PETITE FILLE | FESTIVAL DE CINE DE SEVILLA Las lágrimas de Sasha

La pequeña Sasha inicia un largo y difícil camino. La pequeña Sasha inicia un largo y difícil camino.

La pequeña Sasha inicia un largo y difícil camino.

Hace dos años Girl, una película dirigida por Lukas Dhont y brillantemente interpretada por Victor Polster, ponía el foco en las etapas finales del cambio de sexo de su adolescente protagonista; también de los peligros y angustias de la espera de una cirugía alargada en el tiempo que, en aquel caso, derivaba en tragedia. Petite fille, el documental del francés Sébastien Lifshitz, se dirige ahora al inicio de ese tránsito, en la más tierna infancia, siguiendo el largo camino (personal, social, clínico) que ahora comienza Sasha, diagnosticada de disforia de género. Lifshitz se introduce en su comprensivo y concienciado entorno familiar para capturar los primeros encontronazos exteriores con los representantes escolares, con la academia de ballet a la que asiste; a la par que el auxilio y asesoramiento de la institución médico-psicológica. También están ahí los hitos iniciales, las importantes reivindicaciones del cambio: el viaje a la playa y la compra del primer bikini o el poder salir a la calle con una coleta y una falda.

Petite fille no acaba de funcionar por culpa del fallido empeño de Sébastien Lifshitz y no cesa de emocionar gracias a la espontaneidad y sinceridad de Sasha. El primero por sus acompañamientos musicales pegajosos y excesivos, pero sobre todo con su forma de rodar algunas escenas, en las que pasa abruptamente de un baile espontáneo de la protagonista, filmado con teleobjetivo, a cortes de montaje que, en primeros planos, revelan la innecesaria repetición, la puesta en escena. La segunda, por el contrario, por su desamparo, timidez, inmenso valor, por su emoción contenida que ilumina sus ojos y que revela todo un profundo sufrimiento interior sin quejas ni llantinas. Al final, tras mostrarnos una foto de cuando era un niño de dos o tres años, salimos del cine con su rostro mirando a cámara, para, buscando nuestra complicidad, preguntarnos: "He cambiado, ¿verdad?".