Merodeos del gran oso Chucho

Crítica de Jazz cine

Alberto Marina Castillo

28 de enero 2016 - 05:00

CHUCHO VALDÉS

Chucho Valdés, piano solo. Lugar: Teatro Lope de Vega. Fecha: Martes, 26 de enero de 2016. Aforo: Lleno.

Chucho Valdés llega al piano con los andares de aquel gran oso cortazariano que era Monk. Al enorme Thelonious recurre en la segunda pieza interpretada durante el aplaudido concierto del martes noche, en el Lope de Vega (que luce magnífica programación jazzística este año): Blue Monk, tras la consabida apertura de El Manisero, santo y seña. El gran músico cubano, que este año cumplirá 75, acude en solitario a la cita -sin sus ya habituales Afro-Cuban Messengers- y resopla sonriente tras sus espectaculares alardes pianísticos, que lo emparentan -más que con un Oscar Peterson al que suele recurrirse para establecer parangones y que comparte con el habanero más que nada su impresionante corpulencia- con el más rotundo McCoy Tyner, con Zawinul o Barron. El concierto salta de un estándar a otro, ante un público agradecido: Caravan, My Foolish Heart, Autumn Leaves, y en el terreno latino Bésame mucho, Habanera, Lágrimas negras, Con poco coco. Con estos dos últimos títulos rinde explícito homenaje al llorado Bebo, compositor de esa deliciosa pieza que espejea la influencia de Bud Powell y su apabullante Un poco loco.

Powell también revolotea por el auditorio durante el ejercicio a una sola mano de Chucho, que recuerda a la célebre anécdota sobre el bopper que dejara boquiabiertos a los reluctantes críticos interpretando a Bach con la mano izquierda. El estilo de Valdés anda entre lo pugilístico y la delicadeza (almibarado en ocasiones, pero impulsado siempre por una riqueza rítmica y armónica que hacen olvidar lo que en otro músico podría pasar por efectismo y es en Chucho entrega y don), y hace gala de un enciclopedismo al modo de Jaki Byard. No faltan temas propios, como Caridad Amaro, de su último disco, Border-Free (editado en su propio sello, Comanche, 2013), y vienen bien traídas las citas, que dan fe de su pasmoso bagaje: Bach, Evans, Mozart, Ellington, Debussy, Albéniz, Chopin se entreveran con el danzón y la guajira, y siempre Gershwin, a quien dedica uno de sus popurríes.

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