Derby Motoreta's Burrito Kachimba | crítica Destrozando el hielo

  • En la noche del jueves dio comienzo el ciclo Pop CAAC en un nuevo formato muy bien adaptado a las preceptivas medidas actuales, aunque impidieron que el público diese la respuesta adecuada y merecida al gran concierto de Derby Motoreta's Burrito Kachimba

Derby Motoreta's Burrito Kachimba vuelven a los escenarios Derby Motoreta's Burrito Kachimba vuelven a los escenarios

Derby Motoreta's Burrito Kachimba vuelven a los escenarios / Ángel Bernabéu

Daba la impresión de que estábamos en un mar de hielo. Puto Yayo desde su consola de DJ y Pen Cap Chew desde el escenario, no lograban romper del todo la frialdad que propiciaban las sensatas medidas preceptivas a pesar de que la gente daba amplias muestras de pasarlo bien.

Pero salieron ellos. Y en cuanto comenzaron a sonar las primeras notas de The new gizz el bloque de hielo comenzó a resquebrajarse. Un sonido compacto y perfecto nos hizo llegar la voz de Dandy Piranha como nunca la habíamos escuchado antes. Todos seguíamos sin poder levantarnos de nuestros asientos y la única forma de responder bien a los impulsos de movimiento que nos pedía el cuerpo con Grecas era que el momento te hubiese pillado de pie en las colas de la barra o los servicios. Desatados, ya estábamos todos sobre el caballo blanco y negro que atraviesa al galope el Viejo mundo, sin echar de menos la hermosísima voz flamenca de Rocío Márquez, porque Dandy consiguió emocionarnos con su irresistible franqueza cuando interpreta las canciones.

Los Motoreta’s destilan chulería y clase, orgullo macarra y eficiencia escénica a partes iguales. La experiencia les ha llevado a pulir arreglos de algunas piezas de su disco y todo es homogéneo, la tempestad ardiente quemó igual con las canciones más conocidas que con las nuevas, El valle y Alas del mar enlazada a Samrkanda y luego a Aliento de dragón con Dandy bajando del escenario para cambiar los abrazos con los que solía fundirse con el público por selfies y golpes de codo. Somnium Igni fue un respiro; dos figuras sentadas entre la niebla azul, guitarra y voz, versátiles, tratadas electrónicamente para lograr aires de flamenco mutante. Un ruido de transición mantenido inició el final: la Nana del caballo grande estremeció en su alfa y apabulló en su omega; La piedra de Sharon fue una sobredosis letal y El salto del gitano la muestra de pasión contagiosa de aquellos que conocen el secreto de la música que tocan.

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