La aldaba
Carlos Navarro Antolín
¡Moción de censura en Los Remedios!
Lorraine O'Grady tenía 45 años cuando dio el paso de lanzarse a la creación. Era 1978 y la entonces profesora de literatura, traductora para el Gobierno de Estados Unidos y aspirante a escritora viajó a San Francisco para asistir a una performance de la artista Eleanor Antin. "Se inventó un personaje, una bailarina negra en el París de 1918. Era bajita y regordeta. Y blanca. Pensé que era valiente por aparecer caracterizada de esa manera en público. Y me acordé de mi madre, que se parecía a esa bailarina negra de la que se había disfrazado Antin y que podría haber estado en París en la misma época de no haber emigrado desde Jamaica a Boston sino a Francia. Sentí entonces que era yo, ya, la que tenía que pensar por mí misma. Contar la historia tal como la veo yo", explica O'Grady, de 82 años, aunque su exuberante ímpetu y su elocuencia salpicada de eruditas digresiones parezcan desmentirlos.
A partir de esa asunción de la necesidad de construir una mirada propia -ella que como profesora de literatura y crítica de música en Village Voice o Rolling Stone llevaba toda la vida comentando las de los demás-, O'Grady comenzó a dar forma a una obra en la que la Historia, la literatura y la música tienen una importancia capital. Ella misma admite que su trabajo podría explicarse como la representación de su lucha como mujer negra, como artista y activista que muestra su rechazo a las condiciones de exclusión y marginalidad, tanto en la sociedad como en el mundo del arte. "Mi obra no podrá resultar interesante, buena ni comprensible -advierte- si no se concibe el arte como un medio para relativizarnos a nosotros mismos, para sentirnos uno más entre otros, que pueden ser diferentes, pero iguales".
El Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) inaugura hoy una exposición que es no sólo la más exhaustiva de Lorraine O'Grady hasta la fecha en Europa, sino también en Estados Unidos, donde sólo últimamente está obteniendo el eco que durante décadas no encontró, en parte por su militancia en las orillas de las instituciones artísticas. Aproximación inicial, la muestra de la que son comisarias Berta Sichel y Barbara Krulik, podrá verse hasta mediados de enero y reúne un centenar de obras que abarcan las últimas cuatro décadas de trabajo de la artista, por lo que la ocasión adquiere, a la vez, condición de reconocimiento, retrospectiva y puerta de entrada a su mundo.
"Mi obra es muy difícil, parece muy sencilla pero es muy difícil porque tiene muchas capas", avisa antes de aclarar, sonriente pero taxativa, que lo último que le agradaría es que su obra fuera tomada, por decirlo así, como una especie de expresión sectorial o de género (afroamericano). "Yo tengo sólo un punto de vista: el mío. Lo cual quiere decir que no todos los negros son lo mismo. Además, todo el arte tiene que ser relevante para todos. Todos podemos leer a Tolstoi y a Shakespeare sin haber formado parte de sus estructuras sociales. La actitud que debería tener el espectador ante esta exposición no es la de preguntarse qué puede interesarme de ella, sino qué tengo que hacer yo para sentirme concernido por aquello de lo que habla esta exposición".
Al comienzo, el visitante encontrará fotografías que documentan la primera irrupción de O'Grady en Nueva York, en los primeros 80. Sin anunciarse como artista ni delimitar los términos de su actuación, se presentó en inauguraciones artísticas en el papel de una especie de miss ataviada con un estrambótico vestido hecho con casi 200 pares de guantes blancos y un látigo adornado con crisantemos. Era su modo de denunciar los obstáculos en las vidas de las mujeres negras y el "apartheid racial del establishment artístico". Más festiva, casi carnavalesca, es otra de sus obras emblemáticas, Art is...: en un desfile del Día Afroamericano en Harlem, actores y bailarines portaban marcos dorados con los que encuadraban a los espectadores, elevando así a la categoría de algo digno de ser contemplado a la gente y a las calles del barrio, hoy gentrificado en muchas zonas pero entonces deprimido.
La literatura, como se apuntó, está muy presente en su obra. Todo un largo pasillo está lleno de poemas de su proyecto Cutting Out 'The New York Times', en el que la artista rindió homenaje a la historia de la poesía concreta elaborando, con recortes de ese diario, decenas de poemas [hay traducciones de los mismos]. Dos series se organizan en dípticos: en uno, Miscegenated Family Album, O'Grady emparenta a los miembros de su familia con esculturas egipcias, fruto del impacto que le produjo una visita a El Cairo. "Me encontré rodeada de personas que se parecían a mí. Esto es algo que la gente da por sentado, pero a mí no me había pasado antes, ni en Boston ni en Nueva York", explica. En otro, The First and the Last of the Modernists, en proceso de desarrollo, aúna la escritura, de nuevo, y la música, a través de las icónicas figuras de Baudelaire y Michael Jackson, el uno junto al otro en pie de igualdad, más allá de épocas, razas, apriorismos. Ni alto ni popular, ni blanco ni negro, el arte tan sólo debería significar, dice, "el fruto compartido con los demás de algunas mentes humanas privilegiadas".
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