El coleccionista como autor
La Colección ACB acredita las dos caras del arte: el placer que despierta la obra y las ideas que lo acompañan.
En la obra de Teun Hocks, un hombre, quizá el propio autor, a la izquierda de la imagen, pone sobre un raíl una locomotora, por su tamaño, un juguete. El raíl se dirige hacia la derecha pero describe enseguida una gran curva, pasa al pie de las montañas del fondo y vuelve, convertido en verdadero camino de hierro, al punto de partida, al lugar donde el autor iniciaba su peculiar juego.
La imagen no es una ironía ni una crítica a la falsa conciencia, sino una metáfora del arte. El arte empieza con el placer de mirar (leer o escuchar) o inventar (escribir, dibujar, componer), pero tal gozo es inseparable de ideas que llegan a iluminar la vida (y a veces cambiarla). La obra de arte, un juego en sus inicios, termina incorporándose a la realidad, como ocurre con los raíles de Hocks.
La Colección ACB tiene un temple análogo al de la obra de Hocks. Desprende, en efecto, alegría, como si la elección de cada obra no hubiera estado exenta de gozo. Esta impresión desprenden los ecos de color que transparecen bajo las bandas verticales del lienzo de Teixidor, la exacta geometría de Mitsuo Miura, los laboriosos ritmos a lápiz de Soledad Sevilla, en su reflexión sobre Las Meninas, o los sólidos colores-objeto de Pedro Calapez. Pero este placer no es estéril ni caprichoso: se concreta en una colección densa y serena que impulsa muchas lecturas.
Hay obras singulares: un potente Luis Feito de 1961, cuando el autor evitaba trabajar el color; un Miquel Barceló, Biblioteca, de su mejor época (aún no había cumplido los 30) y una escultura casi paisajística de Pedro Cabrita Reis. Esta obra introduce otro de los componentes de la colección, la escultura: los planos exactos de Elena Asins contrastan y conviven con la expresiva materia de Canogar, el objeto poético de Juan Muñoz y el pliegue, a lo Lygia Clark, de Ángeles Marco.
La colección ACB muestra pues las dos caras del arte: el placer que despierta la obra y las ideas que lo acompañan y estimulan, y son a la vez potenciadas por el gozo de la mirada y el tacto. De ahí, que cada obra sea un centro posible de la colección que señala cómo debe ser completada. Y de ahí, también, la afinidad entre coleccionista y autor: uno y otro piensan, sienten y desean (maquinan, como sugiere el cuadro de Manolo Quejido) cómo hacer un mundo propio.
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