Cuarteto Sans | Crítica Vieneses en forma de cuarteto

El Cuarteto Sans durante su concierto del Alcázar El Cuarteto Sans durante su concierto del Alcázar

El Cuarteto Sans durante su concierto del Alcázar / Actidea

Una de las limitaciones del ciclo del Alcázar es la necesidad de la amplificación, a la que ni todos los instrumentos ni todos los formatos responden de igual manera. El cuarteto de cuerda resulta especialmente complejo, sobre todo por la tímbrica (cuatro instrumentos de la misma familia en tesituras diferentes) y por los matices dinámicos. La escucha polifónica se complica, y el oyente necesita un tiempo para situar a los instrumentos espacialmente y recomponer una imagen sonora lo más fiel posible a lo que los instrumentistas pretenden ofrecer, aunque la sensación de empaste sonoro es difícil de apreciar. A ello se añade la dificultad para los músicos del manejo de las partituras tradicionales: las ediciones no están preparadas para pasar las páginas entre gomillas, pinzas e imanes colocados para evitar el vuelo del papel por golpes inesperados de viento. Esto provoca desajustes y errores que de otro modo no se producirían.

Formado por miembros de la Sinfónica de Sevilla, el Cuarteto Sans debutó en el primer concierto del ciclo de cámara del curso recién acabado, aún no hace un año. Parece que su intención es la de mantenerse como conjunto de cámara estable, lo cual exige una disciplina de trabajo muy seria y continuada. De momento puede hablarse de cuarteto en construcción. Por las razones apuntadas al principio, no es el Alcázar el espacio más oportuno para un juicio más o menos fiable del momento en que se encuentra ese proceso. Son demasiados matices los que se pierden, demasiado roces achacables a los imponderables del singular escenario, aunque sí puede hablarse de una planificación sonora equilibrada, un trabajo con el tempo y las agógicas que se nota elaborado con minuciosidad y una voluntad de estilo bien apreciable en el distinto tipo de fraseo y ataques entre Haydn y Webern.

El programa seguía la línea lógica del Clasicismo vienés, de la formación del estilo con Haydn y Beethoven en el siglo XVIII hasta su disolución con un Webern que es todavía un posromántico que bebe de la tradición entre Brahms y Mahler. Ese primer violín de Yasnytskyy dibujando con golpes cortos de arco el memorable diseño melódico que da título al cuarteto de Haydn guio todo el arranque de la obra, bien apoyada desde el bajo en el minueto y concluida con ágil fluidez.

Algunos desencuentros más hubo en la obra de Beethoven, especialmente en el arranque y el final, si bien la concepción global resultó muy conseguida en el tratamiento del tempo y pudo disfrutarse de un Adagio de gran emotividad, equilibrado y realmente bien trabajado en los acentos y las dinámicas (hasta donde pudieron apreciarse), y de un Scherzo bien contrastado entre el tema principal, ligero, más insinuante que poderoso, y el trío, rústico y muy ritmado. De fraseo más amplio e intenso Webern, con crescendi y diminuendi bien planificados, aunque las sutilezas dinámicas, cruciales en la obra, se perdieron sin remedio.

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