El disputado voto del señor Cayo

Rafael Merino.
Jorge Bezares

12 de mayo 2011 - 01:00

SI Miguel Delibes levantara la cabeza, enviaría a un remozado señor Cayo a que nos diera una vuelta para poder contar cómo nos va esa democracia que apareció al ritmo de Pink Floyd por la alta sierra burgalesa a principios de la Transición. Han pasado más de 30 años, pero el disputado voto del señor Cayo, llevado al cine poco tiempo después por Antonio Giménez-Rico, está aún plenamente vigente. Eso sí, ahora la brecha está abierta no entre lo rústico y lo urbano sino entre la ciudadanía y sus políticos.

Así, mientras la grave crisis económica ha activado todos los mecanismos de solidaridad familiares, vecinales, sociales y religiosos, la clase política juega a las casitas tirándose los tratos a la cabeza en una campaña electoral carente de propuestas serias para intentar paliar, por ejemplo, la ruina que tienen la mayoría de los ayuntamientos, que, a partir del 22 de mayo, se van a transformar en un montón de casas consistoriales -con perdón- incapaces de pagar siquiera las nóminas de sus empleados y los servicios públicos esenciales.

Pero como el terreno de juego de cartón piedra de la campaña se les queda pequeño para interpretar su espectáculo del más puro Matrix 2011, ahora llevan sus estrategias partidistas de brocha gorda al Congreso para generar desafección.

La pregunta que el diputado del PP Rafael Merino formuló ayer a la ministra de Medio Ambiente, y Medio Rural y Marino, Rosa Aguilar, a propósito de las naves de Sandokán, tenía tanto barro que hasta el señor Cayo, hombre muy apegado a la tierra, lo hubiera confundido con una obra de la peor naturaleza.

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