Epílogo inédito de Gárgoris y Habidis
Apoteosis. Testimonio fortuito de la salida triunfal de Morante de la Puebla por la Puerta del Príncipe de la Maestranza para ser trasladado entre vítores hasta el hotel Colón
El paseo terminó en paseíllo. Mi mujer y yo siempre salimos sin rumbo fijo, donde nos llevan los pies o el alma. Conato de caseta en el bar Central de la Alameda, cerrada a cal y canto Ómnium Sanctórum. Por Arrayán soñamos con el buen cine de verano que se podía hacer en un solar abandonado. Tributo hermoso a una madre perdida y amada en San Blas esquina con Mercurio, frente a la plaza de José Luis Vila. La calle Inocentes es el camino del médico, que afortunadamente en este miércoles festivo, san Feriando, permanece cerrado.
El Evangelio en esta parte de Sevilla pasa por San Luis, San Marcos y San Román. Trabajos de baldeo de Lipasam en la calle Sol. Una operaria quita la cera junto a la iglesia de los Terceros. Qué bien diseña sus escaparates Ignacio, el librero de viejo de la plaza. El siglo XI en primera persona. Cola de clientes para entrar en el Rinconcillo. Hay misa en santa Catalina. Seguimos nuestro santoral hasta san Leandro, pasando por la puerta del instituto Velázquez. Entramos en el convento cuyas yemas glosa Cernuda en Ocnos.
Las monjas, casi todas africanas, rezan completas y sus cánticos, sobre música de órgano, estremecen. Siempre se aprende algo nuevo. No sabía que en este convento está enterrado Nicolás Monardes, el sevillano que se trajo tantas plantas medicinales desde América. La calle Vírgenes donde vivió Juan Teba. La casa-hermandad de la Candelaria. Tiramos por Mármoles, rectificamos por Federico Rubio. Instituto Británico. Goodbye. Casa Fabiola, donde Joaquín grabó su crepúsculo de los dioses. La cúpula de santa Cruz juega al escondite. El bar La Fresquita está de aniversario. Treinta años en Mateos Gago, antigua Borceguinería. Los borceguíes de Joaquín. Por eso elegirá Fabiola. Que debe su nombre a la novela que escribió un tipo que nació en esa casa-palacio que terminó siendo arzobispo de Westminster.
Por aquí vive Enrique Valdivieso, el Tucídides del barroco sevillano. Todos los que no están en la Feria están en los veladores de Mateos Gago. Un coche de caballos de guardia. En la avenida de la Constitución le pregunto a mi mujer si conoce la estatua de El Pali. Vamos hacia la Casa de la Moneda. Paco Palacios sentado a horcajadas junto a la delegación de Hacienda. El Pali somos todos. En cada lado del pedestal el título de unas sevillanas: Vámonos pá la Feria, reza una de ellas. Preferimos ir hacia el paseo Colón por Santander por si Mahoma y la Montaña. Nos gusta ver el declinar del sol en el río. La hora de Dios. Una moto de policía cruzada en el paseo nos recuerda que es tarde de toros. Nos acercamos y la gente se arremolina. Vemos salir a Andrés Amorós, crítico taurino y muchas más cosas: editor de Rayuela, experto en música de cine, profesor de Literatura. Cada vez hay más gente.
Dicen que ha sido algo histórico. Que no sucedía desde hace más de medio siglo. Y no se refieren al traslado de la Feria del Prado a los Remedios. Morante de la Puebla ha cortado dos orejas y rabo. Lo primero que hago es pensar en cómo lo habría disfrutado su amigo Fernando Sánchez Dragó. Nunca he ido a los toros en la Maestranza. Miento. Fui a una novillada para pedirle un autógrafo a Dennis Hopper, el fotógrafo de Apocalypse Now. El paseo Colón se hace un remolino de gente. Llevan al torero en volandas. Tuercen por Almansa, dejan a un lado la calle Galera, donde viví en los primeros ochenta con Paco Murillo. Camareros y clientes salen de los bares, la gente se asoma a los balcones. Se oyen los vítores, algunos con retintín; ¡José Antonio, Morante de la Puebla! El cortejo tuerce por Santas Patronas a la altura de Alfonso rey de los Caracoles, con las santas Justa y Rufina en lo alto de este histórico bar de un tabernero de Manzanilla.
La calle donde tienen su estudio Cruz y Ortiz, los arquitectos de la estación de santa Justa. Morante no va a perder ningún tren. Lo llevarían a hombros hasta la estación de Atocha si fuera preciso. El tráfico se ralentiza por San Pablo. Dejan a un lado la calle Bobby Deglané, el chileno que revolucionó el discurso radiofónico. El Colón está próximo. Giran por la calle Virgen de Montserrat, por la iglesia en la que Fernando Carrasco empezó la acción de su novela El hombre que esculpió a Dios.
Qué buena crónica habría hecho de la faena del hombre que esculpió el toreo. El 43 de Tussam circula a paso de cuadrilla. El conductor aprovecha y hace fotos con el móvil de momento tan histórico. La línea 43, la edad del torero (La Puebla del Río, 2 de octubre de 1979, el año de las primeras elecciones municipales de la democracia). Cogen finalmente por Canalejas. Iba por Canalejas, cantarían el Selu y el Yuyu. Del paseo Colón al hotel Colón. Un almirante ribereño lleva el timón del barco del tiempo. Que se ha detenido en Sevilla. Alguien le dedica el mejor de los piropos: "¡Viva la Feria de abril!". Hemos vivido un epílogo mágico, un episodio inédito de Gárgoris y Habidis. Miércoles de Feria. Préstamo de san Fernando. Santiago Muñoz Machado ha sido el pregonero de la actual temporada taurina.
El director de la Academia de la Lengua, cordobés de Pozoblanco, debería proponer a sus compañeros incluir la palabra Morante en el diccionario. En la edición que yo tengo estaría muy cerca de morapio, "vino oscuro, tinto". Histórico bar de Triana, moyate que aparece en Luces de bohemia de Valle-Inclán. La propuesta contaría con el visto bueno de Vargas Llosa, académico de la Lengua, Nobel de Literatura y paisano de Roca Rey, pero que apadrinó a Morante entre sus paisanos. Todo ha ocurrido en el día de san Isidoro, patrón de la ciudad y hermano de san Leandro, titular del convento de las monjas africanas. Miércoles de Feria y de Etimologías.
Alguien reparó en el Mozart de Rolando Campos que vela músicas en el Maestranza. En lugar de mirar al río, su mirada se dirigía al puente de Triana, al paseo donde un torero contuvo el tráfico y el aliento.
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