Breve retablo de pintoras

Cuando también las mujeres se pusieron a pintar | Crítica

Elba publica, con traducción y notas biográficas de José Ramón Monreal, 'Cuando también las mujeres se pusieron a pintar', excelente colección de estampas biográficas de la escritora e historiadora del arte Anna Banti

La novelista e historiadora del arte Anna Banti (Florencia, 1895-Ronchi di Massa, 1985)
Manuel Gregorio González

31 de diciembre 2023 - 06:00

La ficha

Cuando también las mujeres se pusieron a pintar. Anna Banti. Trad. José Ramón Monreal. Elba. Barcelona, 2023. 96 pags. 19,50 €

Hace ya tres años reseñábamos en estas páginas una novela de Anna Banti, Artemisia, que resultaba extraordinaria por varios motivos, el primero de los cuales era su conocimiento de la propia pintora, Artemisia Gentileschi (Banti era historiadora del Arte) y la sólida reconstrucción de su época. Esto permitió a Banti huir de la vaguedad sustancial y permeable de la “novela histórica”, así como de una representación, en exceso dramática, de la artista. La Artemisia de Banti era principalmente, y casi únicamente, una pintora, cuya valía profesional no viene justificada o matizada por un episodio aciago de su juventud. Otro de los motivos de esta excelencia es su escritura inteligente, cultivada, precisa y grácil. En esta pequeña obra -pero de notable contenido- que hoy recomendamos, Anna Banti ofrece un breve apostolado femenino de la pintura (son doce retratos-biografías-estudios dedicados a artistas del XVI al XX), cada una de los cuales, por sí mismos, poseen un destacado valor literario. Como ya hemos dicho, Banti escribe formidablemente. Pero lo que escribe es también de una indudable perspicacia.

Estos retratos tienen una fácil lectura como literatura de ficción, a la manera, entre erudita y circunspecta, de Schowb

En este sentido, uno quizá se halle más inclinado a la escritura de la señora Banti que a la de su marido, el gran historiador de arte Roberto Longhi. En Longhi hay un acusado formalismo, una intensa “cubicación” de la escritura, que le permiten disponer ante el lector los valores propiamente pictóricos de una obra de arte, sin que el gravamen biográfico entorpezca esta visión primera, diáfana e inatacable. No es eso lo encontraremos en Banti: estas doce piezas, distintas las unas de las otras, son como una colección de breves retratos ovalados, donde la autora encapsula, junto a un esbozo significativo de cada artista, el mundo que las hizo posibles y la intimidad vital todas ellas, con la que luego conformarán su arte. Muchos de estos retratos, por otro lado, tienen una fácil lectura como literatura de “ficción”, a la manera, entre erudita y leve y circunspecta, con un misterio gravitando en su centro, en que la practicaron Apollinaire y Marcel Schowb. El hecho, en todo caso, es que, a pesar de ser todas estas cosas, en grado prominente (las estupendas “Notas bibliográficas” de José Ramón Monreal nos permiten adivinar el quantum creativo de la autora), Cuando también las mujeres se pusieron a pintar es, en primer término, un buen libro de Historia del Arte, que cumple la función de elucidar al arte y al artista como epifenómenos o segmentos de una realidad en marcha.

Esta vida al paso, subrayada por Banti, es la que nos revela, en su total intensidad, la precipitación y la urgencia con la que aquellas pintoras parecen dirigen sus actos. Las doce artistas que figuran aquí no tendrán, necesariamente, un final coronado por el éxito. Banti muestra a artistas que aceptaron sus talentos o no, que los aprovecharon o no, que se abismaron en el arte (María Bashkirtseff), de modo trágico. Incluso se nos regala un episodio “criminal”, en el que también se verá concernida una mujer, más desdichada que su “víctima”. La muerte de la joven pintora Elisabetta Sirani, inexplicable para la medicina del Setecientos, será atribuida a un envenenamiento, del cual culparán a su pobre criada. Hay no poca emoción, y mucho humor, en el modo en que Banti va ciñendo el tenue dogal de su escritura en torno a estos fantasmas, que reviven, por un momento, ante nosotros: Sofonisba Anguissola, Lavinia Fontana, Fede Galizia, la mencionada Sirani, Rosalba Carriera, Giulia Lama, Berthe Morisot, María Bashkirtseff, Suzanne Valadon, Marie Laurencin, Vanesa Bell (la hermana experimental de Virginia Wolf), Edita Walterowna. Este último retrato, “Una pintora del norte”, es de una profunda y tranquila desolación. El premio a su triunfo pareció ser una forma de soledad educada y tímida. El óbolo de Rosalba Carriera sería la pérdida total de la vista en sus años de vejez. En estas doce vidas de pintoras hay lugar, incluso, para la desilusión, como se induce de la estampa que Banti dedica a Berthe Morisot. “Del futuro de sus propias obras no se preocupó nunca, quizás nunca creyó que fuera la más grande pintora del siglo XIX, o incluso algo más”.

La Faraona de París

La primera pintora que ingresó en la Academia de San Fernando fue una dama de París, Faraona María Magdalena Olivieri, quien fue nombrada académica de mérito el 18 de diciembre de 1759, después de presentar dos retratos al pastel a la Academia para su valoración: un retrato de su marido, el arquitecto francés Jacques Marquet, miembro de la Academia y autor de la Real Casa de Correos, hoy sede de la Comunidad de Madrid, y otro pastel que parece corresponderse con un autorretrato de la autora, cuyo estilo dulce pudiera vincularse con facilidad, tanto con el de la mencionada Rosalba Carriera, como con otra célebre autora que reinará con posterioridad en Roma: Angelica Kauffmann. En torno a esta anfitriona oficiosa de la Roma del Setecientos, cristalizaría una idea de lo neoclásico en la que intervendrán decisivamente Mengs y a Winckelmann, junto al diplomático español Nicolás de Azara. Una hija de Mengs, Anna María Teresa -su madre era la pintora Teresa Concordia- entraría también en la Academia en el XVIII. La ahijada de Goya, Rosario Weiss -a ella se deben las conocidas litografías de Mesonero, Zorrilla, Espronceda y Larra-, ingresaría en la Academia en junio de 1840.

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