Klucis o el fracaso de la utopía comunista

Arte

Cajasol recuerda a uno de los grandes artistas soviéticos de vanguardia, pionero del fotomontaje y excepcional cartelista

'Ciudad dinámica', una pieza compuesta por Klucis en 1919.
Sema D'Acosta

11 de enero 2010 - 05:00

El único dato que le facilitaron a su mujer tras su desaparición en enero de 1938 fue la fecha de su fallecimiento, y resultó ser falsa. Valentina Kulagina no supo cuándo murió su marido ni qué pasó con él. Sólo le dijeron que se lo habían llevado a un campo de concentración y que debía permanecer incomunicado, nada más. Al tiempo, muchos años después, para acallar su inquietud le notificaron una fecha cualquiera y le aclararon que había perecido debilitado por las enfermedades.

La realidad era mucho más dura y permanecía oculta en los archivos del KGB. El artista Gustavs Klucis fue ejecutado apenas un mes después de su captura en el paredón de fusilamiento de Butovo, a las afueras de Moscú. Fue arrestado bajo la falsa acusación de pertenecer a una organización terrorista armada, una imputación absurda que le incriminaba por el mero hecho de haber nacido en Letonia. Para alguien que había volcado hasta la última de sus energías en la exaltación del régimen comunista, aquello era un final estremecedor que retrataba las miserias y horrores del Gobierno de Stalin, un déspota sin miramientos que en sus purgas políticas acabó con la vida de más de un millón de personas.

Durante varias décadas y para no remover episodios oscuros, la obra de los creadores eliminados durante los momentos más cruentos del exterminio soviético quedó relegada de las páginas de historia del arte. Klucis, que había ocupado un papel protagonista dentro de la vanguardia rusa como constructivista, pionero del fotomontaje y excepcional cartelista, que creía con verdadera pasión en las posibilidades transformadoras del arte y supo expresar como nadie la imagen de su época, cayó en el olvido como tantos otros asesinados durante el mandato estalinista. No fue hasta 1959 cuando sería recuperado para una colectiva de artistas letones en el museo de Riga, una muestra que motivó que su viuda donara al propio centro más de 300 piezas, un amplio legado que hoy supone uno de los mayores atractivos de sus salas y que en gran parte componen el grueso de la retrospectiva organizada por Cajasol que ahora puede verse en Sevilla y antes estuvo en Córdoba.

La revisión en España de una figura de la talla de Gustavs Klucis es un acontecimiento digno de destacar que ha traído hasta Andalucía una de las propuestas más interesantes de estas fechas en nuestro país. Además, coinciden dentro del panorama nacional otras exposiciones relacionadas con la misma época, motivadas de forma similar y con un telón de fondo parecido -caso de Sophie Taeuber-Arp en el Museo Picasso de Málaga o Rodchenko y Popova en el Reina Sofía-, que también rescatan y revalorizan autores de envergadura que por motivos ajenos a su obra han sido desposeídos del lugar que le correspondía.

Distribuida en dos espacios complementarios pero autónomos, esta antología se articula en diferentes apartados que repasan la trayectoria vital del artista. En Villasís se dispone la primera parte: sus iniciales tanteos fotográficos con formas estructurales (Ciudad Dinámica, 1919), su participación en el Grupo Octubre y la aplicación de los principios constructivistas para concebir objetos destinados a la promoción política (paneles, estantes, tribunas, quioscos...). Convencido de que la Revolución necesitaba un nuevo tipo de arte desentendido del anterior, Klucis entiende el fotomontaje como el medio más adecuado para expresar el pulso de su tiempo, técnica en la que se convierte en un maestro (será precursor del fotocollage junto al alemán John Heartfield) y que le va a servir para crear su primera serie inspirada en Lenin.

La segunda parte se centra en su destacada aportación como divulgador de las consignas socialistas, ejemplos de representaciones oficiales que glorificaban una quimera que no existía pero que necesitaba alimentar con ficciones las estrecheces diarias de sus ciudadanos. En monumentales escenografías como la de la Plaza Sverdlov dedicada a la central hidroeléctrica del Dniéper, el montaje fotográfico se libera de las restricciones del tamaño y rompe los límites habituales para invadir plazas y calles. En los carteles con fines propagandísticos que hizo Klucis para los planes desarrollistas del Gobierno -un modelo efectivo de falsa utopía que luego se ha copiado en lugares de ideología análoga como Cuba o China-, los trabajadores eran ensalzados como héroes felices que se esforzaban por construir una nación mejor.

Gustav Klucis. Sala Imagen y Centro Cultural Cajasol. Hasta el 28 de febrero.

1 Comentario

Ver los Comentarios

También te puede interesar

JOAQUÍN RIQUELME & ENRIQUE BAGARÍA | CRÍTICA

Música para una visión desolada

Lo último