Alicia Ríos | Historiadora de la cocina, catadora e impulsora del 'food artist' "El veganismo es, sobre todo, un gran negocio"

"El veganismo es, sobre todo, un gran negocio" "El veganismo es, sobre todo, un gran negocio"

"El veganismo es, sobre todo, un gran negocio" / lourdes de vicente

Alicia Ríos (Madrid, 1943), docente en Filosofía Pura y en Psicología (dio clases en la Complutense), dejó la vida académica "cuando se volvió demasiado agresiva" para fundar los restaurantes madrileños La Biotika y Los Siete Jardines. Historiadora de la cocina, catadora titulada de aceites de oliva, autora del imprescindible El libro del aceite y la aceituna (Alianza, 1989), sus primeras performances surgieron de su participación anual en el Oxford Symposium on Food and Cooking. Creó en 1995 Ali&Cia, compañía de arte comestible. Ríos reside en Cádiz desde este año.

-¿Qué es el food art?

-Pues una forma de hacer arte donde la única materia prima es la comida. El food art desarrolla acciones o piezas creativas siempre relacionadas con la convivencia y la cocina y donde la comida se convierte en un vehículo para expresarnos.

"En los supermercados, la comida procesada ya está desplazando a los productos frescos"

-De ahí surgen las ciudades, los sombreros, las bibliotecas comestibles que ha montado en diferentes lugares del planeta...

-Sí, bueno, las hacemos desde el colectivo Ali&Cía porque nuestras piezas y acciones siempre son anónimas y colectivas, ya que pienso que desde el anonimato y la colectividad es la única manera para que la gente despierte su creatividad y se suelte. Nosotros lo que hacemos son propuestas a comunidades, la gente las hace suyas y las trabajamos a gran escala. Recuerdo una biblioteca que hicimos en Australia con más de 2.000 libros comestibles, o la propia ciudad de Melbourne que hicimos en 80 metros cuadrados. Eran 20 mesas de 2x2 y cada una era trabajada por una comunidad de la ciudad: los chinos, los indios, los aborígenes, también había mesas trabajadas por un centro de mujeres maltratadas, otra por niños... Todavía me fascina, cuando estuvimos en Londres, cómo un colectivo de personas con discapacidad mental se inventaron ellos los autobuses típicos de la ciudad hechos con pimientos morrones rellenos.

-Aparte de la espectacularidad del resultado, ¿cuál es el beneficio para estos colectivos?

-Muchísimos, porque la manipulación de la comida desbloquea y despierta la creatividad. La gente entiende que a través de la comida puede expresar afectos, cultura, tradiciones, absolutamente todo. La directora del centro de mujeres maltratadas nos decía, por ejemplo, que se habían gastado miles de libras australianas en programas canadienses, suecos y que ninguno había tenido un impacto tan positivo en estas mujeres como nuestra acción.

-La comida, el acto de cocinar, de comer, nos iguala

-Es de las pocas cosas que tenemos en común toda la humanidad, ¿verdad?

-Y nos define como sociedad.

-Es un signo de identidad también y la cocina, como cultura, se va cargando de simbolismo. Es memoria, es sabiduría, es experiencia, es innovación, pero la innovación siempre tiene raíces en la tradición. Quien se cree que ha inventado algo es por ignorancia porque todo tiene un peso histórico.

-¿Cómo se come, nunca mejor dicho, un mundo donde una parte de la población padece de obesidad y otra está desnutrida?

-Toda reflexión que se genere para erradicar el peso del mercado y del ultracapitalismo en este tema es poca. Hacen falta movimientos como en el que generaron Jill Norman y Claudia Roden en los años 80 en Inglaterra contra las medidas puestas en marcha por Margaret Thatcher que, para abaratar los costes del país, decidió, entre otras medidas, comprar los remanentes de la Comunidad Económica Europea de todo tipo de grasas y cambiar la dieta de todas las instituciones públicas, desde colegios a hospitales. Entonces Norman y Roden encabezaron un movimiento que tuvo un impacto impresionante en medios para reivindicar que todo el mundo tenía derecho a una alimentación digna y saludable. Pienso que si se hace un régimen de hábitos alimenticios debe ser para toda la sociedad no sólo para las capas más privilegiadas.

-Eso está ocurriendo con los productos ecológicos y sostenibles, no son aptos para todos los bolsillos...

-Estoy de acuerdo, lleva razón, pero, por otro lado, también hay que reconocer que existen otras variables que dificultan una dieta más saludable, aunque sea cierto que esos productos son más accesible para las clases privilegiadas. Tenga en cuenta, por ejemplo, el impacto de la comida ya procesada. En los supermercados, por ejemplo, está desplazando ya a los productos frescos. Hay familias que han sustituido los pucheros, los guisos, las berzas hechas en sus cocinas por este tipo de productos que, además, son más caros. Yo creo que deberíamos luchar contra eso pues cocinar es mucho más barato, más saludable y más divertido.

-¿Qué opina del veganismo?

-Para mí es un dictamen invisible de las altas instancias económicas. Una forma de modelar la conducta, creo que hasta un experimento de control social, y, sobre todo, un gran negocio. Mire cómo se cotizan las acciones de los productos veganos en bolsa... Productos, hablamos, procesados, que ni sabes lo que llevan porque los componentes no están ni especificados. Yo soy una gran defensora del vegetarianismo, que es un canto a la Naturaleza. Del veganismo no logro entender que tengan, qué te digo, que falsificar un pescado cuando, realmente, se supone que estás en contra de comer animales, ¿por qué disfrazas lo que comes, entonces? No le veo el sentido, ni la conexión entre el supuesto espíritu de respeto a la naturaleza con la traducción culinaria que se basa en imitar esos mismos platos de los que reniegan.

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