Elogio del artista 'amateur'
La Casa de la Provincia muestra los singulares dibujos de Jacques Toupet.
La profesión de artista (como la de político) suele tener fecha de caducidad. No siempre es así: la obra tardía de Miguel Ángel o Mondrian muestran que la edad no resta capacidad de hacer y sobre todo de pensar. Pero es mucho más frecuente el caso de autores que tras lograr importantes hallazgos se desvanecen, terminan repitiendo la misma obra o intentando caminos carentes de fecundidad. Inscritos en la institución arte, no aciertan a vivir fuera de ella.
Por eso, actitudes como la de Jacques Toupet (Melun, Francia, 1943) son siempre atractivas. El arte no era su medio de vida sino más bien un modo de mantenerse vivo. Expuso muy tardíamente pero desde los 20 años no cesó de cultivar el arte en el tiempo que le dejaba libre su trabajo.
Toupet, a mi juicio, es ante todo un dibujante y un dibujante de riesgo. La exactitud del trazo y la versatilidad de la línea, capaz de atrevidas metamorfosis, lo atestiguan. En sus primeros trabajos (caricaturas para revistas) aparece además otro elemento con futuro: una concisión típica del aforismo que más tarde se trasladará a veces al título del cuadro, que no busca describir sino completar la obra plástica con la palabra.
Unas piezas a tinta china sobre papel, fechadas en 1975, además de testimoniar su calidad de dibujante, muestran algo que caracterizará su trabajo: un cierto horror vacui. Las formas, que parecen trazar un laberinto o quizá tejerlo, cubren por completo el papel haciendo que la línea despierte insospechados ritmos. Parecida concepción hay en sus obras en las que interviene el color.
En estas obras, sin embargo, destaca sobre todo su afán de indagar. A veces las formas componen una gran constelación, otras veces algunas se destacan como figuras pero sin perder una relación casi de fuerza con lo que cabría llamar fondo del que parecen escapar. Esta variedad se manifiesta también en el modo de manejar el pigmento: a veces muy líquido y en ocasiones con la precisión de la línea. Más allá de esta amplia experimentación con el color, los monotipos, de 1998, dan de nuevo cuenta de su temple de dibujante. Las obras ofrecen un esforzado trabajo de superficie que enreda a la mirada con sus ritmos y dan a la vez cuenta del incansable afán de alguien que dignifica el arte con su resuelta vocación de amateur.
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