'Lorquiana vintage'

Crítica 'La novia'

Manuel J. Lombardo

15 de diciembre 2015 - 05:00

LA NOVIA. Drama, España, 2015, 93 min. Dirección: Paula Ortiz. Guión: Paula Ortiz, Javier García Arredondo (a partir de las Bodas de sangre de Federico García Lorca). Fotografía: Miguel Amoedo. Música: Shigeru Umebayashi. Intérpretes: Inma Cuesta, Asier Etxeandía, Álex García, Carlos Álvarez-Novoa, Luisa Gavasa, María Alfonsa Rosso, Ana Fernández, Leticia Dolera, Manuela Vellés.

No le sienta demasiado bien el cine a Lorca y viceversa, o al menos este cine ampuloso y cursi que quiere además ser fiel y literal (el respeto, ya se sabe) con las imágenes poéticas, los símbolos y las metáforas, aquí arrojadas a la cara, que pueblan las tragedias para la escena del malogrado (y poco leído) poeta granadino.

No puede decirse que Paula Ortiz no avisara ya en De tu ventana a la mía de por dónde iban sus intenciones: lirismo de mensaje feminoide para un drama en carne viva atravesado por las fuerzas telúricas y una mala digestión arty de los estilemas de la posmodernidad audiovisual para paladares gourmet.

La novia adapta Bodas de sangre a tumba abierta y cielo despejado, apegada a las texturas desérticas del territorio agreste y yermo, haciendo del paisaje natural de Los Monegros y de sus arquitecturas fantasmales y ruinosas el escenario perfecto para su apuesta esteticista y sensorial a costa de la tragedia de estirpe clásica.

Un envoltorio de prestigio, qualité y distanciamiento (no sé por qué he recordado la Blancanieves de Berger al escribir esto) que se recrea menos de lo que quisiéramos en el poder (dicho) de la palabra poética para dedicarse principalmente a materializar, con ese dudoso gusto que algunos querrán ver como exquisito o sublime, la sugerente imaginería del verbo lorquiano a golpe de suspensión narrativa y subrayado machacón: lunas reflejadas en el agua, cristales escupidos, cuchillos afilados, caballos negros o ropa blanca ensangrentada se citan aquí con pasajes malickianos bajo la dictadura de ese diseño de producción que hace de cada plano, de cada imagen, un muestrario de la más relamida estética publicitaria que, cámaras superlentas y músicas mediante, convierte este triángulo de amor trágico, fatalismo y ecos sombríos de viejas rencillas familiares en una suerte de destilado vintage de Pasión de gavilanes para la era Instagram, como dice un malicioso colega. Inma Cuesta, eso sí, está bellísima e intensa; como no podía ser de otra manera. Le lloverán los premios, como a la película.

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