La sobriedad del galápago. En las estanterías asoma Un amor (Anagrama), última obra de una autora que ahonda en los perfiles psicológicos de sus personajes y en el ecosistema que los rodean. Periodista de formación, ha aparcado la profesión para dedicarse en cuerpo y alma a la literatura. Y, aun conociendo el oficio y al plumilla, se presta a una charla desenfadada.

–Estudió Periodismo y es novelista. ¿No será que su verdadera vocación es pasar hambre?

–Qué va, yo tengo muy buen saque. Afortunadamente disfruto de los platos proletarios: huevos fritos con patatas, boquerones, lentejas... A eso alcanzo.

–Conoce bien la profesión, pero suelen ponerle algo nerviosa los titulares cuando la entrevistan...

–Lo que me ponen nerviosa son las preguntas estúpidas que, invariablemente, desembocan en respuestas estúpidas. Y, al parecer, a mayor grado de estupidez, más oportunidades hay de que lo dicho se convierta en titular.

–¿Para cuándo una calle con su nombre en Tomares, el pueblo sevillano en el que reside?

–Fantaseo con ello. En mis peores pesadillas se llama Plazoleta Poetisa Sara Mesa.

–Pasaba muchas horas en el Consejo Audiovisual de Andalucía revisando emisiones televisivas, muchas de Canal Sur. ¿Esto ha influido en la consideración algo desapacible del género humano que se observa en sus novelas?

–Rotundamente sí. Pero no sólo en Canal Sur, ¿eh? La observación del género humano en general, tanto en las pantallas como fuera de ellas, me resultó utilísima y de lo más estimulante literariamente.

–A inicios de año decidió jugársela para dedicarse sólo a la escritura. ¿Qué es lo que hizo el primer día que ya no fue a trabajar?

–Darme de alta de autónoma y resolver papeleos en la Seguridad Social. Muy triste, ya.

–¿Cuántos libros regaló de su primera novela y cuántos de la última?

–Todos los que la editorial correspondiente me dio por contrato. Han cambiado los destinatarios, eso sí. ¡Pero es que han pasado ya doce años!

–Algún crítico ha señalado, sobre su última celebrada novela, Un amor, que si la hubiera escrito un hombre lo habrían puesto a caldo. ¿Qué opina?

–Entiendo el sentido en que lo dice el crítico, pero no estoy de acuerdo. Normalmente a ningún hombre lo ponen a caldo por escribir nada. Llevan haciéndolo toda la vida, vamos, y a algunos en concreto no les tose nadie.

–"La escritora madrileña, la escritora andaluza"... ¿En qué quedamos?

–Andaluza, andaluza.

–Es una de los últimos grandes hallazgos del mítico editor Jorge Herralde, con el que tiene una estupenda relación. ¿Cuál es el consejo confesable más importante que le ha dado?

–Que en el restaurante La Ancha de Madrid, donde me ha invitado muchas veces a comer, hay que pedir tacos de merluza en salsa de calamar. Por lo demás, Herralde no da consejos. Hace preguntas.

"Fantaseo con una calle con mi nombre; en mis peores pesadillas se llama Plazoleta Poetisa Sara Mesa"

–Vive en Sevilla, y no piensa moverse de aquí, aunque seguro que ha tenido muchas tentaciones. ¿Qué le aporta vivir alejada de los grandes centros literarios como Madrid o Barcelona?

–Es que no he tenido tentaciones. Los verdaderos centros literarios son los libros. Lo demás es fanfarria.

–Su novela Cicatriz tenía el mismo nombre que un bestseller de Juan Gómez Jurado que salió el mismo año. Un amor se llama igual que la novela con la que Alejandro Palomas ganó el Nadal en 2018. ¿Se llamará su próxima novela Patria?

–Jajaja. ¡Ojalá! La Cicatriz de Gómez Jurado llegó meses después de la mía y me pareció perfecto, faltaría más. Ni que por titular con una única palabra uno se convirtiera en su dueño y señor. En el caso de Un amor, que Alejandro Palomas me disculpe porque es cierto que su novela se titula igual, pero ocurre lo mismo... Barajé la posibilidad de cambiarlo, pero uf, yo tenía ese título en la cabeza desde 2016. ¡Y es tan simple, tan corto! Vaya, otra cosa sería titular mi novela El cielo está López o Manías y melomanías mismamente, como los libros del gran Hipólito G. Navarro. Ahí merecería la cárcel por plagio. De todos modos lo que importa de un libro es lo que hay guardado entre las cubiertas.

–Su nombre y su apellido suman ocho letras; el título de su último libro, de menos de 200 páginas, tiene seis. Dice un amigo mío: "Lo bueno, si abrevas, dos veces bueno".

–Eso lo dice su amigo y lo dice todo el mundo, aunque no siempre, o casi nunca, nos lo apliquemos.

–Cumplió los 40 hace varios años, ¿hasta cuándo se es, según la crítica especializada, "una voz joven de la narrativa española"?

–Eso digo yo. Que no es sólo que ya tengo más años que un bosque sino que, con este último libro, llevo ya diez publicados. Lo de joven promesa suena ya insultante. También es cierto que en la crítica "especializada" hay muchos septuagenarios y octogenarios.

–Hace poco más de un año publicó un ensayo sobrecogedor sobre pobreza y burocracia, Silencio administrativo... y no llega al 1% el índice de solicitudes del ingreso mínimo vital atendidas.

–Es lo mismo todo el tiempo: palabrería hueca, el altavoz de los medios, medallitas... pero cada vez más gente comiendo de la basura. Si no han aprendido de los errores en la gestión es porque no les da la gana: hace mucho tiempo que se están señalando cuáles son los fallos.

–Ha tenido idas y venidas con las redes sociales. ¿Por qué tanto vaivén?

–Han sido más venidas que idas. Sólo tuve una cuenta de Facebook y hace años que la cerré. Ni Twitter ni Instagram... Vivo mucho mejor así. Y además, así me quito de la tentación de poner fotos de mi precioso gato.

–¿Cómo se mueve en el pomadeo literario de Madrid y Barcelona?

–Me muevo poco y más bien torpemente. Y cuando he estado en alguna fiesta literaria siempre he sentido tras de mí la alargada sombra de Peter Sellers en El guateque.

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