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Representaciones de la montaña | Crítica

El arte de la soledad

  • Nacido de su doble condición de erudito y escalador, el nuevo ensayo del geógrafo Eduardo Martínez de Pisón rastrea el reflejo de la montaña en la pintura, la música y la literatura

'El Uri Rotstock desde Brunnen' (1848) del pintor suizo François Diday, "maestro de los paisajes alpinos". 'El Uri Rotstock desde Brunnen' (1848) del pintor suizo François Diday, "maestro de los paisajes alpinos".

'El Uri Rotstock desde Brunnen' (1848) del pintor suizo François Diday, "maestro de los paisajes alpinos".

Siempre han estado ahí y desde los tiempos más remotos la humanidad, como se deduce de los relatos transmitidos por las mitologías o las religiones antiguas, ha rendido culto a las montañas en las que muchos pueblos localizaron a sus dioses, precisamente por ser lugares inaccesibles y más cercanos a las desconocidas regiones celestiales. Pero hubo que esperar hasta el siglo XVIII, con el nacimiento de la ciencia moderna, el impulso descubridor de la era de las exploraciones y la nueva sensibilidad hacia la naturaleza, para que esa presencia casi ideal se materializara en una geografía transitable, aunque extrema, y comenzara a ser vista y recreada de un modo hasta entonces insólito, fundador de una mirada que sigue siendo la nuestra. El "sentimiento de la montaña" se configura históricamente a partir de la Ilustración, con Rousseau como uno de los grandes pioneros, y cristaliza y florece en la edad romántica, siendo por ello, aunque no carezca de antecedentes, una construcción en gran medida contemporánea. A rastrear sus hitos y características ha dedicado el geógrafo y humanista vallisoletano Eduardo Martínez de Pisón, autor de excelentes aproximaciones a la Ruta de la Seda, la imagen del paisaje en los noventayochistas o la obra de Julio Verne, siempre desde la perspectiva de su disciplina, este hermoso ensayo enciclopédico donde el también experimentado viajero recorre el reflejo de la montaña en la pintura, la música y la literatura.

Comprenderla, más allá del panorama a ras de tierra, implicaba conocer a fondo su morfología, recorrer las rutas nunca holladas y ascender a las cumbres, desde donde el famoso "caminante sobre el mar de nubes" de Friedrich contempla un mundo nuevo e incontaminado. Las Luces señalaron el paso de una consideración recelosa e incluso hostil –el viejo rupibus horridum, recrudecido durante la Pequeña Edad del Hielo– a la fascinación de los románticos que buscaron, como luego los simbolistas, la identificación de la naturaleza con los estados del alma. El suizo Horace-Bénédict de Saussure en los Alpes y el francés Ramond de Carbonnières en los Pirineos, iniciadores respectivos del alpinismo y el pirineísmo, dieron origen a una estirpe de exploradores y montañeros que inocularon en sus contemporáneos el deseo de ver de cerca –o de sentir a través de las figuraciones de los artistas– los parajes que antes inspiraban temor o no pasaban de ser majestuosos decorados. El Mont Blanc, explica Martínez de Pisón, se convierte en todo un símbolo de la estética de lo sublime y a la vez del espíritu científico, compatible con la sed de aventura y característico de las primeras generaciones de escaladores. Este es el marco del que parte el recuento de las manifestaciones pictóricas, musicales y literarias inspiradas por la montaña, lleno de interesantísimas pistas que remiten a otras y dejan constancia de las evoluciones y singularidades de una línea temática definida, cultivada por autores incontestables y por otros menores pero igualmente representativos.

Nacido con las Luces, el "sentimiento de la montaña" cristaliza y florece en la edad romántica

La doble condición de erudito y montañero, manifiesta en otras obras del autor dedicadas a la materia, imprime a su despliegue, generosamente digresivo y no siempre lineal, con idas y vueltas en el tiempo, un tono apasionado que va más allá del análisis y convierte su ensayo, que tiene también algo de guía, en un ejercicio de devoción contagiosa. No es Martínez de Pisón un estudioso de gabinete y esta profunda implicación personal se percibe tanto en su conocimiento sobre el terreno de muchos de los escenarios de los que trata como en el tono ocasionalmente reivindicativo con el que previene, por ejemplo, contra los peligros asociados a la masificación vinculada a las estaciones termales, hoteles y balnearios, donde el turismo a gran escala puede romper el equilibrio entre el aprovechamiento económico y la conservación del entorno. En calidad de veterano con muchas décadas de experiencia, tampoco simpatiza con quienes entienden el montañismo como una disciplina meramente deportiva, vaciada de los referentes culturales de los que nació –de los que es ya indisociable– y a los que permanecen fieles los escaladores que siguen venerando las cumbres como lo que han sido durante siglos: espacios sagrados o "moradas mágicas" en los que aún puede ejercerse lo que Henry Russell, exponente de la edad heroica del pirineísmo, llamó el "arte de la soledad".

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