Liturgia masiva en la cartuja Exitosa parada de la gira 'Black Ice' en Sevilla

AC/DC, fe en el rock & roll

  • La banda australiana seduce a 60.000 personas con un espectáculo previsible y eficaz, dirigido a las tripas de los espectadores

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Como el resto de las cosas importantes, la música es una cuestión de matices y expectativas. Hay quien la vive como una prolongación de la nostalgia y otros mecanismos sentimentales, y hay quien le pide lo contrario o casi. En este último grupo se encuentran personas curiosas, tarde o temprano quisquillosas, a veces raritas, con cierta frecuencia solemnes. Son las que tuercen el gesto ante conciertos como el de anoche en el Estadio de la Cartuja: considerados desde la perspectiva de la evolución del rock, AC/DC representan el inmovilismo absoluto, el grado cero de la sorpresa.

Para quien no sea capaz de suspender este tipo de juicios durante un concierto de los australianos, la experiencia puede llegar a ser un martirio autoinfligido. Algo parecido a ir a ver Avatar sin comprarse las gafas de 3D y pensando en el extraño lirismo del bosque que aparece en Rashomon. Aunque es improbable que los cañonazos de la banda no acaben mandando estas actitudes cerebrales a freír espárragos. Si las catedrales son un increíble anuncio de neón donde se lee Cree en Dios, como dice Juanjo Sáez en el cómic El arte. Conversaciones imaginarias con mi madre, AC/DC son la Notre-Dame del rock mastodóntico, del blues sucio e hipervitaminado, del heavy avant la lettre.

AC/DC no se dirige a la cabeza ni al corazón, sino a las tripas. Más de 60.000 de éstas temblaron literalmente ayer en Sevilla, donde el icono viviente Angus Young dirigió por enésima vez, después de 35 años de carrera, decenas de giras mundiales y millones de cuerpos sacudidos en tales trances, una liturgia masiva junto a sus compañeros de banda, aplicados, eficaces y leñeros como ellos solos, auténticos gattusos del hard rock. El espectáculo es previsible, pero nadie ha pedido nunca que cambie. Por una sencilla razón: funciona, una y otra vez.

No había más que echar un vistazo al público, donde dominaba el color negro y la auténtica estrella del merchandising, las diademas con cuernos luminosos (cinco euros costaba el invento, negocio espectacular). El concierto fue el colofón de una jornada larga y regada con cerveza. Desde el mediodía numerosos grupos de fans, muchos de fuera de la ciudad, abarrotaron los bares del centro. Una camaradería y una expectación propias de los instantes previos a un cruce de cuartos en el Mundial.

Se sudó mucho en las horas previas, con un calor de epopeya que incluso provocó algún desmayo. A las siete de la tarde, mucho antes de la actuación con sabor a Tequila de Los Perros del Boogie y del comienzo del espectáculo, sobre las diez y cuarto, una multitud se congregaba ya en las inmediaciones del recinto. Allí se afanaban decenas de reventas -casi siempre sin éxito- en colocar sus entradas a un público diverso en el que caben varias generaciones, desde el veterano de guerra al adolescente estrenándose en estas ceremonias donde se celebran tanto la música como la fidelidad a un estilo.

Quizás por esto la puesta en escena de AC/DC viene a ser como un museo de cera del imaginario más elemental del rock. El striptease de Angus en el blues guarrete The Jack, sus solos en trance, la muñeca hinchable descomunal de Whole lotta Rosie y el culto desmedido al escote femenino, la electricidad ensordecedora, a granel. Es verdad que en algunos instantes los numeritos rozan la autoparodia involuntaria, si es que no se lanzan a ella de cabeza como solteros cincuentones en la piscina. Pero seguramente sólo algo tan abiertamente sencillo puede poner de acuerdo a tanta gente.

Cuando se apagan las luces y la multitud ruge, la consigna es dejarse llevar. "Si el cuerpo te pide gritar, grita", bromea un compañero. Justo en ese momento aparece en la pantalla gigante un tren diabólico a punto de descarrilar y con destino a un infierno lleno de mujeres con cara de querer azotarte. Es el preámbulo a Rock & Roll Train, la canción que abre todas las citas de la gira Black Ice. El primer momento verdaderamente yeah llegó al tercer tema, con Back in black. El segundo, con el riff enloquecido y el bombo bulldozer de Thunderstruck. Con Hell's bells, repique inicial de campana faraónica incluido, vino el tercero. Shoot to thrill, You shook me all night long o Let there be rock, apoteósica, y por supuesto High to hell, incluida en los obligados bises junto a For those about to rock, también enardecieron de lo lindo.

La conclusión cae por su propio peso: las mejores bazas de AC/DC son simples hasta decir basta (una alternancia sin fin de riffs machacones y estribillos aguardentosos) y tienen como mínimo dos décadas de antigüedad. Otros hacen canciones buenas, malas o regulares; ellos ofrecen standards de rock duro. Unos pocos, pero engrasados como el motor de un coche de carreras. Y logran que el personal acabe entre resoplidos y disfrutando del singular encanto de salir de un concierto agotado. Al margen de los altibajos en el ritmo del espectáculo y de sus abundantes automatismos y de que la euforia en el camino a casa estuviera tácitamente pactada de antemano.

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