en el albero

El tatuaje de la alegría

  • Encontrar mesa libre en una caseta fue como el Gordo de Navidad, cuestión de mucha suerte

  • La barra se vuelve el gran punto de apoyo de estos ocho días

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Una barra, una freidora y un tanque de cerveza. Encontrar ayer mesa en una caseta era como tocarte el Gordo de Navidad. O el cupón. Cuestión de suerte. De mucha suerte. La Feria estaba llena desde bien temprano. Este domingo es el día de las familias. Concepto que por estas fechas incluye a la sanguínea y a la política. Una especie de Nochebuena con cielo de farolillos y envoltura de lunares. Mesas reservadas y otras ocupadas poco después del Ángelus. Hay ganas de fiesta, aunque el cielo esté pintado de gris y el aire que corra invite a ropa de abrigo.

La barra es el mejor punto de apoyo de una celebración donde continuamente se dobla el codo. Para beber, para comer, para brindar. Las cocinas están que echan humo. Adobo, lagrimitas de pollo, calamares... La plancha también funciona. Pinchitos, montaditos y una suerte de diminutivos que deben llevar prescritos el omeprazol en cantidades nada desdeñables. De vez en cuando, sale un plato de jamón. Pero sólo muy de vez en cuando, que la familia se acostumbra pronto a lo bueno. Las mujeres permanecen con sus hijos en las mesas. Los hombres sobre el mostrador. La igualdad de género se alcanza en los grupos de féminas que llegan solas y en un satiamén se hacen hueco sobre la barra, apiñando al respetable, con el bolso como instrumento de empuje. Espalda con espalda. Codo con codo. La Feria es un continuo roce con cuerpos ajenos que nunca más se ven (aunque eso nunca se sabe).

Al fondo de las casetas se concentra la variedad más amplia de vestimentas. Fuera hace frío, dentro calor. Gente deschaquetada y otros de pulcra indumentaria. Flamencas desaliñadas y otras a la que ni una flor se les movió. El hilo musical en Joselito El Gallo 39 parece sacado de los coches locos. De Siempre así a Camela. Sevillanas, pocas o ninguna. La comanda no acaba de salir por completo. Los camareros no dan abasto. La gente se impacienta: "¿De lo mío qué hay?". Esa pregunta que tanto escuchan los políticos de la Plaza Nueva. Y la espera se apacigua con otra cerveza. No hay prisa para los caballeros de barra y barril. Sí para las señoras que esperan algún manjar que llevarse a la boca.

Y en medio de la bulla un camarero con tiza en la oreja imparte una lección magistral a otro compañero con escaso tiempo en el oficio: "¡Aquí no se viene a aprender. Aquí ya se tiene que venir aprendido! Aprender se aprende en los bares" La cocina es un vomitorio de fritanga. Ese olor que impregna pelo y ropa. El otro perfume silenciado de la Feria. Entre la barra y la mesa se cae un trozo de adobo, que se pierde entre los volantes de un traje. Otro va a la chaqueta. Lamparón uniforme y grande. Como chirriante grito sobre la tela. La gente come para seguir bebiendo. La cola del baño es de diez minutos. Un cocinero se toma un refresco para venirse arriba. Se sirven los primeros cafés de la tarde.

Salir fuera es respirar. Hace fresco en el real. Demasiado para esta primavera enmascarada de otoño. De nuevo dentro, la trastienda empieza a despejarse. La barra se convierte en una suma de restos. Postrimerías de la gula. Se consumen las últimas viandas y de nuevo a la calle. Al albero. El paseo de caballos está en su punto culmen. La familia quiere tomar café en Los Remedios. La gente se hace selfies delante de la portada, ese lugar donde el sábado por la noche se le dio la bienvenida a la fiesta con un espectáculo de difícil clasificación. De complicado gusto.

La gente entra a mansalva en el real. Con cierta ropa de abrigo. Empieza a chispear. La tarde se ha vuelto cenicienta. La luz sigue en el albero. Allá, donde se vació la cartera y se llenó el estómago. Donde el aceite refrito nos aromó la chaqueta. Y nos dejó su sello bordado en la ropa. Como la antigua copla. De mostrador en mostrador. El lamparón de adobo. De aceite. Huella indeleble de la fiesta. Tatuaje de la alegría.

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