Crítica ópera

Enigma no resuelto de Turandot

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Turandot. Ópera de Giacomo Puccini. Dirección musical: Pedro Halffter. Dirección escénica: Sonja Frisell. Escenografía y vestuario: Jean-Pierre Ponelle, con adaptación de S. Frisell. Director del coro: Julio Gergely. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza, Escolanía de Los Palacios. Intérpretes: Maria Guleghina (Princesa Turandot, soprano), Josep Ruiz (Emperador Altoum, tenor), Alexander Vinogradov (Timur, bajo), Fabio Armiliato (Príncipe desconocido, tenor), Daniela Dessì (Liù, soprano), Manuel Esteve (Canciller, barítono), Javier Palacios (Pang, Mariscal, tenor), Gustavo Peña (Pong, Cocinero, tenor), Mario Bellanova (Mandarín, barítono). Lugar y fecha: Teatro de la Maestranza, jueves 18 de marzo. Aforo: Lleno.

A pesar de su popularidad, Turandot es una ópera difícil de abordar tanto en su dimensión escénica como en la musical, por la fusión de momentos espectaculares de masas y pasajes de íntimo lirismo, por el paso de pasajes en fortissimo a otros en pianissimo. Encontrar, pues, el acento justo para cada momento, el movimiento escénico apropiado en cada situación, la dinámica apropiada para cada momento, no es cosa fácil.

Quizá fuese precisamente en el terreno escénico donde más flaqueó la representación. Es verdad que son momentos de hacer economías y que ello justifica el recurso a esta vieja producción propia del Maestranza, pero ello no obsta para que el diseño huela a polilla, a cosa caduca, antigua, de cuando sólo se pensaba en términos plásticos, de decorados, y no de acción dramática. Algo se ha mejorado la producción, aunque más en lo escenográfico que en lo escénico, pues todo sigue siendo tan estático como lo era en 1998. No hay movimiento de actores ni apenas interacción entre ellos; los cantantes pasan más tiempo quietos en la boca del escenario que actuando en realidad. Epítome de todo ello fue una insulsa escena de los enigmas, con todo el mundo paralizado; o la escena final, sin que el crescendo musical se transmitiese a la acción teatral y sin que los personajes exteriorizasen sus sentimientos. El único momento en que lo teatral hizo su aparición fue en la primera escena del segundo acto, con el terceto de Ping, Pang y Pong, que consiguieron darle vida a uno de los momentos, por otra parte, más bellos musicalmente.

Pedro Halffter, a mi entender, no ha llegado a meterse tan a fondo en esta partitura como lo hiciese la temporada pasada con La fanciulla del West. Como es en él habitual, los finales de acto, las apoteosis sonoras y los momentos de conjunto sonaron con contundencia y brillantez, con ese sentido acumulativo de dinámicas e intensidades que caracterizan a este director. Otra cosa pudieron ser momentos menos espectaculares como la escena de los enigmas, demasiado lenta y sin la tensión que la propia música alienta en su interior. La que sí quedó muy detallada y delicada fue la escena ya mencionada de los tres consejeros y la de la muerte de Liù, con un sonido terso y transparente. Con todo, faltó en el foso ese vuelo poético, esa tersura y ese empaste de otras noches de ópera, el sonido envolvente logrado por Halffter en, por ejemplo, Tristán e Isolda o La fanciulla del West, por mencionar sólo títulos recientes.

Maria Guleghina volvía al Maestranza con uno de los últimos personajes incorporados a su repertorio. No me pareció que estuviese en su mejor momento. Algo apurada de fiato, se manejó aceptablemente bien en In questa reggia sólo en los pasajes cantados de forte para arriba, pero con tendencia a emitir sonidos metálicos y abiertos en las notas superiores. Las frases largas no acababan con holgura y seguridad, sino que llegaba a ellas con apuros y la connatural falta de nitidez en la emisión. En cuanto debía moverse en dinámicas más suaves y atacar notas agudas en piano, la voz parecía a punto de romperse y sonaba sin brillo, abierta y escasa de apoyo.

Armiliato esperó al segundo acto para encontrase en plena forma. A pesar de lo heterodoxo de su técnica, sobre todo en ese giro a base de portamentos, su fraseo es siempre apasionado, con un bello metal en el registro superior, rutilante y encendido, como lo demostró en el exultante Nessun dorma. Un poco como él, a la antigua, canta también Dessì, puro sentimiento en el fraseo, voz que seduce por su forma de proyectarse, aunque los filati de Signore, ascolta sonaron con claras dificultades.

Vinogradov cantó con delicada línea y Esteve volvió a demostrar que es el barítono más sólido de su generación, todo un lujo para su papel. Muy empastada la Escolanía de Los Palacios, perjudicada por cantar siempre en interno, mientras que el coro mantuvo buen nivel en su difícil tarea.

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