Capella Cracoviensis | Crítica Pasiones y artificios del canto barroco

Juan Sancho con la Capella Cracoviensis en el Espacio Turina Juan Sancho con la Capella Cracoviensis en el Espacio Turina

Juan Sancho con la Capella Cracoviensis en el Espacio Turina / David Vico

Dominada por las voces agudas femeninas (castrati y sopranos), la ópera barroca es poco generosa con los tenores, pero Haendel, auténtico genio de la melodía y del belcanto, le hizo hueco en algunas de sus producciones con la habitual maestría para representar las pasiones más extremas. Juan Sancho ha expurgado el catálogo de óperas y oratorios haendelianos para montar un programa en torno a la idea de los siete pecados capitales (con conexiones no siempre convincentes). Y ha llevado ese empeño al disco y a los escenarios, algo no siempre igual de compatible.

La sucesión de arias, con brevísimos interludios entre ellas, pareció excesiva para unos medios exprimidos al máximo por el estilo agresivo y aguerrido de un Sancho que privilegió en todo momento la expresión a la línea, el drama a la letra, y que llegó exhausto a la parte final de un recital que había arrancado también con alguna duda, en especial en los ascensos al agudo.

Acompañado por un conjunto polaco de sonido muy articulado y contrastado, el tenor sevillano pareció siempre algo sobreactuado y enfático, con un estilo de canto forzado, que no vuela de forma natural sobre los labios, sino que empuja permanentemente desde la garganta, lo que dificulta también la claridad de la vocalización. Mostró el cantante fiato amplio, con el que se adornó en ornamentaciones y cadencias, en las arias rápidas de forma en general exagerada. Llegó pleno de medios al Forte e lieto de Tamerlano y al aria de Flavio, dos de los momentos en los que su vehemencia expresiva se fundió más estrechamente con el texto puesto en música y la limpieza de su línea.

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